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Memoria de Granada

Andrés Soria Olmedo

Alfonso Salazar·15 de diciembre de 2024
Andrés Soria Olmedo

Por pasos·Leer seguido

1. Introducción2. Fotografía en el tiempo,por Antonio Jiménez Millán3. Je me souviens,por Antonio Muñoz Molina4. Tiempo al tiempo,por Antonio Monegal5. Gracias, Maestro,por Encarna Alonso Valero6. La habitación propia de Andrés Soria Olmedo,por Gabriel Cabello7. Por una dimensión lectora de la vida,por Erika Martínez8. Andrés Soria: la curiosidad intelectual,por Gracia Morales9. La vida maestra de Andrés Soria Olmedo,por José Luis Moreno Pestaña10. La diferencia,por Ernesto Pérez Zúñiga11. Defensa de aquella amistad,por Luis García Montero12. Si es solo un blues, no vale nada,por Álvaro Salvador

Para Andrés Soria Olmedo, en su jubilación.

Yo bajaba por el Paseo de la Bomba y el Salón y él subía desde sus Alminares, con su cartera importante de profesor en la mano, y nos encontrábamos a media mañana como espías gandules con gabardinas o abrigos largos en lo que llamábamos el Sánchez Check-Point, en el puente del Genil al costado de aquellos opulentos almacenes Sánchez que fueron una tercera vía granadina entre las dos Españas de Galerías Preciados y el Corte Inglés. De ahí subíamos charla que te charla por la carrera de las Angustias, y si se daba el caso recalábamos en el estudio de Juan Vida, con dos balcones que daban gloriosamente a la fachada de barroco administrativo de la iglesia, y a los enormes plátanos de Indias en los que atronaban los pájaros. Juan Vida tenía el estudio en la casa en la que había nacido, y en la que seguía viviendo con su madre, la afable doña Julia que salía a veces de las profundidades de aquel piso de renta antigua para saludar a los amigos de su hijo, en aquel gran salón con el suelo y las paredes manchados de pintura y cuadros a medio pintar clavados en las paredes. A los literatos con espacios de trabajo casi siempre modestos nos dan envidia los espacios desmedidos y con frecuencia caóticos en los que trabajan los pintores. En el suyo Juan Vida tenía un radiocasette también manchado de pintura en el que sonaba siempre la música o las voces de la radio y también un extraordinario sillón de barbero, en el que los amigos nos sentábamos por turnos para mirarlo pintar. En el estudio de Juan nos hicimos una vez una foto con Andrés Soria y Luis García Montero en la que estamos todos con gafas oscuras a la manera de los Blues Brothers. Andrés y yo reclutábamos a Juan para nuestros vagabundeos matinales, a los que no siempre les buscábamos la coartada de una finalidad práctica, y podíamos subir hasta las oficinillas de publicaciones de la Diputación que estaban en la Plaza de Mariana Pineda, a saludar a Juan Manuel Azpitarte, a Marina Guillén y a Rafael Juárez, y a partir de ahí el abanico de itinerarios se abría hacia nuestros posibles destinos, que durante un tiempo, el año 1986, tuvieron un centro de operaciones en el entorno de la plaza del Carmen, donde estaba mi oficina de funcionario municipal, tan poco lustrosa como la que le fue asignada a Andrés en el edificio Bernina, cuando lo nombraron comisario para la conmemoración del cincuenta aniversario de la muerte de García Lorca -escribo cincuenta consciente de que debería decir “quincuagésimo”, pero la palabra, aunque correcta, es también intragable-. Apenas nombrado Andrés para el cargo, ya Juan los había bautizado el Comisoria.

