Granada, ciudad de la poesía

Por pasos·Leer seguido

Las ventanas iluminadas
Se abren y se cierran las estrellas,
y la calle está sola.
Torpe luna menguante, en su hueca ignorancia,
sin vida ya su llama,
no sabe de nosotros
y en las pupilas deja,
pálido, aquel recuerdo
de otras noches iguales, separadas,
distantes del ahora por un rastro del tiempo,
por sigilo de años
que atraviesan, sagaces,
el corazón
con sinuosa y enconada herida.
Hay una luz. Enfrente.
La ventana defiende, iluminada, del que vela, la incógnita.
Alguien no duerme. Un libro lee. Piensa,
o desnuda su alma entre la noche,
o sufre y alimenta su dolor,
oculto,
arrinconado entre las horas
en que un sol indiscreto anularía, exigente,
borraría sus matices.
Ventanas en la noche. Iluminados mundos.
Abiertos aposentos, donde habitan esos desconocidos
pensamientos ardientes,
ilusiones que encienden su luz de espera
roja,
cuando las sombras únicas,
protegen su verdad, su desvarío.
Por todas las ventanas y balcones del mundo,
habitantes de todos los confines,
de todos los misterios,
huéspedes convergentes de tantas soledades,
de una ventana a otra,
de un enigma a otro enigma,
vuestras manos se unen
—nuestras manos se estrechan—,
amistades sin tacto,
presentidos ausentes.
No lo saben. Ignoran su lejana presencia,
pero algo inusitado se diluye en el aire,
se perfila en la sombra;
reciben, casi sienten
impalpable el mensaje
que lleva fiel noticia de un corazón a otro,
de unas manos a otras,
de esta ciudad hasta aquélla,
de una ventana iluminada a otra.
Si se escucha en la noche, dentro de su silencio,
si se atiende,
penetran,
se aproximan,
llegan a nuestro oído,
hasta dentro del pecho,
palabras,
signos,
voces,
secretos,
nombres,
sueños,
pensamientos, recuerdos,
sollozos
aquel grito.
Y otras voces:
las dudas,
inquietudes,
temores;
alegrías,
anhelos,
ausencias,
la tristeza…
Todo viene impulsado,
cruzando los espacios del silencio,
de una ventana a otra iluminada,
desvelada en la noche.
(De Durante este tiempo, 1972)