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Piezas y Procesos

Alejandro Gorafe: Sin título, evidentemente y Con las gafas por montera

Redacción Olvidos·
Alejandro Gorafe: Sin título, evidentemente y Con las gafas por montera

Este texto inédito, fechado en julio de 1991 y recuperado por mediación de José Gutiérrez, enlaza la escritura de Javier Jurado (1963-1995) con la obra de Alejandro Gorafe (1962-2024) en un momento de plena efervescencia creativa. Más que una simple reseña, el texto funciona como una reflexión estética sobre la identidad y la mirada. A partir de referencias literarias como E. T. A. Hoffmann y su inquietante mercader óptico de El hombre de la arena, Jurado indaga en la idea de que los ojos —y no el rostro entero— delatan lo que somos. Ese planteamiento encuentra su correlato en la serie de gafas manipuladas de Gorafe, reunidas bajo el elocuente título “Para que veas”. Convertidas en artefactos simbólicos, las monturas dejan de ocultar para revelar. El espectador, interpelado, comprende que también él forma parte de la obra.

Las gafas no sólo han sido, como suele pensarse, un recurso contra el exceso de la luz solar o la miopía, sino también una suerte de máscara. A este propósito me viene a la memoria aquel enigmático Vincent Price de “La tumba de Ligeia” o el obstinadamente perverso doctor Mabuse. Pero vayamos, películas aparte, al asunto en cuestión.

Gafas de la suerte

Repetidas veces se nos ha dicho (y siempre de modo más bien sumario) que nuestro rostro es el reflejo mismo del alma que nos ha tocado, suponemos, en suerte, su riguroso y en no pocas circunstancias —son palabras de Borges— abominable espejo. Como si de un libro abierto se tratara allí podría leerse impunemente rasgo a rasgo, la historia de nuestra vida: el gato muerto a pedradas en un derribo durante la infancia, los juegos prohibidos con cierta quinceañera en los lavabos de una cafetería, aquel secreto ensueño que mimamos incansables noche tras noche … A raíz de tan inesperada noticia nos hallábamos, pues, y por la cara, desnudos e indefensos frente al mundo.

Debo explicar, no obstante, que uno abrigaba ya severas dudas al respecto. Incluso sospechaba que semejante deslealtad, de producirse realmente, no residía de modo abstracto en el rostro. Era de suponer que existiera un detalle específico, qué sé yo, cierto gesto fatal. Recuerdo que me encontraba leyendo «El hombre de la arena» cuando di de repente con la clave. La respuesta esta en labios de aquel siniestro mercader (y, por más señas, Óptico … ) del cuento de Hoffmann: “¡son los ojos … los ojos!” exclamaba el personaje con loco énfasis. En efecto, ellos eran quienes ponían nuestra identidad al descubierto, ellos —menuda paradoja— nuestros propios delatores. De ahí que nos viésemos obligados a vivir bajo el discreto disfraz de unas gafas oscuras.

Pero la idea de este feliz anonimato no tardó en derrumbarse. Cierto día, Alejandro Gorafe me invitó a visitar su estudio con el objeto de mostrarme un anticipo de los trabajos que por entonces realizaba.

Intuí inmediatamente que no se trataba de un retorno a la pintura, práctica ésta por la que Alejandro manifestaba en aquel tiempo un razonado desinterés. De algo sí estaba plenamente convencido: fuera lo que fuese lo que tuviera entre manos (y en este caso, como en otros muchos, Alejandro resulta ser criatura imprevisible) habría de interesarme y sorprenderme. No está de más referir aquí que ya durante su primera exposición en la desaparecida tienda de cómics «Zimba», ocasión que nos sirvió como excusa para entablar amistad, Alejandro se dejaba entrever como un francotirador del arte rebelde y con talento. Aún hoy lo es, enriquecido -claro está- por once años de intensa e imaginativa dedicación.

… Pero, y aquella tarde camino de su estudio, por qué respondía a mis preguntas sobre sus nuevos trabajos con una risa entre pícara y nerviosa. Estaba claro que no quería adelantarme nada. Creo que incluso presagiaba mi ya cercano estupor.

Sospeché, por lo tanto, que se trataba de «una de las suyas»… Ya refería en líneas anteriores su afortunada condición de artista imprevisible, lo que lo convierte en una rara avis dentro de nuestro aburrido panorama cultural.

