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Piezas y Procesos

Los caminos del pensamiento único

Sergio Hinojosa·
Los caminos del pensamiento único

El profesor Sergio Hinojosa inicia una colección de reflexiones sobre la imposición del pensamiento único, sus mecánicas, tácticas y estrategias. Como señala el profesor « nuestras sociedades occidentales ofrecen a sus “ciudadanos” un contexto de precariedad y emprendimiento, en el cual, el entramado de comunicación posee una idea de sujeto individualista, competitivo y a-político, derivada en gran medida de este ámbito cognitivo y de eficiencia tecnócrata de los modelos REDER para toda organización».

Sergio Hinojosa

No hay lugar para el sujeto

Si las antiguas disciplinas humanísticas languidecen en nuestras universidades y en los curricula de nuestros jóvenes, y casi se extinguen en los ámbitos de reflexión ensayística, no es debido a que hayan quedado obsoletas o a que una cristalina y general explicación científica del fenómeno humano las haya eclipsado. El tipo de lenguaje que se está extendiendo para formular cualquier asunto humano posee una sola dirección, pues al sujeto se le toma como objeto, se le objetiva, sin que la palabra de vuelta encuentre auténtica escucha. Lo humano queda diseccionado en ese lenguaje, de tal modo que se cultiva la pieza más preciada separándola de otras de menor interés. Y la pieza más valiosa para el desarrollo de una extracción más “inteligente” de la plusvalía es el “talento”. 

El término “talento”, recoge en la acepción actual un sentido limitado y pragmático. Designa a la mercancía más valiosa de este siglo, es decir, al conjunto de las “competencias”[1] y “habilidades” (en la nueva lengua franca) que, individuos o grupos de individuos, ejercen en tanto piensan, crean o toman iniciativas de carácter científico o técnico, para intervenir en cualquier segmento de la producción, de la reproducción y de la distribución en orden al beneficio [2] . Dicho de otro modo, el talento como un simple instrumento. Incluso el sujeto que sirve de soporte a este talento llega a ser un estorbo. De hecho, últimamente, adquiere especial interés la construcción robótica o maquinal de ese talento, sin el estorbo de las inoportunas reivindicaciones humanas. Es un tanto alarmante constatar que las grandes corporaciones apuestan por el transhumanismo, con todo lo que implica.[3]

En este siglo hemos comenzado a experimentar un cambio de civilización cuya matriz parece radicar en la aplicación de la revolución digital, la inteligencia artificial y las ciencias superespecializadas aplicadas a la producción y a la reproducción, todo ello, en feroz competencia innovadora y creativa mediante el “talento”. Una hipertrofia técnica con bajo nivel de relación humana, junto a un virtuosismo estéril y una tendencia rococó a la inflación imaginaria. Pero quizá lo más singular sea la progresiva desaparición de la comunidad política como tal. El corporativismo, los grupos identitarios, y la empresarización de la sociedad parecen sustituir la vieja comunidad.

El eslabón intermedio, entre la forma anterior –ante todo política, en sentido amplio- de producir y reproducir sociedad y la que se perfila en un futuro no tan lejano, es la extensión orgánica, a nivel global, de un lenguaje híbrido, hecho de cálculo y justificaciones expertas, cuya fuente mana del gerencialismo (management) y de las llamadas ciencias cognitivas. Este lenguaje se extiende sistemáticamente, gracias a su “cientificidad”, a través de las agencias de cada ramo. Además, está asociado a las nuevas fórmulas organizativas (diseñadas para la evaluación y la autoevaluación y orientadas hacia resultados) que afectan tanto a las coporaciones como a las empresas, y también –y esto es lo grave- a las instituciones de los Estados soberanos. 

 El ámbito cognitivo, o si se prefiere el entorno cognitivo, ha logrado imponerse como interprete privilegiado de todo lo que afecta a lo humano, tanto en el ámbito privado como en el ámbito público. Las tecnologías de la información y la comunicación usan sus categorías estandarizadas, las empresas en su gestión de los recursos humanos, las escuelas, los centros de enseñanza secundaria, las universidades de los países desarrollados y los que se intentan subir al tren de la “modernización” se han formateado a partir de ese lenguaje; y gracias a las agencias, a los organismos de normalización y a las grandes instituciones internacionales (ONU, UNESCO, etc.) ese lenguaje ha encontrado una resonancia global inserto en la llamada “Cultura calidad”[4] . Basta echar un vistazo a los programas de formación laboral o a los proyectos y programas de desarrollo de la educación, de cualquier país, para comprobar dicho enfoque. 

Los caminos trazados por la reflexión de las antiguas disciplinas cultivadas, cuyo objeto era directa o indirectamente lo político en sentido amplio, apenas se transitan. La luz que ilumina ahora lo humano es triste y mortecina, y su lenguaje posee una sola dirección. Cálculo matemático-estadístico y reflejos maquinales, con sus algoritmos correspondientes y sus vistas abiertas de par en par al beneficio, son sus mayores logros culturales. En este periodo intermedio, el conocimiento ha quedado reducido a mero proceso de “cognición”. El haz de luz más brillante es el fulgor frío y algorítmico de la inteligencia artificial, que por momentos se torna aún más inquietante por la progresiva desaparición de la legitimidad basada en lo humano. 

Este atributo diseccionado y desvitalizado de la “cognición” se está reduciendo cada vez más por la presión acomodaticia y reductora del pensamiento técnico, asociado a una máquina de gran eficiencia y a un pragmatismo ciego. Si la inteligencia artificial (IA) no se acompaña de un proceso de humanización y se abandona a la lógica del beneficio privado, el mundo se oscurecerá para todos. Las viejas instituciones de los Estados y los gobiernos debieran reaccionar estratégicamente, y no sólo reactivamente con la fe ciega en el desarrollo económico y la adopción ferviente de las nuevas tecnologías. Pero me temo que ya han sufrido, como Gregor Samsa, una metamorfosis que las hace irreconocibles ante sí mismas. 

