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Memoria de Granada

Andrés Soria Olmedo

Alfonso Salazar·15 de diciembre de 2024
Andrés Soria Olmedo

Por pasos·Leer seguido

1. Introducción2. Fotografía en el tiempo,por Antonio Jiménez Millán3. Je me souviens,por Antonio Muñoz Molina4. Tiempo al tiempo,por Antonio Monegal5. Gracias, Maestro,por Encarna Alonso Valero6. La habitación propia de Andrés Soria Olmedo,por Gabriel Cabello7. Por una dimensión lectora de la vida,por Erika Martínez8. Andrés Soria: la curiosidad intelectual,por Gracia Morales9. La vida maestra de Andrés Soria Olmedo,por José Luis Moreno Pestaña10. La diferencia,por Ernesto Pérez Zúñiga11. Defensa de aquella amistad,por Luis García Montero12. Si es solo un blues, no vale nada,por Álvaro Salvador

La memoria es una criatura ingobernable. A lo largo de mi vida, he tratado de olvidar en vano y con espíritu zoquete ciertos momentos, ilusiones, personas, igual que traté de recordar muchos otros que se esfumaron para siempre (aunque, ¿si no los recuerdo, cómo sé que se esfumaron?). Queda una sombra, un resto vivo, pero a menudo es difícil saber cómo te enseñaron lo que te enseñaron. Si las primeras clases de Historia en Bachillerato valieron realmente la pena. En qué consistieron los seminarios de aquella celebérrima profesora universitaria. Y, sin embargo, de la niebla ingrata de las horas pasadas frente al pupitre siempre emergen tres o cuatro docentes cuya enseñanza trasciende sus materias porque sigue trabajando dentro ti. De todo ello, queda además una potencia que empuja, una obligación íntima y autoimpuesta, un destino ávido que hace unos años disfracé de propósito en un poema que termina así: “Buscarle el saber a quien se arrime y a quienes hace mucho que se fueron. Ser el maldito lobo del estudio feroz, dentro del hospital y de la cama, / después de cada cementerio. Encontrar delicioso el problema de estudiar y, en el mismo pupitre, sufrirlo / mientras persigues un hedonismo abstracto (¡y concreto, concreto!) de lo que se comparte, un mendrugo de amor, una ética”.

Todo lo que yo sé sobre vanguardia y Generación del 27 me lo enseñó Andrés Soria Olmedo. Desde aquellas clases que me impartiera hace ahora casi un cuarto de siglo, ha sido incalculable lo que se ha escrito y bastante lo que yo misma he leído sobre el tema. Y, sin embargo, todo llega a mí como si fuera un aderezo. Si entra en conflicto con lo que él me enseñó, me fastidia. Y tengo que hacer un enorme esfuerzo para no obedecer a mi instinto y descartarlo con displicencia. Hay gente que hace de su erudición un mundo. Y deja todo lo que no sea ese mundo flotando en un aire de irrealidad. Lo que ha escrito y enseñado Andrés siempre parece más cierto. Ya trate sobre lo fable o sobre lo inefable. Sobre la poesía de la literatura o la literatura de la poesía.

Si él hiciera la cuenta de las horas que ha pasado frente a un libro, seguro que serían varias décadas: un tiempo ganado. Cuando he conversado con él, siempre he sentido que estaba en otro sitio, en ese otro tiempo. Y que hablaba como si le resultase inconcebible que su interlocutor no estuviera con él, exactamente allí dentro. Sus palabras acostumbran a viajar ensimismadas desde esa dimensión andresoriana de la existencia, se tensan, vibran, se doblan atravesando la frontera de varios espacio-tiempos (¿corregiría él esta concordancia?) hasta que aterrizan en tu asombro. Hay hombres que saben poco y se empeñan en explicarte lo poco que tú sabes. Hable de lo que hable, Andrés siempre piensa que lo estás entendiendo. Da por supuesto su caudal de lecturas, sus guiños, sus referencias. Busca tu complicidad ironizando sobre las cosas que sabes y sobre las que no. Sus sobreentendidos son generosos porque, aunque conoce la humanísima ignorancia, conversando parece incapaz de considerarla. Cuando mi hijo de tres años está a gusto con alguien, siempre le propone correr a su lado. No hacer una carrera ni cronometrarse, sino tan sólo, como dice el DRAE: “Andar rápidamente y con tanto impulso que, entre un paso y el siguiente, los pies quedan por un momento en el aire”. ¿Corremos? Yo a Andrés siempre le escucho a su niño diciendo: ¿Leemos? Y una quisiera leer con él.

Entre las muchas cosas que echo de menos en la universidad española está que, dentro de sus malabarismos presupuestarios, contemple una prioridad inusitada: la creación de un centro para el profesorado que, después de jubilarse, quiera continuar enseñando, investigando, poniendo en marcha proyectos que alienten a la universidad, ofreciendo al resto de la comunidad académica el patrimonio de su creatividad, sus capacidades y conocimiento. Un espacio al que podamos acudir buscando guía y entusiasmo intelectual. Que reconozca y siga acogiendo la entrega vital a una disciplina. Eso que en el mundo anglosajón llaman clubs o sociedades del profesorado senior, y que yo no me he topado nunca en España. Si hay en nuestra tradición algo semejante, lo desconozco. Tengo que preguntárselo a Andrés Soria Olmedo. Yo quiero que haya un lugar en nuestras facultades donde, al pasar, se sienta el hierro magnético de la dimensión andresoriana de la existencia, un lugar en el que asomen la cabeza el profesorado por venir y sus estudiantes, para que alguien a su lado sonría, tome impulso y, con los pies un momento en el aire, les pregunte: ¿Leemos?

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[Pasos

  1. 1.Introducción
  2. 2.Fotografía en el tiempo,por Antonio Jiménez Millán
  3. 3.Je me souviens,por Antonio Muñoz Molina
  4. 4.Tiempo al tiempo,por Antonio Monegal
  5. 5.Gracias, Maestro,por Encarna Alonso Valero
  6. 6.La habitación propia de Andrés Soria Olmedo,por Gabriel Cabello
  7. 7.Por una dimensión lectora de la vida,por Erika Martínez
  8. 8.Andrés Soria: la curiosidad intelectual,por Gracia Morales
  9. 9.La vida maestra de Andrés Soria Olmedo,por José Luis Moreno Pestaña
  10. 10.La diferencia,por Ernesto Pérez Zúñiga
  11. 11.Defensa de aquella amistad,por Luis García Montero
  12. 12.Si es solo un blues, no vale nada,por Álvaro Salvador

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