De eso hará pronto cuarenta años. Hablo del siglo pasado. La mayor novedad tecnológica con la que contábamos era alguna máquina de escribir eléctrica, tan poco fiable y tan ruidosa que más valía seguir utilizando las mecánicas. La oficina de Andrés estaba más pelada que la del Philip Marlowe de Raymond Chandler, con la única ventaja sobre ella que de vez en cuando subían los olores tentadores de la pastelería en la planta baja. También contábamos con la cercanía estratégica de la tabernilla Cisco y Tierra, de la que a veces subíamos cervezas y saladillas con jamón en las espaciosas cajas de cartón de los expedientes. En aquella oficina, con una máquina de escribir y un teléfono directo, mesas y archivadores metálicos como de la RDA, Andrés Soria y yo hicimos lo que pudimos durante algo más de un año para honrar con el máximo de dignidad la memoria de García Lorca, navegando una administración municipal más bien menesterosa, y buscando el apoyo de otras instituciones de más alta graduación que nunca tuvieron demasiado interés en el asunto.

Eran tiempos febriles, en la ciudad y en nuestras vidas. Yo había conocido a Andrés y a Juan, como a otros amigos, solo unos años atrás, cuando empecé a escribir semanalmente en Diario de Granada. De las columnas del periódico pasé al cónclave fundador de la revista Olvidos de Granada, criatura nacida de la mente fértil de Mariano Maresca. Eran tiempos más inocentes, y de idioma menos viciado, así que aún no se hablaba de polinización cruzada. Tampoco es que a ninguno nos interesara mucho la botánica en esa época de militancias estrictamente urbanas. Pero a Mariano, como a varios de nosotros, le gustaban mucho muchas cosas distintas, así que nos afanábamos por celebrar lo mismo el rock de barrio que la música de cámara, la pintura que el cómic, el diseño gráfico que el jazz, el urbanismo, el teatro de vanguardia…

Todos andábamos queriendo hacer algo que no habíamos hecho antes, y que no sabíamos si nos iba a salir. Andrés venía con su cartera de filólogo y su prestigio del colegio de España de Bolonia. Sabía recitar de memoria sonetos y tercetos de Dante e imitar el acento de un japonés hablando inglés. Había escrito un libro bello y erudito sobre León Hebreo, nada menos, y yo creo que andaba ya en los preparativos de su edición de la correspondencia entre Pedro Salinas y Jorge Guillén. En aquel ambiente con predominio de versificadores, yo era casi el único que amando apasionadamente la poesía me concentraba en las novelas. Ese 1986 fue también el de la publicación de la primera que escribí, Beatus Ille. Juan Vida, Mariano Maresca y Andrés Soria fueron mis primeros lectores en la ciudad, esfuerzo mayor del que ahora puede imaginarse, porque entonces un original era un mazo de folios mecanografiados sin apenas márgenes ni interlineado, en fotocopias de escasa visibilidad. En uno de aquellos ejemplares, todavía y a falta de correcciones, encontré al cabo de los años unas hojas dobladas con un membrete del logo del cincuentenario -un diseño de Juan, a partir de un dibujo de Lorca- en las que estaban las anotaciones a mano que Andrés había ido haciendo sobre la lectura. Creo que fue en una de ellas donde puso la cita de The Waste Land que yo iba a poner al principio de la novela: Mixing memory and desire.

Fue en aquellas peripecias del cincuentenario cuando cuajó plenamente nuestra amistad. La escasez de medios era menos desalentadora que la sensación de estar trabajando a contracorriente, o a contraindiferencia. Eran los tiempos de las mayorías absolutas socialistas, desde el gobierno de la nación a las comunidades autónomas y los ayuntamientos, pero en las atmósferas oficiales de la cultura había muy poco o ningún interés por traer a la modernidad democrática el legado civil y cultural no ya de la II República, sino de lo que Juan Marichal había llamado memorablemente la universalización de España, los nombres y las obras de la Edad de Plata que habían sido eliminados de cuajo tras la guerra civil. Eran los ochenta, los tiempos de la movida almodovariana, de las patillas muy cortas, los pantalones flojos y las chaquetas con grandes hombreras, las plazas duras, los diseños insensatos, la frivolidad como vanguardia, los pelotazos grandes y pequeños, los asesores con credenciales exclusivas de sastrería y peluquería, y también con carnet de partido, etc. Era evidente la necesidad de un esfuerzo por barrer la mugre visual que se había acumulado durante medio siglo de aislamiento internacional, represión política y culto mariano, pero aquella prisa por desembarazarse del pasado trajo consigo una amnesia política y cultural de la que me parece que no nos hemos recuperado nunca.