En el interior de esa marea oscura se observa cierta inquietud en algunos sectores del ámbito cognitivo. Por ejemplo, la noción de “representación”, que hasta no hace tanto, constituía el eje central de los distintos abordajes de la mente, deja paso libre a un interés puramente formal, a un manejo de reglas aplicables a una tecnociencia sin sujeto. Nada de nociones como “sujeto”, “representación”, “representación mental”, etc. Nada, en fin, que estorbe la implementación de la industria lucrativa inteligente, las Smart cities, los edificios, los vehículos, los automatismos, la tecnología robotizada y demás constructos inteligentes. Zonas libres donde el dinero o el ciberdinero circulen, y el resto quede fuera de foto, fuera de cobertura, fuera de derecho, excluido económico, sumido en las distintas modalidades de pobreza. A ese lado reinará la “inteligencia” técnica, pero quedará suprimido todo aquello que recuerde el vano y libre albedrío, o de cabida a caprichosos e ilusorios derechos humanos. 

En este periodo intermedio, donde la circulación y las inversiones oscuras aún siguen siendo mal vistas, las ideologías duras ganan terreno no sólo en el esperpéntico teatro político, sino en el seno de estas ciencias, que han venido a ocupar el lugar de las antiguas disciplinas sociales y humanísticas que cubrían lo político. Y ese vacío se rellena de experticia. La potencia creadora no tiene por qué surgir de un sujeto o de una comunidad en un marco sociopolítico de libertades reconocidas y con posibilidades de realizar creaciones igualmente libres, basta con un adiestramiento masivo en las tecnologías y en los presupuestos cognitivos de la gestión. Y si a ello se le suma la obtención de buenos logros en los métodos de aprendizaje protocolizado y automático, tanto mejor. La “reingeniería” que potencia la estrategia empresarial de la Cultura de la Calidad (QMT) organiza esta creatividad y la eficiencia en todo trabajo de manera controlada y medida, sin más necesidad de estructuras políticas que las que vayan quedando residuales. Mediante la revisión de la misión y los objetivos estratégicos de cada organización, sea empresarial, o institución pública, determinando dicha “misión”, enumerando los procesos, fijando sus límites, evaluando la importancia de la estrategia de cada proceso, chequeando las posiciones y opiniones de los niveles jerárquicos (calidad del “liderazgo”, también puntuable), calificando la cultura política de cada proceso, se monitoriza el funcionamiento y la dinámica de tal modo que se hace impermeable a los espacios de control públicos convencionales. Es más, estos controles legislativos o normativos acaban siendo moldeados por la experticia de esta nueva ingeniería de las relaciones sociales de producción.    

Los nuevos medios de “información” y de “comunicación”, toda vez que las instituciones han sido formateadas por las agencias y los Estados han perdido su cuota de soberanía a favor del mercado, intentan paliar la desafección sustituyendo la filía y la affectio societatis -o la cohesión política si quieren- disponiendo espejos mediáticos potentes en los que las distintas poblaciones etiquetadas puedan reconocer sus certezas. De este modo, los “diversos” grupos que componen la sociedad, como como sujetos sujetados a grupos identitarios, con sus correspondientes deberes y derechos afirmados por la fe, encuentran en estos espejos fuerza y energía suficientes como para afianzar sus posiciones y lograr sus cuotas de influencia mediática. Son espejos tan potentes que el mercado puede generar segmentos específicos. Y su implantación, para sustituir a la sociedad política es fácil. Basta mostrar bastiones con víctimas, y supervivientes heroicos, capaces de iluminar el camino. Sustituir la metáfora del agricultor con su asentamiento, sus ciclos y su legalidad instituida, por la vieja metáfora del pastor y sus ovejas. Frente a la ley, el “liderazgo”. Si se consigue esto, todo va rodado… sentirse uno con ellos, sentir que son del mismo palo, y con esa transferencia, colar todo un catálogo de prescripciones y trazos identitarios compatibles con el mercado especializado. 

Esta nueva sociedad apolítica y pastoril, con sus “liderazgos” pertinentes, se asienta sobre una ciudadanía amortizada, troquelada y convertida en usuarios y consumidores por la nueva lengua franca, que a lo sumo apela al recitado formal de los derechos humanos. Sus ideales se reflejan en los espejos de los distintos grupos identitarios vindicativos que la componen, y para mostrar su vigor dinámico se muestran en mareas o en el asociacionismo difuso de “colectivos de afectados”. Los afectados, en marea o no, lo son realmente, y las personas que sufren por precariedad, por pobreza, por una catástrofe natural o un ataque terrorista, o simplemente una enfermedad de tal o cual tipo, merecen ser atendidos y sus problemas ser solucionados. Pero  la realidad del sufrimiento es una cosa, y otra bien distinta, la solución que se les suele ofrecer. Primero se suele dar cobertura mediática y despertar conmiseración, para a continuación dejar caer en el olvido. Las efusivas mareas, suben y bajan al ritmo de las olas humanas alentadas por el mar mediático. Pero cuando las mareas se calman, fluye el agua oscura y sucia, y deja ver los fragmentos de una sociedad que no reconoce a sus miembros, sino como índices estadísticos y cifras operativas para el cálculo de gestión del poder, mientras deja atrás la espuma sucia con multitud de excluidos y desaparecidos en el mar de tránsito. Y si los números cuadran, esa misma sociedad puede considerar a los restantes afortunados como “recursos humanos”, con cierto perfil y cierta identidad maquetada, de interés quizá para alguna finalidad fungible de la producción o la ingeniería social. 

El sujeto político desaparece como causa, o entra a borbotones mediáticos para extinguirse gris entre el paisaje vertiginoso. De ahí el sentimiento de impotencia y la melancolía. La emergencia subjetiva, en el viejo ámbito político residual, a lo más que llega es a confrontar identidades partidarias en un pin pan pum mediático, o a ocuparse de cubrir calendarios políticamente correctos, es decir, a-políticos (día del emigrante, de la mujer maltratada, del niño, etc.) y de establecer esos espejos ilusorios de confianza y de fe. Pero ya no hay lugar para una subjetividad que demande reflexión o diálogo y, mucho menos, para la construcción política de una sociedad, que garantice los derechos del ciudadano, de los niños, de las mujeres o de los trabajadores. 