Hasta la fecha había utilizado todo tipo de elementos, generalmente sencillos y asequibles, para confeccionar sus obras: cartón, plástico, grapas, cuchillas de afeitar … Los resultados habían sido, casi sin excepción, originales y plausibles. Pero, y ahora, por dónde «atacaría”…

Fue entonces cuando, con esa misma precisión que vemos en las manos de los prestidigitadores, fue disponiendo -una por una- sobre su mesa de trabajo una singular colección de gafas manipuladas. Algunas, extrañamente emparentadas con las arañas, exhibían cuatro patillas a cada lado y se las diría dispuestas a emprender una inminente huida. Otras parecían haber experimentado el calofrío de un erizo y ostentaban, supliendo los rutinarios cristales amenazantes y agudos alfileres dirigidos a los pacientes ojos del usuario faquir o masoquista. Las había montadas sobre cerraduras, mariposas, preservativos, galletas, brazos de muñeca, rejas, pequeños blocks en blanco, chupetes, tacones, copas …

Se trataba, en efecto, de objetos heterogéneos y en muchos casos delirantes, pero nunca (y esto debe quedar bien claro) escogidos al azar. Muy al contrario, cada elemento incorporado a unas determinadas gafas -sea grotesco, lírico, espeluznante o sórdido- pretende revelarnos una manera de ser, la posible identidad de quien pudiera usarlas.

Es obvio, pues, que Alejandro ha subvertido la función que las gafas poseían, a mi juicio, como máscara. Hemos sido, por lo tanto, descubiertos. Un Alejandro ligeramente burlón parecía recordárnoslo cuando, con aire más travieso o lúdico que moral, denominaba su última exposición de gafas manipuladas con el siguiente título: «Para que veas». Y bien que «vimos», bien; y bien que fuimos «vistos» en el momento en que, sin razón aparente, demoramos nuestro paso por la sala frente a cierto ejemplar de raros anteojos … De alguna manera, allí también estábamos nosotros. Nosotros y nuestros vicios, elevados a la categoría de obra de arte, en el «marco» -a todas luces inusual- de una montura de gafas.

Atónito espectador, dime cuáles son las tuyas y te diré quién eres.

Julio de 1991

JAVIER JURADO

Publicada el 15 de diciembre de 1990 en Granada 2000, dentro de la sección Cultura 2000 coordinada por Jesús Arias, esta entrevista de José Carlos Rosales ofrece un retrato directo y revelador de Alejandro Gorafe (1962-2024) en uno de sus momentos más fértiles. Bajo el expresivo título “Con las gafas por montera”, el diálogo recorre el proceso creativo del artista granadino a partir de su exposición “Para que veas”, donde convierte un objeto cotidiano en dispositivo crítico y lúdico. Lejos de limitarse a lo anecdótico, la conversación traza una poética coherente basada en la manipulación de materiales humildes —cartón, plástico, grapas— y en una idea central: el arte no reside en el objeto, sino en la mirada que lo activa.

Jose Carlos Rosales

El artista granadino Alejandro Gorafe inventa las mil utilidades de los anteojos

Alejandro Gorafe, uno de los artistas granadinos más creativos y sorprendentes del momento, sorprendió a la ciudad durante el pasado verano con una exposición que tenía como objeto central y monotemático algo tan cotidiano como unas gafas. Más de un centenar de anteojos fueron destruidos y reconstruidos por el artista para cobrar un nuevo sentido en la exposición: el mensaje estético. Gorafe prepara ahora nuevas muestras en las que, como el arte-pop, despoja a los objetos cotidianos de su sentido. Pintor y escultor, Alejandro Gorafe habla de su filosofía estética.

ALEJANDRO Gorafe (Granada, 1962) presentó, durante el pasado mes de julio, su última exposición con el título de «Para que veas», en las que deformaba el sentido final de un objeto tan cotidiano como las gafas. El centenar de gafas manipuladas con astucia, construidas a caballo entre la crítica y la burla, entre la sorpresa y el desafío, fue un foco de diversión en los días que duró la muestra. Quizás lo más valioso del verano, o de la temporada que llegaba a su fin: unas gafas atónitas que ya se habían expuesto en la Galería 1900-2000 de París y en Arco 88.

