Andrés Soria Olmedo

Un homenaje a la aventura intelectual
El pasado mes de octubre se jubiló en la Universidad de Granada uno de los catedráticos más brillantes de su generación: Andrés Soria Olmedo, erudito consistente y referencial de la obra de su coterráneo Federico García Lorca. Compañero de viaje y amistad de La Otra Sentimentalidad, siempre atento científico y docente, ha alumbrado el camino de la filología y la literatura a múltiples generaciones de estudiantes universitarios.
Andrés Soria Olmedo, nacido en Granada en 1954, se doctoró en Filología Románica por la Universidad de Granada en 1980 y en Lettere Moderne por la Universidad de Bolonia en 1982. Fue miembro del Real Colegio de España en Bolonia y, desde 1990, es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada. A lo largo de su carrera, ha sido investigador visitante en la Universidad de Harvard y profesor invitado en instituciones como la UCLA, la New York University y la Università di Venezia.
Es autor de diversas obras, entre ellas Vanguardismo y crítica literaria en España (1988) y Fábula de fuentes: tradición y vida literaria en Federico García Lorca (2004), además de haber editado la obra de poetas como el Inca Garcilaso. Su labor investigadora se ha centrado principalmente en el Renacimiento y en la literatura española del primer tercio del siglo XX, destacando especialmente sus estudios sobre Federico García Lorca, que fueron reunidos en Disciplina y pasión de lo soñado (2017).
Además de su labor académica, ha comisariado varias exposiciones, como Back Tomorrow: Federico García Lorca: Poeta en Nueva York (2013), en la Biblioteca Pública de Nueva York, junto con Christopher Maurer, y Una habitación propia: Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes (2016 en Granada y 2017 en Madrid).
Andrés Soria ha sido una referencia y un estímulo permanentes
para quienes han acompañado su aventura intelectual. Aquí, una serie de amigos y discípulos se unen para rendirle homenaje.
Caricatura aparecida en Viking 2. SGEL 1984. Juan Vida
Andrés Soria Olmedo y yo compartimos muchas fotografías a lo largo de seis décadas. Hay alguna de principios de los años sesenta en la que aparecemos los dos con caras de niños buenos -él más que yo, probablemente- en celebraciones familiares, tal vez alguna primera comunión o el aniversario de mis abuelos paternos, que se celebró en el entonces famoso hotel Nevada, en la calle Ganivet. Y es que nosotros tenemos una relación de parentesco, a través de las diferentes ramas del apellido Olmedo: la madre de Andrés lo tenía como primer apellido, mi padre como segundo. Esa vinculación también fue la causa de que coincidiéramos en las caserías de nuestras abuelas Olmedo Herrera, o en la lujosa villa de la Huerta de los Ángeles, al final de la calle Molinos.
Ya no nos vimos tanto en los años adolescentes, cuando Andrés estudiaba en el Instituto Padre Suárez y yo en el Colegio de los Escolapios, pero sí que volvimos a encontrarnos en la Facultad de Filosofía y Letras, al cursar la licenciatura de Filología Románica. A los diecinueve años, curso académico 1973-74, yo fui delegado y me impliqué de lleno en los problemas de la transición política española, formando parte de un grupo bastante compacto a la hora del compromiso y a la hora de la diversión. Allí estábamos Andrés y yo, Javier Martínez Abad, Victoria Orozco, Trini Delgado, Aurora García Galán, Justo García Zavala, Paco Sevilla y, a veces, Alejandro Palacios, un compañero de Jaén que había alquilado una casa de dos plantas en la calle Cruz de Quirós; esa casa se convirtió en lugar de reunión frecuente e incluso la mantuvimos entre varios terminada ya la carrera (1976 y 1977). Éramos asiduos de los bares del centro o de las tabernas del Albaicín, pero nunca faltábamos a las conferencias y recitales que nos convocaban en el Hospital Real, desde José Menese y los grupos más avanzados de jazz o de teatro hasta Louis Althusser, que leyó una conferencia en francés ante dos mil -digo yo- estudiantes y profesores que seguíamos la traducción en folios que convenientemente nos habían repartido.
En la primavera de 1976 tuvo lugar un acontecimiento importante para la cultura en Granada. Andrés y yo, todavía estudiantes del último curso de Facultad, formamos parte de una nutrida comisión organizadora del homenaje a Federico García Lorca que se celebró en Fuentevaqueros el 5 de junio de 1976; allí estaban también estudiantes recién licenciados como José Carlos Rosales y Justo Navarro, profesores de universidad como nuestro común maestro Juan Carlos Rodríguez o Mariano Maresca, que luego tendría un papel muy importante como director de Olvidos de Granada, abogados (Jerónimo Páez, Antonio Jiménez Blanco) y poetas (Juan de Loxa, José Ladrón de Guevara, Rafael Guillén, José Heredia Maya). Otras fotografías -hechas por Salvador Sanchís Canet, compañero de curso- nos muestran en una pega de carteles por las calles de Granada, todavía con el miedo a los grises que, por fortuna, no intervinieron. Un gobernador civil despótico nos impuso que aquel homenaje sólo podía durar media hora y repartió luego numerosas multas entre los que, según él, se habían excedido. Pero en esos días conocimos a Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, Nuria Espert, Aurora Bautista o Víctor Erice, participantes en aquella necesaria reivindicación de García Lorca. Al gran poeta granadino dedicaría Andrés Soria Olmedo muchas páginas de investigación filológica, como veremos.
A partir de octubre de 1976, los dos tuvimos la suerte de entrar en la docencia universitaria, Andrés en la UGR y yo en la Universidad de Málaga, en buena medida gracias a la mediación de su padre, don Andrés Soria Ortega, como profesor de Filología Románica. Precisamente en Málaga hicimos los Cursos de Filología Española, imprescindibles para el doctorado, durante el verano de 1977. Bajo la dirección de Juan Carlos Rodríguez, cuya biblioteca ayudamos a ordenar en ese mismo otoño (yo venía de Málaga muchos fines de semana), leímos los dos las memorias de licenciatura acerca de la obra de Rafael Alberti, y, en 1980, las tesis doctorales, sobre diferentes aspectos de la generación del 27. Andrés fue un lector paciente de mis primeros poemas, escritos entre 1974 y 1976, y a él le correspondió escribir el prólogo a mi primer libro, Último recurso, premio García Lorca en la modalidad de estudiantes, publicado por la Universidad de Granada. Por entonces, nos integramos en el “Colectivo 77”, un grupo de agitación cultural creado por el poeta Álvaro Salvador, nuestro profesor de Literatura Hispanoamericana en la carrera. Aquel prólogo sería el primero de los textos críticos centrados en mi poesía, pues hizo reseñas y artículos sobre libros míos muy posteriores.
Recuerdo que le dediqué un poema -nunca publicado después- acerca del intento de golpe de estado en febrero de 1981. Le envidié, entonces, por estar fuera de España: Andrés se había trasladado a finales de 1980 al Colegio de España en Bolonia, y allí obtuvo el doctorado en Lettere Moderne con su primer estudio sobre León Hebreo (1982); su traducción de los Diálogos de Amor fue publicada en 1996 por la Fundación José Antonio de Castro. En los años ochenta y noventa del siglo pasado, Andrés fue invitado a universidades tan prestigiosas como Harvard, UCLA, New York University y Venecia. En Harvard preparó la edición de la Correspondencia Pedro Salinas / Jorge Guillén (Barcelona, Tusquets, 1992) y desde 1990 desempeñó la cátedra de Literatura Española de la Universidad de Granada.