Con el tiempo, para gestionar a las poblaciones, no se necesitará instituciones nacionales o supranacionales, bastará con buenos métodos de aprendizaje automático[5]  y la suficiente capacidad para captar y almacenar datos. Para procesar esos Big data del consenso y la cohesión, se podrá disponer de grandes plataformas globales y de alguna que otra herramienta o lenguaje de programación. Con métodos de aprendizaje, sean estadísticos, genéticos, de redes neuronales o de refuerzo, podremos reunir a toda ciencia, con sus científicos incluidos (físicos, matemáticos, estadísticos, biólogos, astrónomos, economistas, médicos, etc.), bajo el gran paraguas de la Red y de la mano de las corporaciones. Y con una experta reingeniería social también aglutinaremos a usuarios y consumidores en sus perfiles, para asestarles el golpe de las grandes convicciones globales y los grises ideales corporativos. Los cambios vertiginosos, la velocidad de la información y el horror ante el vacío que dejan tras de sí, facilitarán la soldadura de esas identidades y la fe ciega en parcelas retenidas como universos eternos. La religión junto a los dictámenes expertos acecharán en cada giro vital y la cohesión político-social será agua pasada. 

Pero no dramaticemos, aún estamos en tránsito. Y cuando miramos en derredor, todavía podemos percibir los muros contundentes, aunque desgastados de las instituciones. Y tras ellos, la esclerosis y el endurecimiento de las ideologías, y no sólo en el desgaste político. Incluso en los terrenos, tradicionalmente más serenos, comprobamos que la teoría se endurece por el brioso afán científico de no dejar asomo a espiritualismo alguno, salvo al propio impulso fanático. De ahí, por ejemplo, que en el seno de una de esas patas del pensamiento único, el cognitivismo, proliferen corrientes como la del materialismo eliminista (Daniel Dennett) o que el anti-representacionalismo gane terreno (Brooks, Clift, Noble, Haselager, De Grot, etc.). 

Rodney Brooks, un profesor de robótica en el MIT barruntaba el asunto y proponía, ya a fines del siglo pasado, que la mejor manera de hacer compatible el trabajo de los robots con los humanos era reducir sus capacidades “cognitivas superiores”, incluido el pensamiento abstracto, a un simple acoplamiento sensorio-motor, es decir, a percepción de sensores y acción. Y es que la máquina podía reemplazar al humano. De hecho, en la teoría existe un enorme interés por parte de un sector del ámbito cognitivo en hacer desaparecer el concepto de “representación” -último hálito humano del cognitivismo- en la ficción de mediadora con el mundo. 

Ante esta arrogancia del pensamiento técnico, incluso la psicología más pragmática comienza a pensar que está perdiendo cuerpo por la voracidad de una mentalidad más dura y deshumanizada. Al sector más dogmático del ámbito cognitivo comienzan a estorbar sus conceptos centrales. Lo cognitivo queda integrado en la teoría de sistemas o diluido en las ingenierías de la información y la comunicación, para quedar reducido, de este modo, a simples procesos y procedimientos que un sistema natural o artificial tiene para almacenar y tratar la información. Hombre y máquina, maquina u hombre tanto da, reciben información como simple flujo de datos de entrada (input) o salida (output) al sistema, salvo que en el caso humano se acompaña de emoción. Del calibre de las hipótesis del cognitivismo, podemos dar una muestra. La vicepresidenta de la Sociedad Española de Ciencias Sensoriales, se hace eco de una hipótesis de I. Morgado, de la Universidad Autónoma de Barcelona: 

“Nos creemos que el ser humano es muy racional y que reflexionamos  nuestras respuestas y reacciones. Sin embargo, Morgado nos recuerda que somos seres emocionales y que estamos totalmente condicionados por nuestro cerebro reptiliano que determina la fuerza de los sentimientos marcando definitivamente nuestro comportamiento.

Así, lanza la hipótesis de cómo funciona la autoconciencia, sugiriendo que el cerebro hace metarepresentaciones de las percepciones previamente representadas en sí mismo, ubicándolas en la corteza insular del hemisferio derecho”[6].

Basta observar la variedad de niveles de análisis y la mezcla de categorías traídas de la fisiología cerebral, de la psicología, incluso de la metafísica del “sí mismo” o de la “autoconcienciaasí como la continuidad sin distancia entre formas de la percepción animal y humana, transida esta última de lenguaje simbólico, para comprobar que tales saltos no pueden aportar coherencia teórica.  

Pero esta cobertura teórica es tan sólo un modo de categorizar la mediación entre tecnología y sociedad. Habría que releer Tecnologías del yo de Foucault y su Microfísica del poder y, desde luego, alguno de los textos valiosos del tan denostado psicoanálisis sobre la noción de “representación inconsciente” en relación con la escucha analítica y no como una versión naíf de “imagen de la mente”.   Tal vez con esa distancia se nos abran preguntas acerca de estas ciencias sobre la cognición como meollo humano. Pero habrá que adaptar esas preguntas al avance continuamente en marcha de una tecnocracia de los expertos y de una tecnología lanzada al galope.

Desde hace una década, nuestras sociedades occidentales ofrecen a sus “ciudadanos” un contexto de precariedad y emprendimiento, en el cual, el entramado de comunicación posee una idea de sujeto individualista, competitivo y a-político, derivada en gran medida de este ámbito cognitivo y de eficiencia tecnócrata de los modelos REDER para toda organización, descompuesta en procesos y orientada a los resultados y al beneficio. De ahí, la aportación de la empresarización promovida por el management. La extensión necesita de potentes organismos e instituciones, a cuya cabeza se sitúan las agencias (públicas y privadas) del ramo.  Mentalidad, organicidad y pragmática parecen querer borrar todo trazo del pasado que sirva de indicio para el análisis crítico. Pero esta mentalidad, esta organicidad y este nuevo empuje pragmático, que recubren la idea de progreso y de “modernización” en un presente tan “abierto y creativo” como desolado, tienen un pasado y una historia. Una historia que contaremos más adelante. 

