Pregunta.—¿Qué otras cosas habías hecho antes de esta exposición de gafas manipuladas?
Respuesta.—Yo empecé con una muestra sobre cartón. Eran propuestas para postales impresas y el tamaño de las obras era por lo tanto bastante reducido, 15 x 10. Utilizaba cartón porque tenía muy poco dinero: lo cortaba, pintaba y encolaba. Le ponía luego plástico, grapas, lo rodeaba con aquellos elementos que estaban a mi alcance. Una variante de aquella exposición es ésta en la que ahora muestro una serie de gafas únicas, sólo ha cambiado el soporte: ahora son gafas, pero el mensaje es el mismo.
P.—¿A qué mensaje te refieres?
R.—Bueno, yo en esta exposición he tratado de transmitir que el arte no está en las cosas, sino en aquel que las mira. Por ejemplo, «las gafas de las copas»; todo el mundo tiene en su casa copas; por si solas no tienen ninguna referencia artística, y yo lo único que he hecho es ponerles un marco. Igual ocurre con un cuadro. Cuando pinto, noto que la gente necesita ver el cuadro con un marco para mirarlo como arte. En este caso el marco son las gafas porque es lo más inmediato a los ojos. Es un mensaje muy directo. Todo el mundo sabe que las gafas sirven para ver cosas y yo lo que me he propuesto con esta exposición es que la gente trate de ver desde fuera hacia dentro y pueda imaginarse, a través de cada tipo de gafas, a una persona. Así que ante «las gafas de un bebedor», te puedo imaginar a ese personaje.
P.—¿Cómo y cuándo empezaron estos planteamientos?
R.—Aquellas postales sobre cartón las expuse en la primera tienda de cómic que hubo en Granada. Se llamaba Simba y hoy es una tienda de Urbano. Aquella exposición la titulé «Sin trampa y con cartón». Después hice otra sobre ceras en la que todos los cuadros eran ceras, papeles recubiertos de un solo color, y en los que, durante ese proceso de rellenar el espacio, surgía algo espontáneo. Cada cuadro representaba un color de la marca que yo utilizaba entonces: había treinta colores diferentes como fondo. Se llamaba «La otra cera». Fue en la Galería Avellano que tampoco existe ya. Era una galería muy bonita.
P.—¿Qué más recuerdos tienes de esas primeras exposiciones?
R.—La del cartón fue en el 80 o a principios del 81. La de la cera la hice en 1981 y fue muy anecdótica. En su inauguración, en vez de dar sangría o copa, di polos de los siete colores del arco iris. Observé cómo cada uno de los asistentes iba por su color favorito y no veían el cuadro en sí mismo, por su mensaje, sino por el color: y es que éste ya tenía en sí una fuerza. Eso me inspiró lo de los polos, una especie de «happening», una cosa divertida en la que todo el mundo participaba. Luego hice otra exposición individual que se llamaba «Elogio del color» y que era un conjunto de bocetos para vidrieras. Estaban hechos con óleos sobre lienzo y los motivos eran los personajes siameses que me habían despertado un gran interés. Yo me planteaba cómo puede sentir un individuo que tiene dos cabezas y un solo cuerpo. Hice un estudio sobre los siameses y estuve recopilando un montón de datos y, bueno, pues vi más o menos todas las posibilidades que hay. Luego las plasmé de una forma no trágica, sino al contrario, muy vitalista y llena de color. Después, en 1985, me planteé un proyecto muy diferente: utilizar plásticos y grapas. Fue en la Casa de los Tiros. Todo consistía en coger un material tan cotidiano como el plástico, un material que usamos todos los días y que nos tiene saturados. Sin embargo es un material que no tiene forma, no tiene estética y me pareció muy interesante el hecho de darle una forma a algo que no la tenía. Usé como sistema de unión unas grapas, un elemento también muy cotidiano. Así que yo iba con mi grapasadora, uniendo plásticos de todos los colores. Se llamó «Grapados». Había desde formas planas hasta volúmenes, formas figuradas, amorfas o geométricas. Intenté abstraer un poco todas las posibilidades. Esta exposición del 85 fue mi última exposición individual. Lo individual ha estado en la galería Sureste.
P.—¿Y durante estos últimos años qué has hecho?
R.—Bastantes exposiciones colectivas porque es más barato exponer con gente que hacerlo en solitario. Una exposición individual supone siempre una gran inversión.
P.—¿Estás contento con el resultado de esta muestra?