Antonio, lazarillo

Antonio es un lazarillo. Lo llamaremos así, porque su verdadero nombre le pertenece solo a él. Es cordobés. Lleva más de un año durmiendo en cajeros automáticos y pidiendo ayuda a los pocos vecinos que todavía seguimos abriéndole la puerta. Algunas noches se acerca hasta mi casa, y yo le doy el dinero que voy guardando para él en un bote vacío de colacao: las vueltas de las compras, las monedas sueltas. No mira al suelo ni se queda un momento en la puerta diciendo que no quiere molestar. Explica su situación, y cada día cuenta una pena nueva. Está muy delgado y está enfermo: tiene una especie de úlcera, o de fístula, un enorme botón de carne en el estómago que de vez en cuando enseña. Ha aprendido que a quien pide no le basta la necesidad: le hace falta también un relato, y a veces la prueba que lo sostenga.
Un día lo vi de otro modo. Era temprano y yo iba de camino al trabajo, y pasé por un cajero de otro barrio, lejos de casa, donde él había dormido. Todavía no habían abierto los comercios. Estaba recogiendo sus cosas y no me vio. Doblaba la manta con un cuidado casi militar, de espaldas a la calle, como quien pide perdón por ocupar un trozo de acera. Allí no había relato ni pena nueva, ni nadie a quien explicarle nada. Había un hombre que se esconde. Entonces pensé que la miseria no está en el escalón donde él espera, sino en lugares más altos y más cómodos.
La lengua española guarda en esa palabra dos desgracias: la pobreza de quien no tiene y la mezquindad de quien tiene de sobra y aun así cierra la puerta. El Lazarillo de Tormes cuenta la historia de un niño que sirve a amos que apenas tienen para sí, y cuenta algo más: que la miseria verdadera no siempre está en quien pide, sino en el clérigo que guarda el pan bajo llave y lo cuenta, o en el escudero, tan pobre como orgulloso, que sale a la calle con el palillo entre los dientes para que parezca que ha comido. También Antonio tiene su palillo: recoger la manta de espaldas, antes de que abran las tiendas, para que nadie vea que ha dormido allí. Y cumple, además, el oficio que dio nombre a la palabra: guiar a los ciegos. Nos lleva de la mano, sin pretenderlo, hasta lo que no queremos mirar.
Ayer, viernes 2 de octubre, cayeron en el Congreso los dos decretos con los que el Gobierno pretendía frenar los desahucios de familias vulnerables y prorrogar los alquileres que vencen este año. El PP, Vox, UPN y Junts votaron que no. Junts, que había dado a entender que apoyaría las medidas contra los fondos de inversión, cambió de postura la víspera: una reunión telemática de su ejecutiva, convocada de urgencia, bastó para decidirlo. El sábado, Jordi Turull acusó al Gobierno de electoralismo, recordó que Junts tiene una propuesta propia y defendió que no quería perjudicar a los mayores que complementan su pensión con un alquiler. Se habla de elecciones. Vox sostiene que para hablar de vivienda hay que hablar de inmigración. Nadie vota contra Antonio; simplemente se vota contra lo que haría posible que Antonio tuviera una puerta propia que cerrar por la noche. Estos días la gente sale a la calle, en decenas de ciudades, para reclamarla. En Sevilla, entre las pancartas, había una que decía: «Los invasores son los inversores».
Hace unos días, en Estepona, mi ciudad de nacimiento, donde suelo pasar los veranos, un constructor noruego me aseguró que en menos de diez años será la ciudad más poblada de la Costa del Sol. Lo dijo sin un solo titubeo. Ese mismo día, en un bar frecuentado por turistas y residentes extranjeros, ocho hombres ingleses, de entre treinta y setenta años, brindaban por una compra que acababan de cerrar. En la media hora que estuve sentado en la mesa de al lado pidieron cuatro botellas de Moët & Chandon, a 100 euros cada una. Al pagar, el camarero me confirmó que llevaban así toda la semana y que a él le dejaban hasta 80 euros de propina, todo en metálico. No sé quiénes son ni de dónde viene su dinero. Sé que nadie les pidió un relato para brindar, y que no es cuestión de pasaportes: Antonio tiene el mismo que yo.
Maricarmen, desahuciada en Madrid a los 87 años tras setenta años de inquilina, fue el rostro de estos decretos. Antonio es lo que viene después del desahucio: la calle. No está solo. En Málaga, una pensionista de 72 años, con antecedentes de cáncer de mama y de colon, desahuciada tras subirle el casero el alquiler de 400 a 1.200 euros, ha contado: «He pasado las fiestas de Málaga durmiendo en un banco, incluso teniendo el Ayuntamiento enfrente». Hay mayores a los dos lados del contrato, pero solo a uno lo encontramos durmiendo en un banco. El miserable no es Antonio. Los que tumban las leyes que podrían ayudarle y los que le dan, de vez en cuando, un billete de cinco euros pueden ser incluso las mismas personas, o al menos comparten la misma lógica: la que convierte el derecho en caridad. Yo mismo la comparto cada vez que vacío el bote de colacao en su mano. Las monedas permiten sentirse generoso sin cambiar nada: Antonio tiene que contar una pena nueva cada día para merecer lo que un derecho le daría sin preguntar. La limosna es la coartada de la injusticia: cuanto más se da en el portal, menos se exige en el Congreso.
Hace tiempo que Antonio no viene. El bote de colacao ya guarda más de 100 euros que nadie ha venido a buscar. ¿Habrá encontrado Antonio un cajero mejor? Seguro que le va muy bien.