Quiero recordar algunos de sus ensayos y ediciones críticas imprescindibles para el conocimiento de la llamada “Edad de plata”. Basándose en su tesis doctoral, publicó Vanguardismo y crítica literaria en España (Madrid, 1988; reditado en 2016 con el título Crítica y vanguardia); en esa línea se orientan sus posteriores colaboraciones con la Residencia de Estudiantes, que profundizan en el alcance del centenario de Góngora (¡Viva Don Luis!) y en el cambio de signo que tuvo lugar al final de la década (Rafael Alberti: Sobre los ángeles). Andrés Soria Olmedo es también uno de los mejores especialistas en la obra de Federico García Lorca. En 1986 estuvo al frente de la Comisión Nacional del Cincuentenario de la muerte del poeta y se hizo cargo de la edición del volumen colectivo Lecciones sobre Federico García Lorca; dirigió después, entre 1993 y 2000, la “Cátedra García Lorca” de la Universidad de Granada, y centró su atención en la obra juvenil lorquiana (Teatro inédito de juventud, Madrid, 1994; La mirada joven. Estudios sobre la literatura juvenil de García Lorca, Universidad de Granada, 1997); organizó después el congreso celebrado con motivo del centenario y figura como uno de los editores de sus actas: Federico García Lorca, clásico moderno (1898-1998). En 2004, las publicaciones de la Residencia de Estudiantes dieron a conocer su ensayo Fábula de fuentes. Tradición y vida literaria en Federico García Lorca, en el que aborda la revisión y puesta al día del ingente material bibliográfico surgido en torno a la obra del poeta granadino. Más reciente es su ensayo Lenguaje de poema: Federico García Lorca (2017), y en el mismo año da a conocer Disciplina y pasión de lo soñado en la editorial Calambur. Decisivo es también su trabajo Las vanguardias y la Generación del 27 (Madrid, Visor, 2007), octava entrega de la antología crítica de poesía española dirigida por Francisco Rico. Pero tampoco se trata de hacer una relación exhaustiva de sus aportaciones.
Sí quiero dejar claro que, desde los años de la carrera universitaria, hemos mantenido una complicidad constante alrededor de la literatura, una especie de trabajo gustoso. Coincidimos en muchos tribunales de tesis doctorales, en congresos, en cursos de verano (en Baeza, sobre todo). Andrés siempre tiene un comentario inteligente o una recomendación oportuna que mejora el trabajo de los demás. Y sentido del humor no le falta. Los dos nos hemos jubilado en la misma fecha, 30 de septiembre de 2024. Como eméritos, seguiremos dando algunas clases. A Andrés le rindió su Facultad un merecido homenaje el pasado mes de octubre (mi caso es bien distinto); ojalá sigamos disfrutando de la vida y de las lecturas.
Para Andrés Soria Olmedo, en su jubilación.
Yo bajaba por el Paseo de la Bomba y el Salón y él subía desde sus Alminares, con su cartera importante de profesor en la mano, y nos encontrábamos a media mañana como espías gandules con gabardinas o abrigos largos en lo que llamábamos el Sánchez Check-Point, en el puente del Genil al costado de aquellos opulentos almacenes Sánchez que fueron una tercera vía granadina entre las dos Españas de Galerías Preciados y el Corte Inglés. De ahí subíamos charla que te charla por la carrera de las Angustias, y si se daba el caso recalábamos en el estudio de Juan Vida, con dos balcones que daban gloriosamente a la fachada de barroco administrativo de la iglesia, y a los enormes plátanos de Indias en los que atronaban los pájaros. Juan Vida tenía el estudio en la casa en la que había nacido, y en la que seguía viviendo con su madre, la afable doña Julia que salía a veces de las profundidades de aquel piso de renta antigua para saludar a los amigos de su hijo, en aquel gran salón con el suelo y las paredes manchados de pintura y cuadros a medio pintar clavados en las paredes. A los literatos con espacios de trabajo casi siempre modestos nos dan envidia los espacios desmedidos y con frecuencia caóticos en los que trabajan los pintores. En el suyo Juan Vida tenía un radiocasette también manchado de pintura en el que sonaba siempre la música o las voces de la radio y también un extraordinario sillón de barbero, en el que los amigos nos sentábamos por turnos para mirarlo pintar. En el estudio de Juan nos hicimos una vez una foto con Andrés Soria y Luis García Montero en la que estamos todos con gafas oscuras a la manera de los Blues Brothers. Andrés y yo reclutábamos a Juan para nuestros vagabundeos matinales, a los que no siempre les buscábamos la coartada de una finalidad práctica, y podíamos subir hasta las oficinillas de publicaciones de la Diputación que estaban en la Plaza de Mariana Pineda, a saludar a Juan Manuel Azpitarte, a Marina Guillén y a Rafael Juárez, y a partir de ahí el abanico de itinerarios se abría hacia nuestros posibles destinos, que durante un tiempo, el año 1986, tuvieron un centro de operaciones en el entorno de la plaza del Carmen, donde estaba mi oficina de funcionario municipal, tan poco lustrosa como la que le fue asignada a Andrés en el edificio Bernina, cuando lo nombraron comisario para la conmemoración del cincuenta aniversario de la muerte de García Lorca -escribo cincuenta consciente de que debería decir “quincuagésimo”, pero la palabra, aunque correcta, es también intragable-. Apenas nombrado Andrés para el cargo, ya Juan los había bautizado el Comisoria.
De eso hará pronto cuarenta años. Hablo del siglo pasado. La mayor novedad tecnológica con la que contábamos era alguna máquina de escribir eléctrica, tan poco fiable y tan ruidosa que más valía seguir utilizando las mecánicas. La oficina de Andrés estaba más pelada que la del Philip Marlowe de Raymond Chandler, con la única ventaja sobre ella que de vez en cuando subían los olores tentadores de la pastelería en la planta baja. También contábamos con la cercanía estratégica de la tabernilla Cisco y Tierra, de la que a veces subíamos cervezas y saladillas con jamón en las espaciosas cajas de cartón de los expedientes. En aquella oficina, con una máquina de escribir y un teléfono directo, mesas y archivadores metálicos como de la RDA, Andrés Soria y yo hicimos lo que pudimos durante algo más de un año para honrar con el máximo de dignidad la memoria de García Lorca, navegando una administración municipal más bien menesterosa, y buscando el apoyo de otras instituciones de más alta graduación que nunca tuvieron demasiado interés en el asunto.
Eran tiempos febriles, en la ciudad y en nuestras vidas. Yo había conocido a Andrés y a Juan, como a otros amigos, solo unos años atrás, cuando empecé a escribir semanalmente en Diario de Granada. De las columnas del periódico pasé al cónclave fundador de la revista Olvidos de Granada, criatura nacida de la mente fértil de Mariano Maresca. Eran tiempos más inocentes, y de idioma menos viciado, así que aún no se hablaba de polinización cruzada. Tampoco es que a ninguno nos interesara mucho la botánica en esa época de militancias estrictamente urbanas. Pero a Mariano, como a varios de nosotros, le gustaban mucho muchas cosas distintas, así que nos afanábamos por celebrar lo mismo el rock de barrio que la música de cámara, la pintura que el cómic, el diseño gráfico que el jazz, el urbanismo, el teatro de vanguardia…
Todos andábamos queriendo hacer algo que no habíamos hecho antes, y que no sabíamos si nos iba a salir. Andrés venía con su cartera de filólogo y su prestigio del colegio de España de Bolonia. Sabía recitar de memoria sonetos y tercetos de Dante e imitar el acento de un japonés hablando inglés. Había escrito un libro bello y erudito sobre León Hebreo, nada menos, y yo creo que andaba ya en los preparativos de su edición de la correspondencia entre Pedro Salinas y Jorge Guillén. En aquel ambiente con predominio de versificadores, yo era casi el único que amando apasionadamente la poesía me concentraba en las novelas. Ese 1986 fue también el de la publicación de la primera que escribí, Beatus Ille. Juan Vida, Mariano Maresca y Andrés Soria fueron mis primeros lectores en la ciudad, esfuerzo mayor del que ahora puede imaginarse, porque entonces un original era un mazo de folios mecanografiados sin apenas márgenes ni interlineado, en fotocopias de escasa visibilidad. En uno de aquellos ejemplares, todavía y a falta de correcciones, encontré al cabo de los años unas hojas dobladas con un membrete del logo del cincuentenario -un diseño de Juan, a partir de un dibujo de Lorca- en las que estaban las anotaciones a mano que Andrés había ido haciendo sobre la lectura. Creo que fue en una de ellas donde puso la cita de The Waste Land que yo iba a poner al principio de la novela: Mixing memory and desire.
