Vida Jazz

La muestra titulada Carteles de Juan Vida. 1982-2024 abarca cuatro décadas de trayectoria como cartelista de Juan Vida en el Festival de Jazz de Granada (y Festival de la Costa). Se han expuesto desde los collages de los primeros años ochenta, hasta los expresivos rostros de la serie del siglo XXI. Diseño y pintura, que es historia cultural de Granada, se unieron en una exposición en la Casa de los Tiros de Granada. Acompañaba a la misma un relato de Arturo Cid «Black & Blue», que retoma la historia de aquel otro escrito por Antonio Muñoz Molina en los años 80, «Te golpearé sin cólera», que figura en nuestro archivo, pues fue escrito para el catálogo de la exposición que celebró Juan Vida en el Centro Manuel de Falla en la primavera de 1983 y posteriormente editado con ilustraciones del propio pintor en Olvidos de Granada.
Cuando, cuarenta años después de todo aquello, sonó el teléfono, yo mismo había olvidado que alguna vez fui detective. Mi último trabajo —al que para entendernos llamaremos «el caso Zoltan»— me había reportado el dinero suficiente como para despedirme de una vez por todas de mi gabardina y mi revólver y de ciertos cadáveres por los que nadie preguntó. Con el tiempo, conseguí liberarme además de la obsesión por aquellos colores cuyo turbador influjo me empujó a vivir durante unos años en Santiago de Cuba: las pinceladas —salvajes, desaforadas, vibrantes— que por aquel entonces salían del alma inquieta de Juan Vida. Como las del cuadro desde el que una mujer de color rosa me esperaba, o eso quería creer, tendida sobre una cama de sábanas amarillas en un apartamento que nunca visité. Muchas veces pensé en que encontraría a esa mujer o que ella me encontraría a mí o que, al menos, la hallaría en alguna de las mujeres con las que compartí otras camas y otras sábanas de otros colores. Pero ella, comprendí, solo habitaba en los sueños. Después de este descubrimiento, además de la fijación por la mujer del cuadro, se me fueron cayendo, como los pétalos de una flor mustia, las creencias de que el burbon es una bebida chic y de que el jazz hay que escucharlo en infectos locales llenos de humo, y perdí la costumbre de sacar a relucir los nombres de mis autores favoritos a la primera ocasión y el gusto ingenuo por los artistas autodestructivos… En fin, me liberé de esa costra de maquillaje con la que queremos hacernos interesantes cuando somos jóvenes y a la que —si tiene uno esa suerte— la vida, siempre tan terca, va arrancándole capas. En esa resignación de haber dicho adiós a casi todo, en esa paz que ha sido vedada a los vencedores me encontraba, cuarenta años después de aquello, cuando mi teléfono avisó de la entrada de un mensaje:
Necesito su ayuda. Se lo explicaré todo personalmente. No importa el dinero.
Y una dirección. Había escuchado muchas veces esas palabras. Normalmente auguraban una tragedia o una estafa. No sé si fue la curiosidad por saber cuál de las dos opciones era la correcta o el simple aburrimiento lo que me llevó a levantarme trabajosamente del sillón emitiendo un leve quejido de hombre provecto. Y, después de comprobar que mi vieja gabardina había sido pasto de las polillas, me encaminé —en autobús urbano, como corresponde a un jubilado— hacia la dirección que aparecía en el mensaje.