A algunos de aquellos amigos nos unía también una resistencia instintiva a seguir la alegre y con frecuencia cínica música que marcaba el paso. La mayoría habían militado en el Partido Comunista: Andrea Villarrubia, Juan Mata, Pablo Alcázar, Juan Vida, Marivi Prieto, Luis, Mariano, lo cual les daba un anclaje en compromisos sociales que los alejaba del risueño apoliticismo de quienes querían concentrarse pragmáticamente en las tareas por hacer y también de los sinvergüenzas y aprovechados que hicieron su largo agosto en la gran burbuja que iba a prolongarse hasta las celebraciones del 92, mucho más favorecidas por los poderes públicos que nuestra modesta conmemoración lorquiana del 86.

Logramos hacer algunas cosas, sin embargo. La Comisión que Andrés presidía llevaba el título de Nacional, pero nuestros variados trabajos rara vez salieron del ámbito de Granada, lo cual no creo, con la distancia de los años, que los hiciera menos valiosos. Hubo un congreso de especialistas internacionales del que quedaron unas actas que aún emocionan y enseñan cuando uno vuelve a leerlas. Hubo una gran exposición sobre la vida de García Lorca que ocupó los claustros del Hospital Real. Pasábamos días enteros en la oficinilla sobre la pastelería Bernina, buscando testimonios, citas, fragmentos de cartas o poemas, fotografías, dibujos, los rastros de una vida y de una vocación poética que quedaron cercenadas por el crimen en el verano de 1936. A Andrés y a mí nos unía la doble vocación de mostrar y aprender. Estábamos vindicando la obra de un poeta incomparable, pero también la tradición política, estética y moral a la que pertenecía; y no era nostalgia ni revanchismo lo que nos guiaba: era la necesidad de construir nuestra propia tradición democrática, progresista, educativa, y de partir de ella para construir un porvenir más firme, con los pies en la tierra.

Al final del itinerario de la exposición en el Hospital Real, Andrés y yo tuvimos la idea de poner como un monolito funerario, del que colgaba una bandera de la República, y en el que inscribimos unos versos de Luis Cernuda que nos sabíamos de memoria:

            Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
            Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.

El alegre comisario político-cultural del que dependíamos, figura ascendente de aquella modernidad socialista, puso mala cara cuando vio este montaje, del que por precaución no le habíamos avisado. Pero no dijo nada, y la bandera y la cita siguieron allí. Andrés y yo nos hicimos una foto delante de ella. Cuánto tiempo ha pasado. A saber dónde estará aquella foto.

← Paso anteriorFotografía en el tiempo,por Antonio Jiménez MillánPaso siguiente →Tiempo al tiempo,por Antonio Monegal

[Pasos

  1. 1.Introducción
  2. 2.Fotografía en el tiempo,por Antonio Jiménez Millán
  3. 3.Je me souviens,por Antonio Muñoz Molina
  4. 4.Tiempo al tiempo,por Antonio Monegal
  5. 5.Gracias, Maestro,por Encarna Alonso Valero
  6. 6.La habitación propia de Andrés Soria Olmedo,por Gabriel Cabello
  7. 7.Por una dimensión lectora de la vida,por Erika Martínez
  8. 8.Andrés Soria: la curiosidad intelectual,por Gracia Morales
  9. 9.La vida maestra de Andrés Soria Olmedo,por José Luis Moreno Pestaña
  10. 10.La diferencia,por Ernesto Pérez Zúñiga
  11. 11.Defensa de aquella amistad,por Luis García Montero
  12. 12.Si es solo un blues, no vale nada,por Álvaro Salvador

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