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Piezas y Procesos

Otro surrealismo

Pablo Carriedo Castro·
Otro surrealismo

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Para centrar el análisis y resolver en lo posible una lectura fechada de este libro poderoso y enigmático, conviene detenerse inicialmente en el momento de composición de los poemas: el periodo disolvente de La otra sentimentalidad, convencionalmente localizado entre los años 1983 y 1987. Como sucede con todos los procesos históricos complejos, determinar el momento de consumación y final del movimiento resulta controvertido. Contra la opinión mayoritaria ―incluso de los mismos poetas “otros” y del propio Javier Egea―, quien adelanta la fecha límite más temprana es el profesor Juan Carlos Rodríguez, expresamente señalando la presentación de su “manifiesto” ―los documentos de 1983―, como el momento mismo de inicio de la dispersión del grupo: “Lo cierto es [escribe], y vuelvo a insistir en ello, que los presupuestos radicalmente marxistas de la otra sentimentalidad (entre el 79 y el 83) se fueron disolviendo poco a poco a partir de ahí ―y quizá fue bueno que así ocurriera― para integrarse en lo que se llamó la poesía de la experiencia” (Rodríguez, 1999: 43). Se trata de una visión altamente restrictiva ―radical, en su línea de siempre― que reduce severamente la producción del grupo a un ciclo histórico muy preciso, desenvuelto apenas en cuatro años; y a un repertorio estrictamente limitado de textos: Las cortezas del fruto de Álvaro Salvador (Endymión, 1980), Troppo Mare de Javier Egea (todavía inédito entonces; luego “Premio Antonio González de Lama, 1983”; Diputación Provincial de León, 1984), Tristia de “Álvaro Montero” (Accésit “Premio Ciudad de Melilla, 1981”; Ayuntamiento de Melilla, 1982), Pensando que el camino iba derecho de Ángeles Mora (Diputación de Granada, 1982), Paseo de los tristes de Javier Egea (“Premio Juan Ramón Jiménez, 1981”; Diputación Provincial de Huelva, 1982), hasta El jardín extranjero de Luis García Montero (“Premio Adonais de Poesía, 1982”; Adonais, 1983); y, quizá ―al menos desde una evolución en paralelo―, también Restos de niebla de Antonio Jiménez Millán (Litoral, 1983), ya prácticamente sin más. La máxima virtud analítica del enfoque reside en destacar su poderosísima y genuina unidad original; el cuadro de los libros que ―efectivamente― condensan su núcleo inconfundible: lo verdaderamente distintivo tanto de su dinámica ideológica (“aquí [explica el maestro] nadie negó ni escondió la palabra maldita: el marxismo”; Rodríguez, 1999: 25), como de sus realizaciones literarias; ambas producto de una misma atmósfera íntimamente compartida, sobre el horizonte de su radical historicidad y su tenazmente perseguida escritura materialista.

Más integradora (también más elástica y desigual), una segunda interpretación cronológicamente “abierta”, admite una extensión de las ideasde La otra sentimentalidad en el tiempo; una prolongación de la “teoría otra” y sus presupuestos; si bien ya históricamente combinados o no necesariamente dependientes de los rigores ideológicos de su exigente práctica poética originaria. En esta línea ―la que preferimos la mayoría de los críticos―, las aproximaciones más sólidas siguen siendo las realizadas por los profesores Andrés Soria Olmedo en Literatura en Granada, 1898-1998. Vol. II. Poesía (2000) y Francisco Díaz de Castro en su ya clásico La otra sentimentalidad. Estudio y antología (2003); así como la más actual y refrescante planteada por Félix Martín Gijón en La intimidad de los espejos. Lecturas de La otra sentimentalidad (2021) y en su reciente prólogo para la reedición de la antología La otra sentimentalidad (2023); una visión que permite no solo incluir a autores inequívocamente “otros”, incorporados más tardíamente a la publicación ―Teresa Gómez, Benjamín Prado e Inmaculada Mengíbar; todos ellos en los alrededores de 1986―, sino también enfocar el problema, verdaderamente intrincado, de la relación entre “poesía otra” y “poesía de la experiencia” desde sus formas textuales intermediadas o “mestizas” y desde el suelo mismo de su desarrollo: un periodo ciertamente expansivo en el que se conjugan diversos factores ideológicos, históricos e íntimos que amplían, diversifican y enriquecen ―tensionan, desestabilizan y complican― la unidad liminar del núcleo poético “otro”.

El momento considerado convencionalmente terminal de ese proceso ―última frontera y cierre histórico definitivo del proyecto, más allá del cual desaparece formalmente La otra sentimentalidad y comienza a hablarse ya comúnmente de poesía de la experiencia― se ha localizado en la publicación de la magnífica antología 1917 versos (originalmente subtitulada “contra los social-demócratas”), preparada y prologada por el poeta Benjamín Prado para las Ediciones Vanguardia Obrera de Madrid en 1987. Texto auténticamente clave, sobre la sólida unidad ideológica de autores y poemas, puede apreciarse ahí con claridad la progresión de la “poesía materialista”, abierta ya a poéticas incontestablemente afines ―como la de Javier Salvago, muy próxima entonces a las tesis granadinas―, así como una primera crítica al irracionalismo experimental y al hermetismo (apuntando, en realidad, contra las “actitudes” culturalistas venecianas) en un adelanto de la tendencias que se impondrán en los años inmediatamente posteriores.[6] “Creo que esa antología sería un poco el cierre de La otra sentimentalidad [explica Álvaro Salvador]. A partir de ahí se nos empieza a llamar poetas del experiencia, aunque había otros también. Luego, Luis escribe un artículo en el que reivindica lo de la experiencia que se publica en Ínsula. Y ahí es donde la cosa se diluye; sin embargo, se diluye en términos publicitarios, porque nosotros [asegura] seguimos escribiendo con los mismos planteamientos básicamente” (Salvador en Sartor, 2013: 348-349).

Importa muy en particular subrayar el periodo comprendido entre los años 1983 y 1987, ya que coincide exactamente con el ciclo de escritura de todos los poemas de Raro de luna; si bien el libro será publicado tres años después, descolgado de todo este proceso, ya en 1990. Ello nos conduce ya a algunas conclusiones importantes. De entrada, puede afirmarse con garantías que Raro de luna no franquea los límites históricos (ni cronológicos, ni ideológicos) de La otra sentimentalidad. Y considero fundamental resaltarlo, ya que algunos críticos consideran Raro de luna un libro “heterodoxo” y “raro” basándose precisamente en su contraste con la poesía ―digamos― canónica de los años noventa (cuando Javier Egea escribe poco y apenas edita), una vez consolidada la poesía de la experiencia y ganado su público y el mercado. Pero se trata de un trompe loeil, un decalage o espejismo con casi una década de desfase. La problemática de Raro de luna se desenvuelve y debe ser necesariamente encuadrada dentro del proyecto poético “otro” ―donde adquiere verdadero sentido―, ciertamente en una etapa de desenlace o transición, pero respondiendo íntegramente a las contradicciones ideológicas centrales (no las marginales) comunes que tenían planteadas en aquel momento, tanto el propio Javier Egea, como el resto de los compañeros de su grupo. El análisis, así enfocado ―desde la radicalidad histórica―, permitirá advertir las numerosas coincidencias y sintonías que el libro inequívocamente mantiene con otras de las entregas de su propio tiempo.