Fue en aquellas peripecias del cincuentenario cuando cuajó plenamente nuestra amistad. La escasez de medios era menos desalentadora que la sensación de estar trabajando a contracorriente, o a contraindiferencia. Eran los tiempos de las mayorías absolutas socialistas, desde el gobierno de la nación a las comunidades autónomas y los ayuntamientos, pero en las atmósferas oficiales de la cultura había muy poco o ningún interés por traer a la modernidad democrática el legado civil y cultural no ya de la II República, sino de lo que Juan Marichal había llamado memorablemente la universalización de España, los nombres y las obras de la Edad de Plata que habían sido eliminados de cuajo tras la guerra civil. Eran los ochenta, los tiempos de la movida almodovariana, de las patillas muy cortas, los pantalones flojos y las chaquetas con grandes hombreras, las plazas duras, los diseños insensatos, la frivolidad como vanguardia, los pelotazos grandes y pequeños, los asesores con credenciales exclusivas de sastrería y peluquería, y también con carnet de partido, etc. Era evidente la necesidad de un esfuerzo por barrer la mugre visual que se había acumulado durante medio siglo de aislamiento internacional, represión política y culto mariano, pero aquella prisa por desembarazarse del pasado trajo consigo una amnesia política y cultural de la que me parece que no nos hemos recuperado nunca.
A algunos de aquellos amigos nos unía también una resistencia instintiva a seguir la alegre y con frecuencia cínica música que marcaba el paso. La mayoría habían militado en el Partido Comunista: Andrea Villarrubia, Juan Mata, Pablo Alcázar, Juan Vida, Marivi Prieto, Luis, Mariano, lo cual les daba un anclaje en compromisos sociales que los alejaba del risueño apoliticismo de quienes querían concentrarse pragmáticamente en las tareas por hacer y también de los sinvergüenzas y aprovechados que hicieron su largo agosto en la gran burbuja que iba a prolongarse hasta las celebraciones del 92, mucho más favorecidas por los poderes públicos que nuestra modesta conmemoración lorquiana del 86.
Logramos hacer algunas cosas, sin embargo. La Comisión que Andrés presidía llevaba el título de Nacional, pero nuestros variados trabajos rara vez salieron del ámbito de Granada, lo cual no creo, con la distancia de los años, que los hiciera menos valiosos. Hubo un congreso de especialistas internacionales del que quedaron unas actas que aún emocionan y enseñan cuando uno vuelve a leerlas. Hubo una gran exposición sobre la vida de García Lorca que ocupó los claustros del Hospital Real. Pasábamos días enteros en la oficinilla sobre la pastelería Bernina, buscando testimonios, citas, fragmentos de cartas o poemas, fotografías, dibujos, los rastros de una vida y de una vocación poética que quedaron cercenadas por el crimen en el verano de 1936. A Andrés y a mí nos unía la doble vocación de mostrar y aprender. Estábamos vindicando la obra de un poeta incomparable, pero también la tradición política, estética y moral a la que pertenecía; y no era nostalgia ni revanchismo lo que nos guiaba: era la necesidad de construir nuestra propia tradición democrática, progresista, educativa, y de partir de ella para construir un porvenir más firme, con los pies en la tierra.
Al final del itinerario de la exposición en el Hospital Real, Andrés y yo tuvimos la idea de poner como un monolito funerario, del que colgaba una bandera de la República, y en el que inscribimos unos versos de Luis Cernuda que nos sabíamos de memoria:
Este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.
El alegre comisario político-cultural del que dependíamos, figura ascendente de aquella modernidad socialista, puso mala cara cuando vio este montaje, del que por precaución no le habíamos avisado. Pero no dijo nada, y la bandera y la cita siguieron allí. Andrés y yo nos hicimos una foto delante de ella. Cuánto tiempo ha pasado. A saber dónde estará aquella foto.
Jaime Gil de Biedma decía que, con los años, al hacernos mayores, no perdemos los amigos, pero los dejamos de ver. Cito de memoria, así que las palabras seguro que no son exactas. Es la típica situación en la que me vendría muy bien la ayuda de Andrés para recordar. Su saber es amplio, curioso y sobre todo generoso, pronto a desbordarse hacia el otro. Mi amistad con Andrés está hecha, como supongo que la de otros, de retazos: conversaciones y risas, copas y cafés, encuentros, largos o fugaces, en Cambridge (Massachusetts), Los Ángeles, Nueva York, Lexington (Kentucky), Granada, Madrid, Ciudad de México, Venecia, Frigiliana, y algunos rincones más que he olvidado. Bajo la sombra benéfica del añorado Claudio Guillén y la físicamente más lejana pero no menos sentida de Federico García Lorca, que cosió tantas complicidades y a la que luego él se vinculó, gracias a Laura, con lazos más estrechos. Aunque cuando nos conocimos, la primera vez que coincidimos en Harvard, nos convocaban otros poetas: él preparaba la magna edición de la correspondencia entre Jorge Guillén y Pedro Salinas y yo había llegado para escribir una tesis sobre Luis Cernuda, proyecto que abandoné. Mi fidelidad a Cernuda perdura hasta hoy y es quizás más íntima, aunque sólo le haya dedicado un par de artículos. Aquello en lo que más trabajamos no siempre es lo que mejor representa quiénes somos, aunque en Andrés sospecho que sí se da esta armonía.
Nos llevamos pocos años, sin embargo, siempre ha sido más sabio que yo. Me beneficié tempranamente de su ensayo Vanguardismo y crítica literaria en España (1910-1930), indispensable aún hoy para cualquiera que se interese por aquellas dos décadas prodigiosas a las que también me asomé en la primera parte de mi carrera, sobre las que ayuda a deshacer diversos malentendidos. Son también memorables sus reflexiones sobre el dispositivo de las antologías, a propósito de la de Gerardo Diego, que preceden su propia y valiosa labor de antólogo, informada por aquel bagaje teórico. Cito estos libros iniciales porque muestran la fuente de donde sale el valioso caudal que les siguió, pero no he emprendido estas breves líneas con intención de recorrer la producción académica de Andrés que, a pesar de su innegable mérito, no es de entre sus virtudes la que aquí quiero subrayar, ni la que hizo que fueran un lujo aquel encuentro y la frecuentación que siguió (por desgracia ya menos habitual). Descubrí entonces el extraño placer que se deriva de leer a los amigos y aprender de ellos, al igual que me ocurrió con otros compañeros de viaje de la misma época, Enric Bou, Christopher Maurer o Mario Hernández, como si la conversación de sobremesa se extendiera a la página impresa. El goce de la camaradería se une al íntimo orgullo de estar rodeado de gente a quien uno admira. Cuando uno se hace mayor, ya no incomoda formar parte de la pandilla de los empollones. Siempre he dicho que uno de los privilegios de esta profesión, cuando la suerte acompaña, es la oportunidad de codearse con gente interesante, que te estimula intelectualmente, y en este elenco Andrés ocupa un lugar destacado.