Pregunta.—¿Qué otras cosas habías hecho antes de esta exposición de gafas manipuladas?
Respuesta.—Yo empecé con una muestra sobre cartón. Eran propuestas para postales impresas y el tamaño de las obras era por lo tanto bastante reducido, 15 x 10. Utilizaba cartón porque tenía muy poco dinero: lo cortaba, pintaba y encolaba. Le ponía luego plástico, grapas, lo rodeaba con aquellos elementos que estaban a mi alcance. Una variante de aquella exposición es ésta en la que ahora muestro una serie de gafas únicas, sólo ha cambiado el soporte: ahora son gafas, pero el mensaje es el mismo.
P.—¿A qué mensaje te refieres?
R.—Bueno, yo en esta exposición he tratado de transmitir que el arte no está en las cosas, sino en aquel que las mira. Por ejemplo, «las gafas de las copas»; todo el mundo tiene en su casa copas; por si solas no tienen ninguna referencia artística, y yo lo único que he hecho es ponerles un marco. Igual ocurre con un cuadro. Cuando pinto, noto que la gente necesita ver el cuadro con un marco para mirarlo como arte. En este caso el marco son las gafas porque es lo más inmediato a los ojos. Es un mensaje muy directo. Todo el mundo sabe que las gafas sirven para ver cosas y yo lo que me he propuesto con esta exposición es que la gente trate de ver desde fuera hacia dentro y pueda imaginarse, a través de cada tipo de gafas, a una persona. Así que ante «las gafas de un bebedor», te puedo imaginar a ese personaje.
P.—¿Cómo y cuándo empezaron estos planteamientos?
R.—Aquellas postales sobre cartón las expuse en la primera tienda de cómic que hubo en Granada. Se llamaba Simba y hoy es una tienda de Urbano. Aquella exposición la titulé «Sin trampa y con cartón». Después hice otra sobre ceras en la que todos los cuadros eran ceras, papeles recubiertos de un solo color, y en los que, durante ese proceso de rellenar el espacio, surgía algo espontáneo. Cada cuadro representaba un color de la marca que yo utilizaba entonces: había treinta colores diferentes como fondo. Se llamaba «La otra cera». Fue en la Galería Avellano que tampoco existe ya. Era una galería muy bonita.
P.—¿Qué más recuerdos tienes de esas primeras exposiciones?
R.—La del cartón fue en el 80 o a principios del 81. La de la cera la hice en 1981 y fue muy anecdótica. En su inauguración, en vez de dar sangría o copa, di polos de los siete colores del arco iris. Observé cómo cada uno de los asistentes iba por su color favorito y no veían el cuadro en sí mismo, por su mensaje, sino por el color: y es que éste ya tenía en sí una fuerza. Eso me inspiró lo de los polos, una especie de «happening», una cosa divertida en la que todo el mundo participaba. Luego hice otra exposición individual que se llamaba «Elogio del color» y que era un conjunto de bocetos para vidrieras. Estaban hechos con óleos sobre lienzo y los motivos eran los personajes siameses que me habían despertado un gran interés. Yo me planteaba cómo puede sentir un individuo que tiene dos cabezas y un solo cuerpo. Hice un estudio sobre los siameses y estuve recopilando un montón de datos y, bueno, pues vi más o menos todas las posibilidades que hay. Luego las plasmé de una forma no trágica, sino al contrario, muy vitalista y llena de color. Después, en 1985, me planteé un proyecto muy diferente: utilizar plásticos y grapas. Fue en la Casa de los Tiros. Todo consistía en coger un material tan cotidiano como el plástico, un material que usamos todos los días y que nos tiene saturados. Sin embargo es un material que no tiene forma, no tiene estética y me pareció muy interesante el hecho de darle una forma a algo que no la tenía. Usé como sistema de unión unas grapas, un elemento también muy cotidiano. Así que yo iba con mi grapasadora, uniendo plásticos de todos los colores. Se llamó «Grapados». Había desde formas planas hasta volúmenes, formas figuradas, amorfas o geométricas. Intenté abstraer un poco todas las posibilidades. Esta exposición del 85 fue mi última exposición individual. Lo individual ha estado en la galería Sureste.
