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Significación actual de La otra sentimentalidad y de Javier Egea

Miguel Ángel García·
Significación actual de La otra sentimentalidad y de Javier Egea

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No parece, a pesar de todo, que Javier Egea se deshiciera completamente del mito Poesía, que dejara alguna vez de creer en él. Pura, impura o ninguna de las dos cosas; privada, pública/comprometida o ninguna de las dos cosas; narrativa, irracionalista o ninguna de las dos cosas: la poesía era la poesía y era intocable, porque a la vez era lo único que le permitía decir «yo soy poeta», que en su caso equivalía a decir, quizás de manera mucho más dramática que en otros casos, «yo soy». Tampoco parece que La otra sentimentalidad revolucionara la escritura hasta construir el discurso materialista por el que abogaban los planteamientos teóricos marxistas de los que presuntamente partía. Pero, ¿se supone que debía hacerlo? De lo que no cabe duda es de que Javier Egea estuvo por momentos muy cerca. No se trata de señalar ningún presunto fracaso en el trasvase de esos dos niveles ficticios que son la teoría y la práctica. Realmente no tenemos, por aquí y por allá, sino atisbos de una verdadera escritura poética materialista. A fin de cuentas, Juan Carlos Rodríguez apuntó en su momento que el mismo Althusser acabó desperdiciando con su ahistoricidad y con su filosofismo (no solo existe el mito Poesía, también el mito Filosofía) el prodigioso hallazgo teórico de la coupure, no de la ruptura epistemológica, concepto que tomó prestado de Bachelard, sino de la ruptura a todos los niveles que trajo Marx con el materialismo histórico y su pensamiento en contra de la explotación. Para no llamarnos a engaño y pedir peras al olmo o buscar cosas donde no debemos buscarlas, yo creo que a la hora de hablar de La otra sentimentalidad habría que distinguir más bien tres continentes, aunque no podamos pensarlos desde luego como autónomos y todos estén flotando en una misma placa tectónica. Tres continentes distintos, con su propio nombre y conectados por istmos: la teoría marxista fuerte de Juan Carlos Rodríguez, sea sobre la literatura en general, sea sobre la poesía y estos poetas granadinos en particular; la teoría poética de Álvaro Salvador y Luis García Montero (fuera de una serie de declaraciones sobre cómo entendía la poesía, Egea no teorizó o no lo hizo ni mucho menos con la misma intensidad que sus dos compañeros); y la práctica poética concreta, los libros y los poemas de estos tres autores. No ignoro que la división entre teoría y práctica, como ya he avanzado, solo es real para la ideología burguesa. Pero me parece que, si nos preguntamos por la significación actual de La otra sentimentalidad y de Javier Egea, no podemos obviar que aquella magnífica poesía, hoy todavía tan distinta a cualquier otra, solo pudo nacer alumbrada por una previa revolución teórica, la del marxismo del profesor Rodríguez.

Mucho más que otras corrientes, La otra sentimentalidad se vio empujada a combinar desde el inicio práctica poética y práctica teórica. Hablar de la poesía y de la teoría literaria —o de la teoría en general— como «prácticas» es marcar los términos en un sentido muy determinado, en el sentido en que Althusser, uno de los referentes básicos de este movimiento granadino, pero siempre a partir de la figura tutelar de Juan Carlos Rodríguez, pensó la filosofía como teoría de la práctica teórica o, sin duda de forma mucho más decisiva, como lucha de clases en la teoría, en el nivel ideológico. Los jóvenes poetas y universitarios Álvaro Salvador y Luis García Montero trataban de teorizar sobre «una sentimentalidad otra» —el galicismo sintáctico tenía importancia para su maestro Rodríguez— en el célebre manifiesto conjunto de 1983, aunque ya habían adelantado sus respectivas posiciones en la prensa. Menos académico, más puro poeta, que no poeta puro, Javier Egea también intentaba manifestarse con una «Poética» que incidía en la noción de complicidad —cuatro años después vendría un título como Diario cómplice, de García Montero— invirtiendo precisamente al Juan Ramón Jiménez del conocido poema «Vino, primero, pura». En este caso, la poesía vino para los jóvenes granadinos primero «frívola» (¿los novísimos, la resaca esteticista y culturalista?) y, antes de visitarles con extraños abrigos y de que se desnudase y le sonrieran, quisieron su cuerpo sobre las escombreras para que «también manchase» su ropa en la tardanza de luz y libertad.

Manchar la ropa o el traje de la poesía, como pedía Neruda en su no menos célebre manifiesto de 1935, quizás no era la imagen más apropiada porque se trataba, al menos en el plano de la práctica teórica y como ya he dicho, de dejar atrás las viejas dicotomías de la ideología burguesa pureza/impureza, belleza/compromiso o poesía/historia, así como sus correlativas privado/público y sentimiento/razón. Tampoco era muy acertada la idea de llevar la poesía «por las calles», aunque la imagen entroncase directamente con la que emplearon en algún momento Alberti, Otero o Ángel González y aunque todo esto supusiera en efecto, como escribe Egea en este poema extraordinario, en cualquier caso impecable desde el punto de vista de la práctica poética, una «tierna venganza» contra la ideología literaria dominante, que sitúa la poesía en el ámbito de lo trascendental, de lo puro y lo privado.