He mencionado su generosidad con sus muchos conocimientos, y de ello puede dar fe cualquiera que se haya asomado a ese pozo sin fondo. A Andrés no le interesa la competencia, ni el medrar, sino el arte de la conversación y compartir. Sin haber sido estudiante suyo, he podido apreciar su manera de darse en la palabra, discretamente, sin pedantería ni condescendencia. A mí me encaminó hacia el tema de mi tesis, cuando más perdido estaba, después de recibir un jarro de agua fría. Tras renunciar a la idea de centrar mi investigación doctoral en Cernuda, por motivos que no vienen al caso pero que algo tienen que ver con las indagaciones de Andrés en aquel epistolario de la Generación del 27, decidí estudiar las adaptaciones al cine de obras literarias españolas. Entonces, un reputado experto, el director de la filmoteca de Harvard, me dijo que para demostrar que el libro era mejor que la película no hacía falta otra tesis doctoral. Tras este chasco, en una charla mano a mano en el Café Pamplona de Cambridge, que recuerdo como si fuera ayer aunque han pasado casi cuarenta años, Andrés me sugirió buscar un director cuyas películas superaran o dieran la vuelta a la obra original, como ocurre con Alfred Hitchcock, y me encaminó hacia Luis Buñuel, a quien dediqué mi tesis. Se lo he agradecido múltiples veces y lo reitero aquí, a pesar de que él insiste en quitar importancia a esta deuda. Como esta pequeña anécdota, que reúne generosidad y modestia, otros amigos suyos deben evocar muchas. Una vida dedicada a la investigación me ha enseñado que es el humor lo que une a las personas. Ocurre en las relaciones amorosas, pero no menos en la amistad. Es imperdonable aburrirse con un amigo, pero, incluso cuando ocurre, uno sabe que seguirá el momento de reírse juntos. Todo va de complicidades, esa secreta e inexplicable conexión que nos acerca entre humanos y puede conducir al crimen o a la dicha. Es lo que justifica el viejo tópico de que, aunque la separación sea dilatada, uno se reencuentra como si se hubiera visto ayer. Ahora nos vemos menos que en otras épocas y se echa a faltar. Ha pasado el tiempo, pero la memoria regresa con facilidad a aquella desenfadada juventud. Homenajes como el que le dedicamos a Andrés están hechos de la materia del tiempo: pasa éste y toca mirar atrás, si la fatalidad no dicta que uno se quede por el camino. Dándole tiempo al tiempo, llegamos al momento de celebrar al amigo y la amistad. En aquel entonces, cuando éramos jóvenes, no lo pensábamos, no sabíamos que recordaríamos.
Es difícil resumir casi 30 años en unas pocas líneas e intentar que quepa en ellas un magisterio como el de Andrés Soria Olmedo.
Tengo un recuerdo curioso de la primera vez que lo vi, sin saber quién era. Fue en una conferencia que se celebró en la facultad, yo era estudiante en alguno de los primeros cursos de la carrera. Andrés estaba entre el público y lo recuerdo por su pregunta y por los comentarios que hizo. Creo que hasta tomé notas de su intervención. Un par de años después, cuando lo vi entrar en el aula, ya como mi profesor, me resultó familiar y la imagen me vino de repente a la cabeza. Pensé: “Este es el señor de la conferencia aquella”. No es fácil que alguien te impresione hasta ese punto en tan pocos minutos.
Eso fue en el año 96. Yo cursaba el cuarto año de la antigua licenciatura de Filología Española y fue mi profesor en la asignatura (entonces eran todas anuales) Novela española moderna y contemporánea. Era una optativa que siempre me agradeceré haber escogido. Andrés tenía entonces una gran barba y nos dio una lista larguísima de lecturas. Resulta difícil explicar la impresión que para una alumna que, como yo, venía de un lugar social muy lejano a la universidad, suponía verse dos días por semana ante un profesor con la erudición de Andrés Soria.
Fue en esa época cuando empecé a leer sus trabajos: los primeros fueron Federico García Lorca y el arte (todavía tengo subrayadas y anotadas esas fotocopias) y un artículo sobre Muñoz Molina al que llegué porque en la lista de lecturas obligatorias de la asignatura estaba Beatus ille. De sus clases salí con la firme determinación de aprender idiomas (en cuanto pude, estudié francés, inglés y algo de alemán), con una lista casi inabarcable de títulos que quería leer y con montones de notas sobre arte y literatura europea (alentada por sus clases, me pasé ese verano leyendo Los novios de Manzoni y a Jane Austen). Se percibían claramente en sus clases el amor por la literatura y el disfrute de leer, y nos los transmitía.
El curso siguiente nos estuvo enseñando literatura del siglo XX. Fue el año del centenario del nacimiento de Lorca y nos animó a asistir al congreso internacional que organizó y cuya celebración coincidió con el final de curso. El año anterior, en la asignatura de novela, le había entregado un trabajo sobre Juan Marsé que no le debió de parecer mal porque me puso buena nota; por eso, y porque otro compañero y yo nos estuvimos picando para ver si nos atrevíamos o no, presenté una propuesta de comunicación, convencida de que no llegaría a ninguna parte. Cuando le contamos a Andrés nuestra idea, nos animó a llevarla a cabo y nos insistió en que lo intentásemos. Nos la aceptaron tanto a mi compañero como a mí: él dio su comunicación con aplomo y disfrutando el momento; yo aterrada, sin que me saliera la voz del cuerpo y con una tensión que me provocó un dolor en el cuello que me duró días. Ese fue mi primer trabajo no estrictamente escolar y mi primera incursión en la investigación, una comunicación sobre los Sonetos del amor oscuro que luego se publicó como capítulo en el volumen de actas del congreso.
Lo que intento transmitir con estas anécdotas es que Andrés es un profesor que siempre te hace querer saber más, te impulsa a buscar y abre mil caminos a la curiosidad. Fue así en ese comienzo y en todas las ocasiones que hubo después, en la asignatura que me dio en el doctorado y cuando tuve la suerte de que me dirigiera la tesina y más tarde la tesis. Para la tesina me animó a estudiar a Nietzsche y a trabajar sobre la importancia de su filosofía en la poesía española de los años 20 y 30 (me impresionó mucho su artículo Me lastima el corazón: Federico García Lorca y Federico Nietzsche, que fue la base desde la que partí para mi trabajo). Ahí se me abrió un horizonte cuya importancia me resulta difícil explicar y en el que me animaba permanentemente a explorar, siempre desde una absoluta libertad. Lo mismo ocurrió en mi tesis, cuya idea también fue suya. De esos años conservo una montaña de fotocopias, subrayadas y anotadas, de sus trabajos sobre García Lorca, el 27 y la Vanguardia.
Con el tiempo, ese esquema se ha ido repitiendo: Andrés me sugería un tema que le parecía interesante, un título que podía aportar algo importante, un posible hilo del que tirar; yo iba ahí a mirar y se convertía en algo fundamental para mi trabajo y hasta para mi visión del mundo.