Sergio Hinojosa

1. La conjunción

En el pasado siglo, la literatura, la historia, la sociología o la propia psicología estaban insertas en un marco institucional, con una producción cultural y una intelectualidad más o menos locales, más o menos orgánicas, y, además, su dialéctica suponía la existencia de un sujeto rodeado de ciertas libertades políticas. Este, si quería era capaz de exponer sus ideas, de reflexionar libremente o de transitar caminos no trillados, sin que el horizonte de una experticia truncara su actividad antes de iniciarla. Ahora, con sus campañas, lemas y dictámenes anticipa sus dogmas unidireccionales –“política y mediáticamente correctos”-, para cerrar todo diálogo. La relativa autonomía de aquellas pasadas creaciones culturales -me temo-, también va siendo agua pasada.   

Las denominadas ciencias cognitivas están a la base de esta nueva imago mundi que se expande con su afán homogeneizador por el globo. Ellas son el producto de la confluencia feliz de diversas disciplinas que las han ido configurado y que, ahora, desplazando a las viejas disciplinas obsoletas, encuentran su legitimidad en el nuevo y descarnado territorio de una ingente burocracia, repleta de protocolos y de estándares científicos, que colonizan la faz de la tierra. La amalgama que se encuentra bajo el rótulo de “Ciencias Cognitivas” está integrada esencialmente, por la psicología cognitiva, la lingüística, la biología, la neurociencia y la inteligencia artificial con una serie de ingenierías derivadas. Además de estas disciplinas, más o menos formalizadas, la antropología cultural y la filosofía cognitiva también aportan su producción. Todas ellas parecen haber nacido para legitimar este nuevo orden humano global, basado en un paradigma capaz de unir “científicamente” el sustrato físico de lo humano con lo inmaterial… o simplemente hacer desaparecer a este último. Para ello, la metáfora del computador fue un auténtico hallazgo, y encontró gran predicamento entre sus seguidores por ver en ella la perfecta analogía con el cerebro, y viceversa. La fascinación por el talismán de la nueva modernidad y la desaparición del sujeto, entre lo bizarro y las boscosas entrañas de la nueva máquina, vinieron de la mano y alumbraron la maravillosa metáfora, capaz de encontrar la síntesis del yo y la de los distintos campos y tecnologías encartadas. El horizonte que contemplan se escinde en dos mitades como casi toda teogonía: el físico y el mental. Por esta razón, uno de sus prometeicos objetivos es el de sustanciar la relación entre ambos niveles. 

El cerebro (Brain), de carácter material, tangible y mapeado[7], vendrá a prestar infraestructura a la mente (Mind). Esta última, señorea como categoría que ciñe la naturaleza inmaterial y no localizable del hombre, y tal vez por ello, queda paradójicamente más a mano, a la hora de justificar y tratar de explicar la dimensión humana de lo que cada día, ocasionalmente o de manera extraordinaria nos da por hacer, esto es, tratar de decir algo coherente sobre el comportamiento humano… o de la ameba si viene al caso. 

En otros artículos trataremos de detallar la historia de este entramado de disciplinas, que se acogen a las “Ciencias Cognitivas” y se unen al lenguaje tecnócrata del management, para extender su influencia de manera global. 

2. Moldeado del pensamiento

Las Ciencias cognitivas: historia de una confluencia para el moldeado del pensamiento.

Hasta el pasado siglo, la literatura, la historia, la sociología y la propia psicología han estado insertas en una producción cultural y encontraban su función a partir de ejercicio de una intelectualidad más o menos local y más o menos instituida. Su dialéctica suponía la existencia de un sujeto rodeado de libertades políticas, ciertamente limitado, pero capaz de exponer sus ideas, de reflexionar libremente, de transitar caminos no trillados sin que su horizonte se viera oscurecido por un enjambre de expertos con sus dogmas sobre cualquier aspecto de lo cotidiano o sobre cualquier decisión social o política. Tampoco aparecía el diálogo entre profesionales, de las más diversas disciplinas, interceptado por imperativos mediáticamente “correctos”, para cerrarle la boca bajo la amenaza de atentar contra esa misma sociedad. Pensemos en el cariz que tomaron las campañas contra el tabaco hace tan sólo una década o el que toma ahora el cerrado en falso debate sobre el “género”. Pues bien, la extensión de este cientificismo y el ocaso del discurso político están dejando atrás toda aquella laboriosidad intelectual y crítica como cosas del pasado. La relativa autonomía en aquellas creaciones culturales -me temo- también va siendo agua pasada.   

Las denominadas ciencias cognitivas están a la base de esta nueva imago mundi que se expande con su afán homogeneizador por el globo. Estas disciplinas, cuya legitimidad “científica” se busca en la estadística y en las neurociencias, han sido definitivamente agraciadas por dos vectores en tensión: por un lado, el desarrollo digital e industrial, junto al descarnado territorio de la burocracia y de los estándares científicos; por otro, la extensión de una espoleada demanda global.

Por el polo de la configuración y el formateo de la demanda, la emergencia de diversas disciplinas en las universidades ha ido configurando esta convergencia, para desplazar a las viejas disciplinas, dada por superadas y obsoletas. Por el polo de la generación de demanda, las propias prácticas generadas están ampliando su campo.

La amalgama, que sirve de emulsionante y que encuentra amparo bajo el rótulo de “Ciencias Cognitivas”, está integrada esencialmente por la psicología cognitiva, la lingüística, las neurociencias y la inteligencia artificial con una serie de ingenierías derivadas. Se añade a estas disciplinas, más o menos formalizadas, otras más cercanas al área humanística como la antropología cultural y la filosofía cognitiva. Todas ellas parecen haber nacido para contribuir a un nuevo orden humano global, basado en un paradigma capaz, aparentemente, de unir “científicamente” el sustrato físico de lo humano con lo inmaterial… o simplemente hacer desaparecer a este último. 

El declive de las disciplinas humanísticas es evidente. En los centros clave de decisión, en los que el asesoramiento e influencia de estas disciplinas tenía cierto peso, actualmente, se ha abierto la puerta a la extensión de la experticia y el cientificismo. La imagen, el esquematismo y la simplicidad (no ajustadas a “ciencia”) han sido claves en su extensión, previa minusvaloración, o incluso eliminación de las teorías y materias que prestaban tiempo y espacio a la reflexión y a la crítica dentro de las universidades, institutos centros de investigación, etc. 