No era simplemente cuestión de manchar la poesía o de volverla impura, haciendo que bajase a la calle. Eso ya se había intentado y no había supuesto romper con las reglas de juego trazadas por la ideología burguesa o pequeñoburguesa de lo poético y sus mencionadas dicotomías, con la «mitología tradicional del género» a la que se refería en su manifiesto de 1983 García Montero. Sobre todo era cuestión, al menos para la poética personal de Juan Carlos Rodríguez, la que años más tarde sistematizaría en un libro indispensable sobre La otra sentimentalidad, Dichos y escritos (1999), de pensar las cosas de otro modo, de llevarlas a otro terreno, siempre sin negar ni esconder «la palabra maldita: el marxismo». Un marxismo ante todo althusseriano —si bien con ciertas aperturas al psicoanálisis, al freudiano más que al lacaniano— que impulsaba a teorizar la necesidad de escribir arrancando no ya de lo colectivo —se estaba lejos de cualquier asomo de realismo socialista, esa consigna en materia estética del estalinismo, tan detestado como el capitalismo— sino de la propia subjetividad, pero no concibiéndola como un principio absoluto sino poniéndola en duda por estar «construida y podrida» por el inconsciente ideológico —y aquí asoma la articulación de Marx y Freud— derivado de las relaciones sociales capitalistas, las cuales a su vez derivan de unas relaciones de producción y de explotación históricamente muy concretas.

El manifiesto de García Montero dialogaba con los planteamientos teóricos del profesor Rodríguez sobre la subjetividad burguesa, sobre la lógica del sujeto libre como fundamento de la literatura tal y como la entendemos hoy. Estos planteamientos le habían llevado en un libro seminal, Teoría e historia de la producción ideológica (1974), a postular que la literatura no ha existido siempre, esto es, a hacer hincapié en la radical historicidad de la literatura y a definirla como un discurso ideológico. En concreto, García Montero corregía al Bécquer de «Poesía eres tú» objetando que para la ideología literaria hegemónica «Poesía soy yo» (la poesía como «expresión literal de las esencias más ocultas del sujeto») y alertaba de cómo el «yo sensible, cimiento de la moral burguesa», se sirve de la poesía para reproducirse. Más abiertamente, la práctica teórica fuerte de Rodríguez subrayaba que la ideología burguesa nos interpela y construye históricamente como sujetos libres para así explotarnos. Si la poesía logra olvidar el fantasma de los sentimientos propios, argumentaba García Montero, puede convertirse en un instrumento objetivo para analizarlos y para «construir una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios, exterior a la disciplina burguesa de la vida».

Por su parte, Álvaro Salvador se apoyaba en el Mairena machadiano con objeto de postular que los sentimientos son algo históricamente fechado, el producto de un determinado horizonte ideológico. Para poder hablar de otra sentimentalidad, añadía, no solo había que entender la vida y sus relaciones de otra manera, sino vivirlas también de otra manera. Juan Carlos Rodríguez había enseñado a estos jóvenes que la poesía podía y aun debía ser una forma de vida, otra forma de vida, pero de vida cotidiana, al margen de cualquier vitalismo poético maldito, bohemio o esteticista del pasado. No obstante, al situarse precisamente en la otra orilla del marxismo, al propugnar una «escritura ideológica e inmanente o materialista», no solo discutía los conceptos kantianos de nueva u otra «sensibilidad», que podían llevar a la confusión y a echarlo todo a perder, sino también el machadiano de «nueva sentimentalidad», por mucho que Mairena acariciase la historicidad de los sentimientos, la construcción histórica de la intimidad, cuando los definía como resonancias cordiales de los valores en boga y sostenía que cambian en el curso de la historia y aun durante la vida individual del Hombre. Machado es el primer nombre básico de la tradición que se inventan, que forjan para uso propio, estos poetas granadinos, como ha estudiado otro alumno mío, Félix Martín Gijón, en La intimidad de los espejos. Lecturas de La otra sentimentalidad (2021), un trabajo muy serio que a partir de ahora habrá que tomar en cuenta. 

La radical historicidad de la literatura y la literatura como discurso o producción ideológica son, al fin al cabo, los dos presupuestos teóricos de los que habría que partir para entender hasta sus últimas implicaciones el título de ese manifiesto y antología fundacional, La otra sentimentalidad; un concepto, este de otra sentimentalidad, presente en los títulos de los manifiestos individuales de Luis García Montero, primero, y Álvaro Salvador, después, aunque Juan Carlos Rodríguez juzgase con el tiempo que ya en ese libro de 1983 había comenzado a desvanecerse el movimiento en su sentido originario. Quizás, por encima de las fecundas confluencias, su práctica teórica fuerte fue por un lado y la práctica poética, incluso la práctica teórica de los poetas, fue por otro. Tres continentes que hoy nos siguen fascinando.