Me abrió la puerta una mujer de mediana edad con el rímel corrido y cara de sueño que me condujo hasta un estudio, me pidió que esperara allí y se marchó canturreando scat muy bajito. La estancia, abarrotada de instrumentos musicales de lo más diverso, estaba literalmente empapelada con los carteles que Juan Vida había ido pintando a lo largo de décadas para los festivales de jazz de Granada. Juan Vida, otra vez él. ¿Qué tendría que ver con esto? Recorrí las paredes con la mirada. Me sorprendió —yo ya no recordaba ese detalle— que los dibujos que se veían en los carteles de las primeras ediciones eran en blanco y negro. No estaban allí ni el amarillo de Cádiz con un grado más, ni el rosa de Sevilla tirando a carmín ni el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez. Como si se le hubieran agotado todos los colores al tratar de pintar en cuadros gigantes ese Santiago de Cuba que tanto conmovió al poeta del que nadie habla y que provocó que yo me marchara allí. Justo después de aquello, en 1985, de repente, los colores eclosionaban y los carteles se convertían en cuadros, se hacían pictóricos sin ningún reparo. Pero lo que sí estaba en aquellos carteles, unos y otros, en todo momento, era el jazz. O, mejor dicho, las personas, no necesariamente artistas, que le dieron vida al jazz; aquellos negros de ee.uu. que, en palabras del poeta del que nadie habla, son, pese a quien pese, lo más espiritual y lo más delicado de aquel mundo. Porque creen, porque esperan, porque cantan… Y pude ver en los demás carteles cómo, a lo largo de los años, las caras de toda esa gente anónima, negros y blancos, siguen ahí, aparezcan o no tocando un instrumento. Hay un hombre, quizá un presidiario, que camina pesadamente dándonos la espalda, ignorándonos. Mujeres que miran al infinito, como miraba aquella bailarina desnuda del Small’s Paradise que describió el poeta de siempre y […] que se agitaba convulsamente bajo una invisible lluvia de fuego. Pero, cuando todo el mundo gritaba como creyéndola poseída por el ritmo, pude sorprender por un momento en sus ojos la reserva, la lejanía, la certeza de su ausencia ante el público de extranjeros y americanos que la admiraban. Como ella era todo Harlem. Y, vestidos de conserje como el rey de Harlem, negros con gorra de plato, humildes trabajadores de las bandas que tocan en los entierros y en cuyas filas nació la música que alumbró al siglo xx. Y mujeres que son reinas del blues y niñas rubias que aprenden con esmero la tradición de los que fueron esclavos, y muchachos descarados con gorra de béisbol y señores con sombrero y gafas de sol que dan un poco de miedo. De pronto, un hombre entró en el estudio. Yo lo había visto antes. Me sorprendió que mantuviera la misma cara aniñada. Y una absurda cantidad de pelo para los años que tenía ya. Las mejillas, un poco hundidas, revelaban que no siempre, por decirlo de alguna manera, había mantenido buenos hábitos.
—Usted no me conoce, yo… —comenzó a decir.
—Sí lo conozco —lo interrumpí—. Usted es Harry Powell. Tocaba el trombón de varas en la banda de Giacomo Dolphin.
—No es mi verdadero nombre; Giacomo tampoco se llamaba así. Pocos se acuerdan ya de eso.
—Yo sí. En mi vida lo único que se ha salvado del naufragio es el amor por la música y la lectura. Son las únicas pedanterías que me permito. Bueno, también me gusta saberme los trayectos de los autobuses urbanos.
—En aquel tiempo tocábamos música de verdad. Era difícil salir adelante.
—Pero aquí ha llegado, ¿no? No parece que le haya ido mal.
—No se crea que podría ni siquiera soñar con contratarlo a usted si no me hubiera dedicado a otros negocios. No me pregunte cuáles.
—No lo haré. Que sepa que estoy en deuda con usted; he escuchado su versión en Montreux de Everything Happens to Me un montón de veces.
—¿Ah, sí? —preguntó Powell sin mostrar poco más que cierta curiosidad—. Otros me han dicho lo mismo, pero yo nunca he oído ese disco.
—¿Y en qué puedo serle útil?
Harry Powell cogió de encima de la mesa una boquilla de trombón plateada y empezó a juguetear con ella entre los dedos mientras parecía hacer memoria.
—Para un adolescente a principios de los 80 ser raro era lo fácil. Ya sabe: modernos con gabardina, punks con cresta, siniestros con collar de perro, jevis con melena y pulseras de pinchos… Pero hacía falta ser verdaderamente friki para que a uno le gustase el jazz y escogiera tocar un trombón de varas en vez de una Stratocaster. A los pocos que nos gustaba el jazz lo único que nos quedaba era juntar 150 pesetas y comprarnos un disco de Discophon o Black Lion en la tienda de Callejas. Así que cuando de repente vi que, en un cartel, en un lugar como Granada, aparecían los nombres de Stephane Grapelli y Danny Richmond… ¡fue como ver a Dios!
—Estuve allí —dije—. Fueron dos conciertazos.
—Yo no —respondió apesadumbrado—. No pude ahorrar el dinero suficiente. Pero la existencia de ese festival me marcó. He conseguido reunir todos los carteles que Juan Vida hizo para el festival de jazz. Todos menos uno: el primero. Para un coleccionista sería como encontrar la canción perdida de Robert Johnson, pero hay algo más: ese cartel me cambió la vida; me hizo pensar que algún día mi nombre podría estar ahí, junto a los de Elvin, Dizzy, Herbie Hancock, Milt Jackson, John Lewis, Blakey, Carmen McRae, Wayne Shorter, Ray Brown, Betty Carter, Phil Woods, McCoy, Chick Corea, Freddie Hubbard, Miles, Oscar Peterson… Necesito poseer ese cartel, necesito volverlo a ver, revivir todo eso, contemplar la imagen que me llevó a ser quien soy.