Para escribir estas líneas he buscado cuántos libros escritos o editados por Andrés tengo en casa: son más de una veintena, y eso que no los tengo todos aquí. Muchos están llenos de folios con notas, con frecuencia de comentarios que él me había señalado o con sus sugerencias. Y siempre tengo a mano Fábula de fuentes o su antología fundamental de las Vanguardias y el 27 (he perdido la cuenta de las veces he leído el prólogo).
Cuando llegué a París como investigadora postdoctoral, varios de los hispanistas más importantes de Francia me preguntaron por Andrés con admiración. Una de esas investigadoras me dijo que seguro que íbamos a trabajar muy bien juntas porque las dos teníamos a Andrés Soria como referente. Es algo que, de una forma u otra, siempre se ha repetido: al saber que venía de Granada, me han preguntado por él allá donde he ido y en los eventos académicos en los que he participado. Una vez, después de intervenir en un congreso, una profesora que estaba en la misma mesa que yo me dijo, tras hacerme un comentario elogioso sobre mi ponencia: “Se nota de quién eres”. No estaba segura en aquel momento de merecer esas palabras y sigo sin estarlo, pero reconozco que me sentí muy orgullosa.
Después, los años nos han traído mucho trabajo y muchos caminos en común, entre ellos un MOOC sobre García Lorca que ya lleva ocho ediciones y largos periodos de trabajo de gestión, que inevitablemente forma también parte de las labores universitarias. En definitiva, casi 30 años (me da vértigo escribir la cifra) con el privilegio de su amistad y su magisterio.
Estoy segura de que se sorprendería si supiera la cantidad de ideas suyas y de referencias sobre muy distintos temas (de Petrarca a la poesía actual, de la música a la historia del arte) que a lo largo de los años ha guardado mi memoria. Recuerdo también muchas conversaciones sobre libros que no tenían que ver con el trabajo sino con el gusto por la literatura: sobre qué estábamos leyendo en ese momento, sobre una novela o poeta que nos había impresionado. Al escribir estas líneas, me ha venido a la cabeza una charla por teléfono, durante el confinamiento, sobre La amiga estupenda de Elena Ferrante, que me había impactado y que él había leído en italiano. No sé muy bien cómo, acabamos hablando de Harry Potter: creo que ha sido la única vez en mi vida que he tenido la sensación de saber más que él sobre algo. De esas conversaciones siempre me ha llamado la atención cómo su curiosidad puede llegar a cualquier tema.
Sería muy complicado hacer un esquema rápido de sus virtudes como profesor e investigador, pero intentaré mencionar algunas: erudición rigurosa (y apabullante); conocimiento actualizado de la bibliografía, nunca entendida como un peso muerto sino como algo vivo que siempre ayuda a comprender el objeto de estudio, a saber necesariamente más; enorme cultura en sentido amplio; gran capacidad para establecer relaciones, también para ordenar ideas y datos; talante generoso y abierto a la hora de leer y situar los textos. No sé si se debe a que no he perdido del todo algunos reflejos de alumna o quizá simplemente a que la admiración a veces me abruma un poco, pero todavía me pongo nerviosa cuando tengo que dar una charla de trabajo delante de Andrés o cuando lee algo mío, a pesar de que somos, desde hace ya mucho tiempo, amigos y (perdónenme la presunción) compañeros. Su presencia constante ha sido el mayor privilegio de mi vida académica y uno de los grandes privilegios de mi vida en general. Con su jubilación se cierra una etapa en el departamento de Literatura Española y me atrevo a decir que una idea y un modelo de universidad. Gracias por todo lo aprendido y lo vivido, maestro.
La sensación era la del espectador que llega algo tarde. Aunque quizá valga más decir que llegamos en realidad en el momento justo, cuando todo aquello parecía deslizarse cronológicamente hacia el pasado al tiempo que sus efectos se espesaban como presente, como la atmósfera cultural en la que se habían ido tejiendo, en la que aún se tejían, nuestros propios afectos. El subsuelo sobre el que descansaban nuestros caminos era ya indisociable de los años en que una ciudad atravesada por el más laberíntico de los imaginarios —y por la más sorda de las brutalidades— se había abierto definitivamente a la modernidad. Y que lo hizo, además, proponiendo algo específico, identificable y que nos identificaba a ojos de los demás. Recuerdo haber asistido, en noviembre de 1997, a uno de los actos del ciclo Los martes de la Cuadra Dorada, que en la Casa de los Tiros organizaba José Antonio García Sánchez. Juan Carlos Rodríguez conferenciaba sobre Habitaciones separadas, el libro que en 1994 había dado el Premio Nacional de Literatura a Luis García Montero, quien lo acompañaba. Habló del cómo que, en los poemas, articulaba el cruce del espacio y el tiempo —el rincón y el año que combinó Huidobro—; de la mano que traza mediante la escritura un viaje que alarga el espacio que nos aprieta, que esboza el recorrido de un exilio donde, como en el poema emblemático sobre Jovellanos, se procura una libertad que no se tiene, que debe conquistarse. García Montero no pudo evitar, y así lo dijo, emocionarse durante el acto; y se definió públicamente como una persona de grupo (cada cual —añadió— que interprete lo que quiera).
Aquel poema, El insomnio de Jovellanos, era seguramente la condensación más precisa de lo que hace un par de años Andrés Soria Olmedo desarrolló como propio del optimista melancólico García Montero. Es decir, no abandonar la creencia en la historicidad de la literatura y de las emociones, pero sin desentenderse ni de las contradicciones generadas en la configuración verbal específica que es el poema, ni de las modulaciones del trato del yo con una esfera pública transformada. Era allí, en algún recoveco de esas modulaciones, donde debía subyacer la ciudad que el poema Defensa de aquella amistad no dejó, una vez más, de articular según un movimiento temporal:
Las ciudades se pliegan, se despliegan, suceden
y se abren nocturnas, como fotografías,
a través de los hechos, las desapariciones,
existiendo dos veces, temblorosas, verbales,
a la luz del pasado y a los pies de la vida.
Y por allí, por alguno de esos pliegues, debíamos transitar también nosotros, habitantes de la ciudad que se despliega a la luz del pasado y a los pies de la vida. Solo que los pies de la vida parecían haberse desplazado un tanto con respecto a lo sucedido dos o tres décadas antes. Nuestro mundo, al filo del cambio de siglo, era ya el de las becas erasmus, con su inevitable mezcla de banalidad y bendición, y era, también, el de la explosión de la videocultura. Muy pronto iba a ser el de internet. Era, en suma, el mundo de la espacialización del pensamiento que había diagnosticado Jameson. Y en él nos tocaba, a nosotros, intentar decir yo soy. Juan Carlos Rodríguez había escrito que la historia debía dejar de ser el discurso del no (frente al sí que, para Gadamer, la obra de arte nos impele siempre a pronunciar): había que decir sí a la historia, asumir la historicidad de las emociones para construirlas de otro modo —lo que equivale a construirse a sí mismo de otro modo— mediante artefactos culturales. Solo que para él no tenía mucho sentido preguntarse por el destino de la percepción en un mundo donde la circulación de imágenes en tiempo real parecía arrasar con las categorías fenomenológicas. Inevitablemente, la cosa no podía ser igual para un historiador del arte, aunque seguramente lo único bueno del libro que mal que bien logré pergeñar al respecto fue respetar su origen situado, asumir que lo importante era la incidencia de aquella circulación en nuestra experiencia efectiva. Andrés Soria Olmedo fue uno de los primeros lectores de aquel libro, y huelga decir que la cosa me sorprendió enormemente. Él era un formidable erudito, y no era lógico que perdiera su tiempo con algo definitivamente menor. Claro que entonces yo no sabía lo que, sin embargo, era vox populi en Granada: que Andrés había sido uno de los primeros lectores de casi todo. Y que la primera piedra del edificio intelectual a cuya construcción él ha consagrado sus días ha sido siempre la palabra lectura.