Quizá el mayor éxito de esta simplicidad explicativa haya sido la metáfora de la computadora, que encontró gran predicamento entre sus seguidores por ver en ella una perfecta analogía con el cerebro. La fascinación por este talismán de la nueva modernidad y la desaparición del sujeto entre las boscosas entrañas de la nueva máquina digital vinieron de la mano de la extensión de internet. Esa fascinación encontró en esta afortunada metáfora la posibilidad de reunir los distintos campos. Pero su horizonte, como en toda teogonía, se escinde en dos mitades irreconciliables: el horizonte físico y el mental. Por esta razón, uno de sus prometeicos objetivos ha sido y será el de sustanciar la relación entre ambos niveles. 

El núcleo reverenciado y visible de esta amalgama es el cerebro (Brain) que, asaeteado por una multitud de discursos, se convierte en eje de rotación. Gracias a su carácter material, tangible y mapeado, viene a prestar infraestructura a la más etérea “mente” (Mind). Esta, cuyo término es de tradición sajona, se nos muestra como de naturaleza inmaterial y no localizable. Sin embargo, paradójicamente, parece quedar más a mano a la hora de justificar cualquier aspecto, en el que esté implicada la dimensión humana. 

La confluencia trata de unir el discurso científico (con su nomenclatura específica y en su complejidad funcional y bioquímica) con el discurso cognitivo – altamente matematizado, aunque con nociones carentes de profundidad y un tanto ambiguas. Los puentes temáticos que se tienden sobre los “procesos mentales”, tales como la sensación, la percepción, la memoria, la inteligencia o el conocimiento, pretenden salvar el abismo entre discursos y presentar expediente suficiente para su unidad legitima…  al menos hasta la fecha.   

Las disciplinas implicadas en la formación de la llamada “revolución cognitiva” componen un orden escalonado de perspectivas, inscrito en el famoso hexágono cognitivo, actualmente desfasado. Así, según su cercanía al discurso considerado científico y formalizado, nos encontramos con las siguientes disciplinas: 

Hexágono de Howard Gardner. (1985)

En la cúspide de su abstracción, el ámbito cognitivo cuenta con una filosofía, que encuentra su salvación frente al peligro de extinción en el abrazo científico al conocimiento de “la mente”. Tras ella, una antropología cultural, inaugurada como cognitiva por Harold Conklin y  heredada de Franz Boas y del quizá más importante antropólogo del siglo XX, el estructuralista Lévi-Strauss. Le siguen, de manera más enclaustrada en los laboratorios experimentales, las distintas corrientes y familias en el seno de la llamada psicología cognitiva. Como ciencia sapiente y cofundadora, la lingüística, sobre todo la derivada de la teoría de Chomsky y, por fin, las dos joyas de la corona: el entramado de neurociencias con sus distintas metodologías, ingenierías y disciplinas asociadas; y la glamurosa inteligencia artificial (IA en alza), que unida a las anteriores, dan caché científico al asunto. Mientras, la gamificación de los entornos presta apoyo desenfadado y juguetón a sus demandas de beneficio. 

El objeto común a todas estas ciencias y disciplinas de la conformación social es la “cognición” (cuya infraestructura es el cerebro), si bien, cada vez más, como conjunto simple conjunto de reglas desnudas. Unas reglas transformativas que comandan esta cognición, entendiéndola como el producto de un sistema, inserto en el marco de una tecnología que lo alimenta con información. Una información que puede prescindir del diálogo y la reflexión, para pasar a ser filtrada por automatismo según sus capacidades específicas y sus características. 

Fue en los años 50 cuando comenzó a enfocarse la “inteligencia” como simple proceso de transformación de la información, es decir, como conjunto de reglas transformativas, a partir de las cuales se podía manipular símbolos de mayor o menor abstracción. Por entonces, la “mente” había alcanzado ya un grado notable de recubrimiento estadístico y su naturaleza ya se había diseccionado en “procesos”. En los años 60 ya se habían conseguido realizar los primeros mapas cerebrales. 

El estudio de la mente es, desde el comienzo, inseparable de la noción de representación. Se suponía, ya entonces, la existencia de un modo específico de “representación” de los procesos mentales, por cuanto implicaba la dimensión subjetiva, y se veía como producto de una elaboración interna en el sujeto, sin ser directamente observable.

Con el avance de la tecnología de la computación se postulará el estudio y la modelización de ese nivel de representación mental, más allá de la biología y la ciencia neurológica. De hecho, la emergencia de las neurociencias supone ese punto de partida “mental” que venía manejando la psicología cognitiva. 

En 1962 las neurociencias vieron la luz con la creación del programa “Neuroscience Research Program” (NRP). Un programa, que el biólogo estadounidense Francis O. Schmitt ayudó a crear e impulsó en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), del que fue presidente de 1962 a 1974. El programa pretendía comprender, desde una base fisiológica, el funcionamiento cerebral a nivel “mental”. Y, en especial se interesaba sobre todo por las “facultades superiores” y el “comportamiento”. Su novedoso carácter interdisciplinar permitió la confluencia de neurólogos, psicólogos y lingüistas. El objeto formal se había perfilado en 1960, cuando Jerome S. Bruner junto con A. Miller dieron nombre a este campo de investigación, al establecer un laboratorio de psicología, llamado Centro de Estudios Cognitivosen Harvard. 

3. Psicología Cognitiva

Los trabajos anteriores de Jean Piaget, durante la década de los años cuarenta, habían puesto las bases evolutivas de este modelo, en el que las estructuras psicológicas se desarrollan a partir de reflejos innatos, se organizan durante la infancia en esquemas conductuales, se internalizan en los primeros años de vida como modelos de pensamiento, y se desarrollan durante la infancia y la adolescencia en las complejas estructuras cognitivas características de la vida adulta. Este planteamiento afectaría profundamente a la pedagogía y a las investigaciones psicológicas posteriores (los citados Bruner, Miller, etc.).

