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Piezas y Procesos

Manuel Falces

Ramón Repiso·15 de septiembre de 2013
Manuel Falces

Por pasos·Leer seguido

1. Introducción2. Mariano Maresca3. Miguel Ángel Blanco Martín4. Parte 45. Manuel Falces6. Fernando García Lara7. Parte 78. Parte 89. Parte 9

Mariano Maresca

La obra de Manuel Falces es una carcajada, una negación bien sonora de la realidad y una reivindicación del sendero creador elegido por su manera de entender la fotografía como un lenguaje sin límites. Desde el primer momento, todo ese artefacto técnico de la cámara y el positivado y de todo lo que se puede inventar con un negativo en las manos, Falces lo vivió como el mejor regalo de reyes, el juguete más deseado de quien conserva de la niñez el atrevimiento y la utopía de la omnipotencia. Nacido en el seno de una tradición analógica y realista, en seguida emprendió un camino diverso, un extravío del que nunca se apartó.
Las interpretaciones de una obra acabada siempre son reductivas, y la mía no lo es menos. Simplificando, a mí me parece que la trayectoria de Manolo Falces tiene dos puntos de referencia ideales y un anclaje material único. Los dos puntos de referencia podrían ser Federico Fellini y José Ángel Valente; el punto de anclaje es Cabo de Gata, en Almería.
¿Fellini? Matilde Sánchez, la compañera de Falces desde los quince años, me contó que en su casa de Sevilla había una enorme reproducción de una imagen en la que Fellini viajaba en una pequeña barca acompañado de todo un grandioso rinoceronte (bonita redundancia, por cierto). Hay cientos de fotografías de Falces que tienen en ese icono su raíz más íntima: el encuentro de dos seres asimétricos e inconmensurables en un espacio vacío, la preferencia por una representación de la realidad que propone una imagen al mismo tiempo “bonita” y subversiva de la misma: la carcajada y la sonrisa al mismo tiempo.
Buena parte de la obra de Falces hasta finales de los noventa obedece a ese código, al que hay que sumar otro ingrediente también de matriz felliniana: la teatralidad. Manolo y Matilde montan una industria doméstica de fabricación de maquetas de escenografías que utilizan para incluir en ellas la realidad captada por la cámara. Está claro: el fotógrafo Falces está proponiendo una representación de la realidad que parte de una manera radical de entender el mismo concepto de representación: la fotografía entendida como un lugar del juego y del goce, pero también –siempre- de la memoria y la desposesión de lo real.
En la vida de Falces, el encuentro con José Ángel Valente fue la confirmación de la única salida posible de su poética anterior: la fotografía debía seguir siendo representación de la realidad, pero de una manera mucho más radical: de te fabula narratur, el relato versa siempre sobre ti mismo. Y Falces somete su trabajo a una fortísima abstracción en la que se desprende de los recursos que habían sostenido su maniera anterior para trabajar sobre el despojamiento, la fugacidad y el intersticio entre lo que es y está a punto de dejar de ser, hasta llegar a conseguir que cualquier retrato sea sólo el retrato de una sombra, de alguien que está a punto de no ser y que en ese tránsito es más real que nunca.
En esa trayectoria, el paisaje de Cabo de Gata funciona como un escenario que parecía esperar a alguien como Falces. Allí está lo que quedó de eterno, que es también la prueba más concluyente de cómo el trabajo de la especie humana consiste en una implacable tarea de destitución del mundo que una vez nos acogió. Falces y Valente fueron activistas significados del proceso que llevó a la declaración de Parque Natural que protegía –hasta que llegó El Algarrobico- aquel paraje único. La gran obra de Falces, el proyecto Imagina, respondía a esa conciencia: se trataba de que los mejores fotógrafos del mundo fueran a Almería a fotografiar aquel lugar como un sitio que todavía existía pero que, aunque dejara de existir, debía sobrevivir como testimonio de la belleza de una tierra para la que sólo hemos tenido un desprecio imperdonable.
La coherencia de Falces con este ensimismamiento, con esta soledad y con la sombra de lo que ha sido, es extraordinaria. Su compañera Matilde ha preparado para olvidos.es una colección inédita y sobrecogedora de los autorretratos de Manolo. El alma de Manolo era una cámara, y con su cámara se buscaba en los espejos de los hoteles, de los aseos públicos, de los hospitales: cada vez más humano en esos finales de carrete, empeñado en descifrar el enigma de la existencia y la desaparición. Y si algún día derriban el hotel de El Algarrobico, seguro que en el vacío al fin restituido resonará la carcajada del lobo estepario que fue el gran Manuel Falces.

← Paso anteriorIntroducciónPaso siguiente →Miguel Ángel Blanco Martín
Fotografía

[Pasos

  1. 1.Introducción
  2. 2.Mariano Maresca
  3. 3.Miguel Ángel Blanco Martín
  4. 4.Parte 4
  5. 5.Manuel Falces
  6. 6.Fernando García Lara
  7. 7.Parte 7
  8. 8.Parte 8
  9. 9.Parte 9

Por pasos·Leer seguido

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