En Defensa de aquella amistad, justo después de los versos citados, la figura que aparece es precisamente la de Andrés: No sé qué más. El tiempo de los días siguientes,/como Andrés, se hizo largo en una biblioteca. De nuevo hay aquí un como, de nuevo otra articulación del tiempo y el espacio, del rincón y del año. El tiempo que se alarga en el espesor acumulado en las bibliotecas es el tempo de Andrés. Uno podría imaginarlo entre los papeles, la música, los objetos de su escritorio y su habitación, alojados en ella, por decirlo a lo Bachelard, tanto recuerdos como olvidos. Si no fuera porque, para él, todas las bibliotecas del mundo son de algún modo su cuarto. El año que viene o me vengo aquí o me tiro por el cubo de la Alhambra, había escrito Lorca a sus padres en la primavera de 1919, desde Madrid. Lo citaba Andrés en el catálogo de Una habitación propia, la exposición con la que quiso homenajear a la Residencia de Estudiantes, y que tiene como hilo conductor el deseo de Lorca de disponer de ese cuarto tan agradable que tengo muchas ganas de escribir y estudiar solo con estar en él, y en el que llegó a recibir la visita de medio Madrid, aunque para ello fuese transformado en una cabaña en el desierto o en una balsa de naufragio, desde cuyas ventanas él y Dalí gritaban pidiendo auxilio. Andrés no se fue a Madrid (por más que, temporalmente, haya enseñado en Nueva York, en Boston, en Venecia), ni tuvo, menos mal, la ocurrencia de tirarse desde la torre de la Alhambra. Andrés, por el contrario, cultivó ese tiempo largo de su cuarto en Granada, y ha conseguido que le acompañe, como su ritmo propio, a todas partes.
En los años noventa hubo mucha actividad en torno a las vanguardias españolas, y uno, investigador primerizo, hizo acopio de lo que pudo: catálogos de exposiciones; facsímiles de revistas; el impresionante Diccionario de Bonet. Sabía, no obstante, que ya en 1981 se había defendido en Granada una importante tesis doctoral sobre el tema, que leí en la edición de Istmo de 1988, donde Andrés recorría la vida de las revistas literarias de las vanguardias asumiendo la ambigüedad de estas, el nudo que la conciencia de la propia historicidad formaba con la entrada al mercado. Pero solo fue aquel libro mío tan poco ortodoxo el que me dio acceso a lo que yo hubiera deseado obtener por vías más apropiadas: a la apabullante erudición y, supongo que puedo decirlo, a la amistad de Andrés. Desde entonces, mi trato con él ha sido a todas luces injusto, pues son muchas las veces en que, ante la perspectiva de escribir sobre Picasso, Ortega o, por supuesto, Lorca, le he pedido consejo —las veces que, sin pedirlas, he recibido sugerencias provechosas son ya difícilmente cuantificables—. Pero su generosidad lo ha puesto fácil. Su generosidad y, por qué no decirlo, su interés, tan lorquiano, por el arte más allá del lenguaje verbal, bien compaginado con aquello que Jorge Guillén, con cuya expresión lenguaje de poema Andrés ha titulado su último libro, defendía frente al uso del indefinible término poesía: Digamos “poema” como diríamos “cuadro”, “estatua”. Todos ellos poseen una cualidad que comienza por tranquilizarnos: son objetos, y objetos que están aquí y ahora, ante nuestras manos, nuestros oídos, nuestros ojos.
Seguramente, lo primero que se fijó en mi memoria de aquel libro de Andrés sobre las vanguardias fue el poema de Moreno Villa con que se abría: Jacinta; Picasso; los dineros por arte. Hoy le leo que también en Moreno Villa está el ritornello del cuarto: de la casa malagueña a la Residencia de Estudiantes y, sobre todo, al cuarto plural que imagina, en el barco que le traía de vuelta en 1927, como el que marca el pulso de un país culturalmente entusiasta. «En realidad, nadie se da cuenta de lo que pudo influir en los otros», escribió, a propósito de su relación con los más jóvenes de la Residencia, en Vida en Claro. Ignoro hasta qué punto Andrés es consciente de su influencia en tantos de nosotros. Aunque, en el fondo, tanto da. Lo único esperable es que siga añadiendo espesor a esa habitación propia que tantas veces se alarga hasta acogernos.
La memoria es una criatura ingobernable. A lo largo de mi vida, he tratado de olvidar en vano y con espíritu zoquete ciertos momentos, ilusiones, personas, igual que traté de recordar muchos otros que se esfumaron para siempre (aunque, ¿si no los recuerdo, cómo sé que se esfumaron?). Queda una sombra, un resto vivo, pero a menudo es difícil saber cómo te enseñaron lo que te enseñaron. Si las primeras clases de Historia en Bachillerato valieron realmente la pena. En qué consistieron los seminarios de aquella celebérrima profesora universitaria. Y, sin embargo, de la niebla ingrata de las horas pasadas frente al pupitre siempre emergen tres o cuatro docentes cuya enseñanza trasciende sus materias porque sigue trabajando dentro ti. De todo ello, queda además una potencia que empuja, una obligación íntima y autoimpuesta, un destino ávido que hace unos años disfracé de propósito en un poema que termina así: “Buscarle el saber a quien se arrime y a quienes hace mucho que se fueron. Ser el maldito lobo del estudio feroz, dentro del hospital y de la cama, / después de cada cementerio. Encontrar delicioso el problema de estudiar y, en el mismo pupitre, sufrirlo / mientras persigues un hedonismo abstracto (¡y concreto, concreto!) de lo que se comparte, un mendrugo de amor, una ética”.
Todo lo que yo sé sobre vanguardia y Generación del 27 me lo enseñó Andrés Soria Olmedo. Desde aquellas clases que me impartiera hace ahora casi un cuarto de siglo, ha sido incalculable lo que se ha escrito y bastante lo que yo misma he leído sobre el tema. Y, sin embargo, todo llega a mí como si fuera un aderezo. Si entra en conflicto con lo que él me enseñó, me fastidia. Y tengo que hacer un enorme esfuerzo para no obedecer a mi instinto y descartarlo con displicencia. Hay gente que hace de su erudición un mundo. Y deja todo lo que no sea ese mundo flotando en un aire de irrealidad. Lo que ha escrito y enseñado Andrés siempre parece más cierto. Ya trate sobre lo fable o sobre lo inefable. Sobre la poesía de la literatura o la literatura de la poesía.
Si él hiciera la cuenta de las horas que ha pasado frente a un libro, seguro que serían varias décadas: un tiempo ganado. Cuando he conversado con él, siempre he sentido que estaba en otro sitio, en ese otro tiempo. Y que hablaba como si le resultase inconcebible que su interlocutor no estuviera con él, exactamente allí dentro. Sus palabras acostumbran a viajar ensimismadas desde esa dimensión andresoriana de la existencia, se tensan, vibran, se doblan atravesando la frontera de varios espacio-tiempos (¿corregiría él esta concordancia?) hasta que aterrizan en tu asombro. Hay hombres que saben poco y se empeñan en explicarte lo poco que tú sabes. Hable de lo que hable, Andrés siempre piensa que lo estás entendiendo. Da por supuesto su caudal de lecturas, sus guiños, sus referencias. Busca tu complicidad ironizando sobre las cosas que sabes y sobre las que no. Sus sobreentendidos son generosos porque, aunque conoce la humanísima ignorancia, conversando parece incapaz de considerarla. Cuando mi hijo de tres años está a gusto con alguien, siempre le propone correr a su lado. No hacer una carrera ni cronometrarse, sino tan sólo, como dice el DRAE: “Andar rápidamente y con tanto impulso que, entre un paso y el siguiente, los pies quedan por un momento en el aire”. ¿Corremos? Yo a Andrés siempre le escucho a su niño diciendo: ¿Leemos? Y una quisiera leer con él.