Este enfoque multidisciplinar y este lenguaje particular sirvieron para intentar explicar cuestiones relacionadas con las membranas neuronales, pero también extendieron una terminología sobre las estructuras cerebrales asociadas a procesos mentales como la memoria, el condicionamiento y al aprendizaje. En el horizonte ideal quedaba “la conciencia humana”, aún “sin descifrar”. Un ideal que se intentará recubrir a fuerza de repetición, y que vino a afianzar la convicción de que “el entendimiento preciso de los mecanismos imperantes en la mente exigía fundir las aportaciones de una serie de ramas que, pese a sus divergencias, habían demostrado gran capacidad de penetración teórica y experimental en sus respectivas áreas científicas”.[8] Y, efectivamente, dicha interdisciplinariedad facilitó la fusión del lenguaje “neuro” con el lenguaje “psi” y desplazó al conductismo, llevando a un primer plano al cognitivismo, que llegó a ser desde finales de los 60 la corriente imperante en EEUU. 

En la medida que la teoría cognitiva fue ganando campos y creando un “ámbito cognitivo”, también fue prescindiendo de los aspectos culturales concretos, de la historia, y de las relaciones y contextos sociales y emocionales y, consecuentemente, de todas las disciplinas que acogían tales particularidades. De modo que la explicación cognitiva, dotada de cierto aparato matemático, aprovisionada de ingente investigación patrocinada y posicionada como ciencia, no veía ya necesidad de recurrir a la historia, a las ciencias sociales o a las antiguas psicologías, y mucho menos al psicoanálisis. De hecho, al ser considerada “ciencia” por la “Academia”[9], se introducía una dimensión de necesidad científica, que hace superflua la particularidad de la historia, la reflexión especulativa y cualquier otro desvarío de la razón no matematizada.

Y conforme el cognitivismo ganó puestos en las universidades occidentales, fueron quedando, fuera del foco y apenas financiadas, las antiguas psicologías (conductismo, psicoanálisis, Gestalt, etc.). También se vieron desplazadas las demás ciencias sociales no interesadas especialmente en interpretación cognitiva. En adelante, el dominio académico se fue impregnando de espíritu cognitivo-revolucionario contagiando su euforia a las nuevas disciplinas derivadas y a los nuevos proyectos de las universidades.

Desde que Lashley, Von Neumann y McCulloch en la fundación Hixon en 1948 postularan[10], más allá de la biología, neurología y la sociología, el concepto de “representación mental”  el rumbo de la psicología cognitiva se había fortalecido frente a otras opciones. Posteriormente, esta preeminencia se consolidará con el avance de la computación y la aparición de los ordenadores personales. Para esas fechas, el conductismo era residual, por más ocupara todavía cátedras de psicología en las universidades.

Así pues, la psicología cognitiva se había asumido como la disciplina que debía superar las limitaciones de la psicología conductista, anclada en el simplismo del arco reflejo como única receta para el abordaje del comportamiento, dejando con ello fuera todo el “proceso cognitivo”. Evidentemente existían otras teorías y otros departamentos en la competencia como la Gestalt y diversas teorías del aprendizaje. Todas ellas trataban de explicar dicho proceso, pero la aparición del ordenador personal -el primero apareció bajo la marca Olivetti entre 1962 y 1964- y el auge de la teoría de la información, ofrecieron cobertura y legitimidad a la psicología cognitiva como ciencia provista de las técnicas y procedimientos adecuados para el razonamiento. 

El ordenador era una máquina fascinante. Dotada de memoria y con capacidad exponencial para manejar símbolos y resolver problemas, abría un horizonte optimista y ofrecía un modelo para simular los “procesos mentales”. Esa dimensión, fascinante y a la vez práctica, demandaba abrir vías a la investigación del “razonamiento” y a los “procesos” de la “inteligencia” en todas las direcciones posibles, para orientar dicha simulación y para alcanzar el feliz desenlace de la “resolución de problemas”. Y en ese juego de focalización de lo humano en la noción de mente, y de reducir ésta a mero conjunto de procesos de información, la teoría de la información vino a prestar al cognitivismo un marco formal y supuestamente objetivo, para el estudio de la transmisión y formación de símbolos. 

Mente (Mind) y cerebro (Brain), teoría de la información y psicología se unirían felizmente con las ciencias más sólidas: la matemática, la física y la biología en un acontecimiento particular. Este acontecimiento, como hemos dicho, tuvo lugar en Massachusetts en peno despegue en EEUU del ordenador personal. 

Más tarde, la familia cognitiva se ampliará a las distintas corrientes: el funcionalismo psicológico, el conexionismo, el materialismo eliminista, el emergentismo, etc. Todas ellas, en general, entienden el proceso cognitivo inserto en un sistema (sea natural o artificial) con capacidad para almacenar y tratar la información, y consideran que, en su interior, se debe distinguir distintos niveles. Un nivel computacional, que especifica de manera abstracta la tarea a cumplir por el sistema, un nivel algorítmico, que define y especifica la naturaleza de la información a almacenar, y un nivel físico, que se refiere al estudio de la realización material de estos procesos.

Sea como sea, el objeto queda así definido como conjunto de procedimientos, mecanismos y algoritmos que definen un funcionamiento. Un funcionamiento que no tiene tanto que ver con el sujeto, cuanto con la máquina (computadora, dispositivos, etc.) y que sirve de soporte a estos discursos expertos.

4. Lingüística Cognitiva

La lingüística también hizo su aportación a la amalgama. Los trabajos de Noam Chomsky en el MIT habían preparado el terreno. Se hizo significativa su aportación, en especial por su artículo crítico con el conductismo “A review of B. F. Skinner’s Verbal Behavior”, en el que había propuesto la idea de una base innata para una “gramática universal”. Esa idea implicaba una generalización de esquemas con sustrato psicológico para la adquisición del lenguaje y, por tanto, para el conocimiento. Las reglas de transformación se hacían pues comunes a la computación, la psicología y la lingüística. 

El enorme conjunto de corrientes y teorías lingüísticas de principios del XX, con sus innumerables aportaciones empíricas, condujo a un formalismo que buscaba en la matemática el instrumento para ordenar y axiomatizar la ingente cantidad de datos aportados por las investigaciones. Chomsky había postulado la necesidad de un conjunto de reglas o mecanismos cognitivos detallados, capaces de detectar las diferentes posibilidades de construcción de una frase y las relaciones sintácticas entre las distintas familias de frases. Y creía y cree que estos mecanismos y reglas, usados inconscientemente por el hablante, pueden ser descritos y modelizados por el lingüista bajo un formalismo de funciones y variables. Dicho de otro  modo, cree estar, no ante una disciplina tecnificada, sino ante una ciencia del lenguaje. Para ello, naturalmente la matemática le es imprescindible. La lingüística confluía en su aspiración con la ciencia, y reunía las mismas metas de la psicología cognitiva: describir las reglas transformacionales de los objetos mentales, que definen y limitan las diferentes actividades del razonamiento.

