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Piezas y Procesos

Otro surrealismo

Pablo Carriedo Castro·
Otro surrealismo

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Tras veinticinco años de inexplicable ausencia, vivimos un momento dulce en la restauración de la obra del gran poeta granadino Javier Egea. Ya editada por Bartleby su Poesía completa I y II, y algunos de los textos en prosa de su delicioso Taller del autor (a la espera, muy ansiosa, de la publicación de sus diarios); acumuladas, por otro lado, numerosas tesis doctorales ―la mayoría muy recientes, lo que es una fantástica noticia―, magníficos estudios monográficos, buenas antologías y reediciones de sus libros; así como también abundantes análisis críticos en revistas, seminarios y encuentros especializados, al fin, se comienza a tomar conciencia clara entre el público y la crítica literaria misma del verdadero alcance y las dimensiones de su impresionante obra literaria. Una prueba inequívoca de este movimiento histórico de rehabilitación son los numerosos e intensísimos debates que está generando la interpretación de su obra, si no todos iluminadores (ni tampoco todos siempre decorosos), sí todos y siempre significativos de la intensidad y la pasión genuinas con la que es leída su poesía.

Entre todos ellos, y muy en concreto, se ha destacado por su carácter polémico el poemario Raro de luna. Publicado en el año 1990 en las imprentas de la madrileña editorial Hiperión de Jesús Munárriz (ilustrado con diez dibujos originales de Rafael Alberti expresamente diseñados para la edición), se trata, sin ninguna duda, del libro más misterioso ―seguro el más perturbador― y quizá también el más desconcertante de entre todos los suyos. Uno de los aspectos que ha llamado más la atención de los estudiosos es el distanciamiento de Javier Egea de algunas de las características y rasgos estilísticos más celebrados de su trayectoria poética inmediatamente previa: el tono cotidiano, su lenguaje intimista urbano o la cohesión narrativa de sus textos; a cambio conduciéndonos ahora hasta un extremo y extremadamente denso ―en sus propias palabras― “ambiente sonámbulo”: un clima límite de sueño onírico, ambiguamente vinculado al surrealismo y la literatura “gótica” romántica (y directamente al psicoanálisis), subrayado además por el uso insólito y a gran relieve de fórmulas de expresión experimental, insólitas en su obra previa, que ―aparentemente― parecen desligarlo de La otra sentimentalidad.

La extrañeza provocada por este giro ―más que ruptura propiamente― se vio notablemente acentuada en el contraste con el devenir mismo de la poesía española de fin-de-siglo XX, ya para entonces, en torno a 1990, mayoritariamente encaminada hacia un indistinto y muy amplio modelo realista de expresión: primer movimiento y puente histórico hasta la inminente poesía de la experiencia. Este espacio histórico, inequívocamente abierto por las propuestas de La otra sentimentalidad ―y que el propio Javier Egea contribuyó a construir y a consolidar entre nosotros―, reunía entonces a su alrededor, las más notables tendencias poéticas del momento: los propios autores granadinos, representantes de su variante marxista y los más próximos a su significado genuino original (recuérdense sus vínculos con Jaime Gil de Biedma o la edición del libro de Langbaum, prologada por Álvaro Salvador);[1] también “La respuesta clásica” o sesgo por la tradición que planteaba Luis Antonio de Villena en su célebre antología del año 1992;[2] también “La poesía figurativa”, sorpresivamente redescubierta entonces por algunos poetas novísimos y post-novísimos (la “línea clara” de la que hablaba Luis Alberto de Cuenca), tal y como la describe José Luis García Martín en su Crónica parcial de quince años de poesía española del mismo 1992;[3] así como las varias corrientes elegíacas y metafísicas que ―desde muy variados orígenes geográficos, lingüísticos e ideológicos; todos dentro de la todavía más ambigua “Generación de los 80” (Mainer en AA.VV., 1996: 29)― sintonizan pronto y ponen su atención en la propuesta, como explicaba el gran Ramiro Fonte para la tercera edición de Paseo de los tristes.[4] En la atmósfera históricamente “positiva” de primera mitad de los años noventa, en un clima de mutuo reconocimiento, significativas reconciliaciones y amplísimo consenso (una atmósfera tranquila, como luego razonaría Germán Yanke), la impresión general de Raro de luna ―que aún perdura― fue la de un poemario heterodoxo y marginal: anómalo. Un texto claramente diferenciado, escrito como “a contracorriente”; si no antagónico, sí al menos descolgado de la preferencia general de su propio grupo y de la sensibilidad convencional del tiempo: un libro definitivamente “raro”, como aparentemente confirmaba la contundencia incontestable de su hermosísimo título.

Además, el hecho de haber sido el último ejemplar publicado en vida del autor ha venido con el tiempo a complicar aún más y definitivamente su análisis, quedando directamente vinculado a la, así llamada, leyenda de Javier Egea; esa imagen romántica (a la que una parte de la crítica parece incorregiblemente inclinada) que se ha venido ofreciendo sobre la historia íntima y la trayectoria personal del poeta: la crónica triste de un miglior fabbro, malhadado y sin fortuna; el “poeta comunista” (genuino working class hero) poco hábil o completamente desinteresado en las astucias de la sociedad literaria; el solitario Príncipe de la noche, divertidísimo seductor; inexplicable ―imperdonable, matizan siempre sus mejores amigos― tormentoso suicida; “el hombre que no quiso ser jueves” y que se arrebataba la vida la noche del 29 de julio de 1999, contando cuarenta y siete años de edad. Un relato melodramático (tal y como se propone) de amistad y poesía, amor y tango, luchas de poder y traición, a cuyo trasluz las singularidades ideológicas, históricas y estilísticas de Raro de luna se han elevado a la altura de una confirmación poética de su “maldición”; un anuncio ―como se ha llegado a escribir― de su, al parecer, ineluctable tragedia. Y, en realidad, no es que falten motivos para, al menos, considerar analíticamente ese enfoque: la biografía de Javier Egea brinda ingredientes tentadores para la construcción de un “maldito” que ―por qué no― bien podría haber sido. Sin embargo, en la confusión (la equivocación, no siempre honesta) y en el completo enredo entre “lo raro” y “lo maldito” ha germinado una imagen del poeta, en mi opinión, completamente desorientada y, lo que es peor aún, completamente desorientadora. Porque más allá de los problemas que el poeta pudiera tener planteados en su vida (“los mismos problemas que yo, que él, que todos”; escribió en su poema memorable “Sobre el papel”), el mito idealizado al que se está intentando reducir y en el que se está queriendo encasillar definitivamente al poeta para la historia ―mito, por cierto, muy burgués―, no se corresponde en absoluto con la realidad que traslada su obra.[5] Se diría incluso que sucede más bien al revés: la leyenda de Javier Egea ha entrado ya en una contradicción abierta con su propia poesía; ha entrado en contradicción ―por decirlo así― con la radical materialidad histórica de su escritura; quizá el mejor de sus legados.