Entre las muchas cosas que echo de menos en la universidad española está que, dentro de sus malabarismos presupuestarios, contemple una prioridad inusitada: la creación de un centro para el profesorado que, después de jubilarse, quiera continuar enseñando, investigando, poniendo en marcha proyectos que alienten a la universidad, ofreciendo al resto de la comunidad académica el patrimonio de su creatividad, sus capacidades y conocimiento. Un espacio al que podamos acudir buscando guía y entusiasmo intelectual. Que reconozca y siga acogiendo la entrega vital a una disciplina. Eso que en el mundo anglosajón llaman clubs o sociedades del profesorado senior, y que yo no me he topado nunca en España. Si hay en nuestra tradición algo semejante, lo desconozco. Tengo que preguntárselo a Andrés Soria Olmedo. Yo quiero que haya un lugar en nuestras facultades donde, al pasar, se sienta el hierro magnético de la dimensión andresoriana de la existencia, un lugar en el que asomen la cabeza el profesorado por venir y sus estudiantes, para que alguien a su lado sonría, tome impulso y, con los pies un momento en el aire, les pregunte: ¿Leemos?
Hace muchos años ya de mi primer encuentro con Andrés Soria Olmedo.
Si no recuerdo mal, debió de ser en el curso 96/97, cuando me dio clases en mi último año de Filología Hispánica, en la Universidad de Granada. Impartía la asignatura de Literatura española contemporánea y, además de su conocimiento de esa producción específica, lo que se me ha quedado fijado de aquellas sesiones son los momentos en los que Andrés transitaba, inevitablemente, hacia otros campos teóricos: la mirada tan compleja sobre la noción de modernidad que nos proponía; la implicación de lo literario con cuestiones filosóficas (por ejemplo, el acercamiento tan fértil que nos propuso a la teoría de Paul Ricoeur y sus filósofos de la sospecha); las vinculaciones con otras artes, especialmente la pictórica y musical… Era evidente que Andrés sabía tanto y lo sabía con tanta pasión que le costaba mantenerse en una noción estricta de temario o guía docente.
Tengo grabada en mi memoria una anécdota muy particular. Hubo un día en el que, mientras estábamos en el aula y Andrés explicaba no recuerdo qué tema, empezó a nevar. A través de los ventanales, se veía cómo caía esa especie de algodón, formando, poco a poco, un manto blanquísimo sobre el suelo y en las ramas de los árboles. Él entonces nos habló de Gastón Bachelard y de su poética del espacio. Nos dijo que hay personas que, ante la visión de la nieve, sienten el deseo irreprimible de tocarla. Finalmente, propuso que, quienes quisiésemos, aprovecháramos la ocasión para salir a experimentar esa vivencia. Algunos de mis compañeros y yo misma aceptamos la invitación y durante unos minutos disfrutamos esa percepción sublime del entorno que nos rodeaba.
Sé que, en aquel momento, me sorprendió la actitud de Andrés, porque no era un docente que acostumbrara a saltarse las normas. Lo recuerdo como un profesor muy educado y algo tímido, que, a veces, se quedaba abstraído en mitad de una reflexión, como navegando en su propio mundo interior. Gracias a aquella situación inédita, descubrí una faceta suya más sensible y soñadora. Me pregunto ahora si no le hubiera gustado también a él levantarse de su asiento y venirse afuera, para poder sentir los copos helados sobre su rostro, dejándose llevar por la ingenuidad y el entusiasmo de un niño grande.
Después de aquel curso, ya establecí con Andrés una relación profesional, en el Departamento de Literatura Española; allí desarrollé mi periodo como becaria pre y postdoctoral y, tras pasar seis años en la Universidad de Jaén, me reincorporé en 2009, como profesora contratada. Durante la mayor parte del tiempo que he estado vinculada a dicho Departamento, Andrés ha ejercido como director, teniendo a su lado, como secretarias, primero a Remedios Morales y más tarde a Encarnación Alonso. Solo algunos años intermedios desempeñó dicho cargo Álvaro Salvador, que contó con Vicente Sabido y después conmigo misma para gestionar la Secretaría.
A lo largo de todo este tiempo, en nuestro Departamento hemos vivido situaciones bastante complejas y he podido ver a Andrés lidiar en un entorno no siempre amable. En esas circunstancias, de las que era muy difícil salir del todo indemne, valoro, sobre todo, su sentido de la responsabilidad y la capacidad de trabajo que siempre demostró: durante muchos cursos lectivos se prestó a acoger más carga docente de la que le correspondía, con tal de beneficiar al colectivo (a pesar de que él era el catedrático más antiguo y hubiera podido hacer prevalecer ese rango frente al resto).
Por otra parte, me siento identificada con la visión que tiene Andrés sobre la deriva, cada vez más asfixiante y competitiva (en el peor sentido de la palabra), que ha ido tomando la carrera universitaria. He colaborado con él en la selección de personal para varias plazas y siempre sentíamos el mismo desconcierto y la misma impotencia al tener que aplicar un baremo que, en buena parte, valora los currículums de forma cuantitativa, en lugar de aplicar criterios reales de calidad. En esas ocasiones, durante las largas horas que pasábamos ante el ordenador en mi despacho, nos salvaba el humor: esa fina y punzante ironía tan suya, que he ido aprendiendo a captar, leyéndole entre líneas.
Estoy segura de que, para Andrés, esta profesión que compartimos se basa, sobre todo, en un afán constante por ampliar el propio conocimiento, lo cual no siempre casa bien con la necesidad de cuadrar criterios evaluables por la ANECA o de atender a los índices de impacto. Y esa pasión por aprender se irradia, busca ser compartida. Por eso, un día, por ejemplo, cuando te lo encuentras por el pasillo, Andrés te puede recitar unos versos en inglés o en italiano; o te envía por email un artículo relacionado con una conversación que tuviste con él semanas atrás; y, si pasas por su despacho, es habitual que lo encuentres escuchando algún álbum de música contemporánea, sobre el que es capaz de darte una lección magistral; o si coincidís en un acto cultural, tal vez te recomiende una exposición o una mesa redonda que sabe, a ciencia cierta, que te va a interesar…
Andrés se jubila ahora de sus tareas docentes. En nuestro Departamento, todavía tendremos la oportunidad de disfrutarle algunos años como profesor emérito. Pero poco a poco irá dejando las aulas.
Estoy segura, en cambio, de que nunca abandonará su curiosidad intelectual.
Porque es, sencillamente, su forma de habitar este mundo.
Este texto lo leí, con mínimas variaciones, en mi presentación el 17/10/2024 del ciclo Vidas maestras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada. Ese día estuvo consagrado a Andrés Soria Olmedo.
Buenos días, casi buenas tardes,
Asistimos hoy a una nueva edición del ciclo Vidas maestras, consagrado en esta ocasión a Andrés Soria Olmedo, un muy querido referente de esta facultad. Quiero disculpar a nuestra decana Ana Gallego, a quien le hubiera encantado estar presente, pero que no ha podido debido a un viaje inaplazable.