P.—¿Y durante estos últimos años qué has hecho?
R.—Bastantes exposiciones colectivas porque es más barato exponer con gente que hacerlo en solitario. Una exposición individual supone siempre una gran inversión.
P.—¿Estás contento con el resultado de esta muestra?
R.—Bueno, sí. Lo que pasa es que la primera obra de esta exposición salió en el 85. Desde entonces, poco a poco, he ido haciendo las demás. Claro, es una obra antigua, y ya sabes que las obras antiguas se rechazan. Te gusta más lo que estás haciendo en este momento. Pero, de lo que ya está hecho y terminado, esto es de lo que estoy más contento. Ahora estoy haciendo otras cosas. Incluso paralelamente a esta exposición tengo preparadas otras dos más que se han ido haciendo a lo largo de esos cinco años: una de ellas son objetos variados, también manipulados, pero con otra intención; y la otra se construye con transformadores eléctricos transformados en esculturas. Bueno, son cosas diferentes, aunque la coherencia entre unos proyectos y otros estaría, creo yo, en la manipulación de los objetos.
P.—¿Puede decirse que con esta exposición se nos descubre un territorio nuevo?
R.—Yo no diría tanto.
P.—Bueno, ¿una comarca tal vez?
R.—Si he descubierto algo es el hecho de que la gente haya venido a ver mis objetos.
P.—Ya, pero yo me refería al espacio conceptual en el que se mueven todos los objetos aquí reunidos. En otras exposiciones se nos ofrecen objetos que no mantienen ninguna relación entre sí, pero en ésta cada una de las gafas se vuelve a reinterpretar al ver otra de las gafas siguientes. Es decir, ciertas alusiones de la número 1, por ejemplo, se desvelan en la número 10. En este sentido era en el que te preguntaba sobre la conquista de un nuevo territorio.
R.—Yo lo único que he pretendido es buscarme a mí mismo, y lo he hecho a través de lo que me rodea y de lo que a mí me dice eso que me rodea.
P.—¿Qué gafas te pondrías de las que están aquí expuestas?
R.—Yo tengo unas, muy agresivas, que usé el verano pasado y el anterior. En realidad eran tres gafas en una. Tienes los cristales y la montura típicas de unas gafas de pasta, pero son de sol. Luego llevan una montura muy gruesa negra y van montadas unas dentro de las otras. Parecen un antifaz y dan una mirada un poco demoniaca; tienen además unas patillas de otras gafas que son casi transparentes. Son como un antifaz que queda suspendido, pues la patilla sólo sirve de sujeción y no de adorno. Estaban inspiradas en Frankenstein y las titulé «Las gafas del Nuevo Prometeo». También las gafas que hay ahora en la Galería tienen un título, pero no se lo he puesto para que su título no sea una condición y así la gente pueda participar al inventarse los títulos.
P.—Y ahora, o después de esta exposición, ¿qué harás?
R.—Ahora estoy haciendo una serie que se llama «Héroes». Será otra exposición que algún día quizás salga. Son una serie de objetos en los que he vuelto a usar la grapa, pero con un planteamiento irónico y unos mensajes muy diferentes de los que usé en «Grapados». También estoy haciendo una obra de gran tamaño de la que tengo ya hechas las maquetas. Y eso que siempre he preferido el pequeño formato, porque a mí me parece abuso que llegues a una galería y por cojones tengas que ver obras grandes aunque no te gusten. Yo creo por el contrario que la gente tiene que fijarse en las obras pequeñas. Ya hemos hablado de otra de las obras que tengo entre manos, me refiero a la de los transformadores. Son unos objetos pequeños que todo el mundo tiene en su casa. Yo los desarmo, los manipulo y los vuelvo a armar. Es un conjunto muy interesante. Se ofrecen ópticos muy extraños, muy erizados, incluso hirientes para la vista.
P.—¿Cuál es tu opinión sobre el ambiente cultural de la ciudad?
R.—Me gustaría saber por qué la gente se aburre. Y por qué, si se aburre, no va a ver exposiciones, o no va al teatro. Yo veo que la gente no sale de los bares de las terrazas, está siempre aburrida. Pienso que las galerías tal vez podrían ser un buen sitio de encuentro.