Pero hay un aspecto singular que desdice esta vocación. El acto de habla, localizado por Saussure, y retomado más tarde en otra perspectiva por J. Lacan, introduce elementos difícilmente asimilables por las reglas transformacionales, puesto que dichos elementos, por aludir al sujeto, cuestionan la síntesis que está a la base del cognitivismo psicológico y lingüístico. Pues, aunque el propio Chomsky propusiera la noción de “competencia lingüística” como el conocimiento natural práctico del hablante, y la de “actuación lingüística” como “manifestación” de dicha competencia, no deja de ser una abstracción, y no puede explicar realmente el “acto del habla”. O dicho de otro modo, puede introducir una lógica, que incluye los modos del sujeto del enunciado, pero nada puede decir sobre el acto de la enunciación y el sujeto-causaque supone todo hablante, en el interlocutor.

La base del análisis chomskiano supone en la oración dos niveles de representación; uno, que remite a una estructura profunda y que aportaría la representación directa del contenido semántico de la oración, y otro, más superficial, de carácter fonológico, que se asocia al profundo. Y en esa relación de niveles, entre el nivel de significación y el de la reproducción fonológica, se introduce ciertas reglas o transformaciones. Más tarde, globalizada la dominancia del pensamiento técnico, modificará estas categorías y las cambiará por otras -con siglas para facilitar su “cientificidad”- para separar el plano de la representación como forma lógica (LF) y como forma fonética (PF).   

La gramática transformacional cognitiva viene a describir las “habilidades” cognitivo-lingüísticas del cerebro (aparece aquí el sujeto bizarro de la enunciación) y, por tanto, trata de explicar tanto la adquisición del lenguaje como el conocimiento tácito o inconsciente del hablante en su adquisición y desarrollo. Supone además, que gran parte de estas capacidades son comunes a los hablantes de todas las lenguas y están de algún modo codificadas genéticamente (no demostrado). De este modo, se trataría de explicar el aprendizaje natural de las distintas lenguas. En el fondo, su objeto sería la forma de funcionamiento del lenguaje, independientemente de cualquier particularidad que pueda deslizarse en el tropiezo, en la ocurrencia, en el chiste o, simplemente, en cualquier forma de enunciación que implique la emergencia imprevista del deseo, de la identificación o del compromiso simbólico. Un fluir ideal y mecánico, con permutaciones, desplazamientos, transformaciones, etc., pero sin el aliento del sujeto. En fin, quedaría al margen todo lo relativo al sujeto como tal y quedaría igualmente desatendida aquella palabra comprometida, que está en juego en las relaciones más significativas de la amistad, de la confianza, del amor o, por otra parte,  de la ruptura del pacto, de los sentimientos negativos, etc. En definitiva, en este pragmatismo, la palabra como efecto fundamental en la relación social quedaría desoída. 

5. Antropología Cognitiva

Otro discurso que acude a esta lid es la antropología. Confluye ésta con el cognitivismo, en gran medida por la recuperación de conceptos clave de la antropología cultural de Franz Boas y, sobre todo, de Harold Conklin. Fue este último quien, al parecer, sentó las bases de la antropología cognitiva. Entre los planteamientos de Conklin y Lévi-Strauss había ciertas semejanzas. Este último había estudiado las particularidades culturales y de razonamiento desde un planteamiento lingüístico, independiente de las características históricas o contextuales de cada cultura, para buscar reglas de comportamiento, desde las cuales, por extrapolación, explicar otras más complejas. Y, por tanto, al igual que las otras disciplinas cognitivas, sus planteamientos servía para confluir, pues suponía un intento de formalizar las reglas que rigen a un cierto nivel de intercambio simbólico. 

Las sociedades llamadas primitivas ofrecen, según Lévi-Strauss, una organización dominante y privilegiada: las estructuras de parentesco. El término “estructura” quedaba definido en su Antropología Estructural

“En primer lugar, -escribe Strauss- una estructura presenta un carácter de sistema. Consiste en elementos tales que una modificación cualquiera en uno de ellos entraña una modificación en todos los demás. En segundo lugar, todo modelo pertenece a un grupo de transformaciones, cada una de las cuales corresponde a un modelo de la misma familia, de manera que el conjunto de estas transformaciones constituye un grupo de modelos. En tercer lugar, las propiedades antes indicadas permiten predecir de qué manera reaccionará el modelo, en caso de que uno de sus elementos se modifique. Finalmente, el modelo debe ser construido de tal manera que su funcionamiento pueda dar cuenta de todos los hechos observados”.[11]

En base a esta noción de “estructura” con características de “sistema”, Leví-Strauss había elaborado una teoría sobre el funcionamiento de los pueblos primitivos que revolucionó la etnología. Con ella, pretendía aproximar los modos de conocer y de pensar de estas sociedades a la nuestra, en un intento de dignificar al sujeto de estas culturas residuales que el capitalismo extingue y arrasa a lo Bolsonaro o, también lucrativamente, convierte en artificiosos parques nacionales. 

Para Lévi-Strauss, las estructuras de parentesco no se derivan de la espontaneidad de una realidad biológica, por el contrario, afirma que “existe solamente en la conciencia de los hombres” y que “es un sistema arbitrario de representaciones y no el desarrollo espontáneo de una situación de hecho.” Constituyen, pues, para él, una realidad que está estructurada como un lenguaje y se transmite como tal. “El sistema de es un lenguaje parentesco –escribe-”. 