Vidas maestras es uno de nuestros ciclos más importantes. En él homenajeamos a los maestros y maestras de nuestro centro en un momento especialmente sensible, la última etapa de su carrera académica. Lo hacemos mediante la realización de una entrevista coordinada por profesores y profesoras del Departamento donde imparta o haya impartido regularmente sus clases.
Me toca introducir este acto y ceder la palabra a nuestras apreciadas compañeras, profesoras del departamento de Literatura Española, Amelina Correa Ramón y Encarna Alonso Valero. Pero antes quería señalar algo.
No he sido alumno de Andrés Soria Olmedo pero sí amigo, muy amigo, de algún alumno y sobre todo de una alumna. Las virtudes intelectuales de Andrés son de sobra conocidas y caen por su propio peso. Quería sin embargo subrayar que las virtudes intelectuales no flotan sin soportes, sino que se entrelazan con virtudes humanas. Sin estas prácticas cotidianas, una suerte de pequeñas inflexiones de la humanidad de alguien, resulta muy difícil que afloren determinadas cualidades teóricas. De hecho, creo que no podemos separar virtudes humanas e intelectuales, sino que se encuentran enmarañadas. Hablo de dos tipos de virtudes distintas, pero solo porque con ese referente es más fácil entenderse.
Me explico mediante un pequeño rodeo. Cuando escribía esta breve presentación, y pensando en lo que yo sé de Andrés Soria Olmedo, me acordé de uno de mis héroes favoritos de mi infancia: Áyax . Áyax es un héroe muy particular cuya personalidad funciona a menudo como puntal de las empresas de otros. Áyax interviene para que los otros hagan cosas o se salven de alguna acometida enemiga. Por ejemplo, Áyax pone el escudo y los demás disparan flechas. Áyax guarece y, nos explica Homero, parece una leona vigilando a sus cachorros. La parte que más disfrutaba es una en la que Menelao, intentando salvar el cadáver de Patroclo y, con más miedo que ánimo ante la furia de Héctor, apunta: Si en la refriega oyera yo al bravo Áyax, volveríamos ambos al combate aunque fuera en contra de un Dios.
Áyax hace fuertes a otros, Áyax los protege cuando se enfrentan a enemigos temibles y Áyax refuerza cuando marcha al costado de alguien, le otorga aplomo. Los individuos, con Ayax, se coaligan con un semejante que los vigoriza, defiende, potencia, tranquiliza.
Así es una vida maestra: convierte a otros en maestros, les echa un ojo de cuando en cuando para que no se pierdan en algún camino baldío; un maestro es alguien cuya presencia instituye, espolea, confirma. Así es el maestro que me han pintado mis amigos y amigas.
La diferencia era sentarse en aquel aula que olía a tinta y a tabaco, sabiendo que la hora siguiente no habría sido prevista por el índice ni los manuales. Que la literatura se presentaría abierta más allá de cualquier esquema preestablecido. Como si cada cueva fuese perdiendo oscuridad y el grosor de la pared. Y las incontables bocas de la montaña universal se acabasen fundiendo en una sola.
Aquel hombre grande las iba juntando desde su mesa con el balbuceo del mago que va ritmando los descubrimientos y el asombro. Pues era un habla que pensaba y que desmarañaba las zarzas apretadas de las construcciones críticas, y nos llevaba al claro del bosque desde donde volver a entender las conexiones entre tantos libros escritos en idiomas y países lejanos, pero que pertenecían al mismo universo poético o del pensar.
La consecuencia de valor incalculable era derribar cualquier muro interpuesto entre la literatura universal y el lector, pues el trabajo de Andrés Soria Olmedo era el de un cíclope que atraía hacia sí los cinco continentes y, aún más poderoso aún, los tiempos desgajados de la Historia. Él los reunía convocados desde las telarañas de otras lecturas y pensamientos, inéditos para los oídos del estudiante, y los ponía a hablar entre sí, juntando las piezas de un nuevo puzzle del entendimiento con poemas, novelas y ensayos escritos en cualquier parte y época del mundo.
Él, que en estos años ha sabido adentrarnos en los textos y en la biografía de Federico García Lorca con una mezcla casi imposible de asepsia y profundidad, leyó generoso mis primeras publicaciones. Yo supe que cualquier gesto suyo alrededor de un poema o de una novela era una contestación que contenía varias dimensiones no necesariamente expresas: la aquiescencia de tantos otros libros ocultos en Andrés Soria Olmedo pero también el sentido de una literatura para el presente.
Profundidad y asepsia. Mesura es una palabra más hermosa pero menos exacta. Porque el trabajo puede ser intenso y el alcance desmesurado, y la asepsia sigue vigente en el afán de precisión. Pues la de Andrés Soria Olmedo se trata de una precisión aventurera, como la del minero que quiere extraer de la montaña el oro existente, todo el oro, pero a condición de no inventar el que no existe. No propiciar el mínimo engaño. No crear niebla sino despejarla. Una suerte de equilibrio entre el entusiasmo y la necesidad de justicia, que se percibe en los títulos de sus libros: Fábula de fuentes, Disciplina y pasión de lo soñado, Lenguaje de poema…
Hay en todo ello una secreta alegría. La del saber traer lo que existe del lugar invisible para los ojos distraídos, obturados o no esforzados. Y algo hermosamente humano: una enorme delicadeza que respeta el fondo al mismo tiempo que lo descubre. Así ha sido desde que fui su alumno en la Universidad de Granada. Y solo puedo agradecérselo en estas breves palabras, pues sin él yo habría visto la literatura de otra forma: quizá encerrada en infinitos cofres independientes, que solo se podían entender uno por uno, ya fuese en la libertad de su aroma, o en la cárcel de una clasificación solitaria. He tenido la fortuna de vivirlo también en los libros que Andrés me ha presentado. Yo mismo entendí mejor lo que había escondido dentro de la cueva, cuando Andrés Soria Olmedo abrió de nuevo la montaña.
A Juan Manuel, maestro de la duda.
La ciudad prometida que se llamaba noche
tuvo dos argumentos para buscar la luz.
Cuando Javier venía escondido en su risa,
la inocencia y el fuego arañaban las copas.
Antonio trajo entonces un sol para noctámbulos.
En aquellos inviernos de nubes escolásticas,
los reunidos pactaban las lluvias de verano.
Juan Carlos, el teórico, descubría dos versos
en los malos poemas y en las buenas canciones.
Mariano conspiraba a favor de la ópera.
En aquella ciudad, en aquella insolente
ciudad de la alegría recién inaugurada,
Álvaro deshojó los ritos del futuro
y la palabra hoy, Juan tenía en sus ojos
el olor a pintura que necesita un sueño.
Las ciudades se pliegan, se despliegan, suceden
y se abren nocturnas, como fotografías,
a través de los hechos, las desapariciones,
existiendo dos veces, temblorosas, verbales,
a la luz del pasado y a los pies de la vida.
No sé qué más. El tiempo de los días siguientes,
como Andrés, se hizo largo en una biblioteca.
Siempre fue de mal gusto cerrar antes de hora.
Ciudad de los olvidos, la fábrica del Sur,
conmigo vas, mi corazón te lleva.
Para Andrés, por lo que él sabe
Estás ahí.
De tu mejilla escapa
un sudor frío.
Has visto
el inocente tacto de la muerte
y sabes
que el destino no existe.
La belleza
tan sólo una ocasión entre la bruma
pudo ser.
Descansa, pues
la vida
ha de volver
con amoroso juego
a reclamar su parte de la historia.