Detecté en él una obsesión por ese cartel de Juan Vida tan enfermiza como la que me poseyó a mí por su cuadro Apartamento 1001 hace cuatro décadas. Me sentí un poco estúpido al reconocerme en él.
—Me gustaría poder ayudarlo, señor Powell, pero estoy retirado.
—Ya le he dicho que estoy dispuesto a pagar lo que sea.
—No voy a buscar ese cartel —le advertí.
—Tiene que hacerlo. Usted no sabe lo que es tener la cabeza taladrada con esa idea fija, pensando en una imagen, en unos colores que están pero no están… ¿Cómo se puede vivir preso de una ensoñación? No, no puede saberlo.
Claro que lo sabía. Mejor que nadie.
—En serio, no se merece que encuentre ese cartel, señor Powell —añadí—. Usted me cae bien, no puedo hacerle eso. En estos casos es mejor acordarse de aquella canción, ¿cómo decía? […] como es mejor el verso aquel que no podemos recordar.
—Si hubiera querido que me cantaran un bolero, no habría llamado a un detective —me respondió con un punto de desprecio.
Me dio mucha pena aquel hombre enjuto. Yo, como detective experimentado, podría haber salido a la calle y —aunque por algún trauma freudiano yo habría jurado que nunca volvería a esa zona de la ciudad— empezaría mi búsqueda visitando el número 19 de la Carrera del Genil para que me dijeran que Juan Vida ya no vivía allí y entonces preguntaría por él en alguna tienda de pinturas industriales o en una imprenta, donde me dirían que no lo conocían, pero yo sospecharía que había gato encerrado porque vería un paquete en el que pondría «J. V.» e intuiría que el encargado tarde o temprano iría a llevarle el paquete a Juan Vida y de paso a darle el queo de que un tipo muy raro andaba haciendo preguntas y entonces yo, comiéndome una hamburguesa en un coche, esperaría a que saliera de su negocio y seguiría al encargado para que me llevara hasta el pintor, pero al llegar allí el tío se escamaría por algo y se daría el piro y entonces yo, que ya demostré mi buen olfato en el caso Zoltan, percibiría cierto aroma a disolvente o aguarrás y llegaría a la conclusión de que Juan Vida ya debería estar cerca, porque los pintores de verdad saben dibujar y huelen a aguarrás. Y mi olfato me llevaría hasta él, que se acordaría de mí y me miraría con esa mirada burlona suya de niño travieso y me diría alguna frase con sorna y… Pero no. No hice nada de eso. Preferí salir un momento al pasillo para estar a solas, llamar por teléfono al artista y, tras contarle no sé qué milonga de que estaba haciendo una tesis sobre su obra, preguntarle a él directamente. Se sintió muy halagado y su respuesta fue muy precisa. Tenía muy documentada toda la información sobre aquel trabajo. Yo le di las gracias y regresé de nuevo a la habitación.
—Hágase un favor, señor Powell —le dije—, olvídese de ese cartel.
—Creo que no me ha entendido —me respondió, disfrazando de asertividad lo que en realidad era una súplica—. Es vital para mí recobrar esa imagen.
—El primer año del festival de jazz el cartel no incluía ninguna imagen; solo texto. Exclusivamente texto. Me lo acaba de decir el propio pintor.
—Pero… no es posible. Yo lo vi… No lo recuerdo, pero…
—Es inútil que siga buscando, todo está únicamente en su cabeza. Pero existe. Existe en forma de sonido, se hace real en su manera de improvisar. Es una imagen que se oye, y yo podré sentirla como mía cada vez que lo vuelva a escuchar tocando Everything Happens to Me. —Miré mi reloj de pulsera—. Huy, si me doy prisa, pillo el 33, que me deja en mi misma puerta. No hace falta que me acompañe. Conozco el camino.
***
Cuando se despidió de Powell, había en la mirada del mofletudo detective una mezcla de admiración y piedad. El músico, ya a solas, se quedó pensativo. Jugueteando con la boquilla entre los dedos, se preguntó por qué él, que había dedicado su existencia a la más efímera de las músicas, a un arte cuya esencia es desvanecerse nada más suceder, que solo existe en la memoria de los otros, se había aferrado a la idea de atrapar un instante, de guardarlo como el que enjaula un animal. Él, que ni siquiera se había molestado en retirar el precinto a ninguno de los discos que había grabado. Entonces él, Enrique Poveda, el músico de jazz conocido como Harry Powell, dio las gracias a todos los artistas con espíritu de niño que, como Juan Vida, habían alimentado su imaginación y sus sueños y, sintiéndose renacido, cumplió una vez más con el rito: se levantó de la silla, sacó su trombón del estuche, montó la vara con extremo cuidado, ajustó la boquilla —como llevaba haciendo desde que era pequeño— y se puso a tocar.