Pues, bien, esta estructura básica de parentesco está recubierta por dos órdenes muy diferentes de realidad: 

– El sistema de “denominaciones”: “los términos por los que se expresan los diferentes tipos de relaciones familiares” y “que constituyen en rigor un sistema de vocabulario”[12] –Y el “sistema de las actitudes”. Las actitudes desempeñan una función de cohesión social y de equilibrio en el grupo. Dentro de las actitudes hay que distinguir unas “actitudes difusas”, que no han cristalizado y que no poseen un carácter institucional “de las que se pueden admitir que son, en el plano psicológico, reflejo o fruto de la terminología”. Y otras, “actitudes cristalizadas”, obligatorias, sancionadas por tabúes o privilegios, que se expresan a través de un ceremonial fijo. 

Lévi-Strauss entra en la serie cognitiva por estos rasgos de abstracción sistemática y por cierta analogía a la hora de considerar la importancia de lo mental. También por la mirada que trata de objetivar toda realidad, de clasificar, de ordenar y sistematizar lo realizan tanto los primitivos como el hombre occidental, tal como plantea en El pensamiento salvaje: “Cuando el hombre primitivo inventa realidades eso le sirve para ordenarse mentalmente, como ocurre con el totemismo, lo que demuestra la tendencia a inventar imágenes conceptuales y pensar la realidad de una manera más compleja, proponiendo un paralelismo lógico entre la serie natural y la serie cultural. Lévi-Strauss desarrolla la idea de que cualquier cosa significa siempre con relación a otra cosa, y no significa por sí misma”.[13]

Tanto en la ciencia cognitiva como en el sistema de Lévi-Strauss, de lo que se trata es de organizar y operar con una realidad ya constituida, sea para repetirla con la gramática fija del pensamiento primitivo, sea para dejar que el acontecimiento, lo contingente, despliegue con la ciencia sobre el cerebro o sobre la mente los cambios exigidos por la potente dinámica de nuestras sociedades. Pero, paradójicamente, esta contingencia queda tanto en la antropología como en la ciencia cognitiva reducida a mera probabilidad estadística.

En contraposición a ese abordaje de la contingencia, del resto -lo más humano-, otro clasificado como estructuralista -aunque siempre se demarcó de este movimiento- planteará un territorio, el del lenguaje, previo a la realidad “ya constituida”, y ofrecerá una función distinta de ese resto. Trabajará con él, pero no para abandonarlo por inútil al modo de la ciencia, ni tampoco para usarlo a la manera artesanal del chamán o el bricoleur. El resto, la contingencia, será el núcleo de la “estructura”, en la que el sujeto se produce, se inserta, habla y goza. Por esta consideración el psicoanálisis recobrará otro impulso aun no extinto con Jacques Lacan.

6. Neurociencias y Ciencias Cognitivas

Con la neurobiología se aterriza en el suelo de la infraestructura cognitiva. Es el nivel más concreto de estudio de la cognición, al menos así se la concibe. Su objeto son las estructuras neuronales y moleculares. Pero en su alcance experimental intenta llegar a un cielo más humano, al usar nociones del tipo “proceso mental” o “función mental” cuando aborda la “percepción” o la “memoria” y trata de encontrar el correspondiente sustrato bioquímico y neuronal.

Los fundadores de esta tendencia fueron Karl Lashley y Donald O. Hebb. Su punto de partida es tan legítimo como el de cualquier otra ciencia. Pues se planteaban un problema objetivo: ver qué hace diferentes a las neuronas, de tal suerte que generen un sistema inteligente. El problema es que el término “neuronas” se mueve en territorio bioquímico y el de “inteligencia” se desliza entre términos asociados con otro ámbito más etéreo. Otros problemas como el de qué relevancia tiene la localización de un conjunto neuronal, o qué papel cumple la plasticidad celular de la neurona, o qué alcance hay que  conceder a la predeterminación genética siguen alimentando el cuerpo de este discurso. Por supuesto, se encuentra entre sus desvelos encontrar dónde situar la base neuronal que produce la cognición, y cuál es la naturaleza física de la conciencia

La divulgación extiende esta concepción:

“La neurociencia aplicada es una disciplina que utiliza el conocimiento sobre la estructura y el funcionamiento del cerebro para la solución de problemas prácticos. La neurociencia aplicada además se nutre de conocimientos que provienen de disciplinas clásicas como la psicología clínica, la rehabilitación neuropsicológica y la ergonomía. Actualmente, el campo de aplicación neurocientífica por excelencia es la clínica, donde se utilizan modernas técnicas de neurofeedback y neuroestimulación para el tratamiento de trastornos del sueño, dolor, tinnitus, epilepsia, trastorno obsesivo compulsivo, rehabilitación de lesión cerebral, etc.”

Y uno de los dispares ejemplos de éxito, que se presenta, reza así: 

“El neurofeedback (también llamado EEG biofeedback) es una técnica terapéutica que consiste en informar al paciente de su propia actividad eléctrica cerebral (electroencefalograma – EEG) para que éste intente regularla de forma voluntaria en la dirección indicada por el terapeuta. El neurofeedback está logrando buenos resultados en el tratamiento del trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Tras múltiples sesiones de entrenamiento, el paciente hiperactivo aprende tanto a reducir el anómalo exceso de ritmos cerebrales lentos, como a incrementar su déficit en actividad rítmica cerebral de rápida frecuencia, lo cual revierte en una reducción de los síntomas comparable a la que produce la medicación con psicoestimulantes (Butnik, 2005)”. [14]

Sin embargo, con relación a los progresos en de las neurociencias en cuanto a tratamientos con pacientes, cabría ser derrotista a tenor de las declaraciones de Allen Frances (EE UU, 1942), coordinador del DSM, quien encabezaba la denuncia de la nueva versión del DSM 5, aparecida en 2013 y que generó una gran polémica, con una rotunda afirmación: “Ningún logro de la neurociencia ha ayudado todavía a un solo paciente”. Y se extendía en aclarar el fraude del diagnóstico del TDH, que ya todos sabemos, menos quienes lo manejan como criterio en el día a día institucional: “Antes –afirmaba-había un 3% de población afectada. La previsión del DSM-IV, cuidadosamente elaborada, preveía cambios que provocarían un incremento de tan solo el 15% pero ahora un 30% de nuestros estudiantes universitarios y el 10% de nuestros alumnos toman medicación para el TDAH. Si yo hubiese escrito el DSM-5 me habría preguntado si tal incremento tiene sentido. La gente no cambia, la naturaleza humana es la misma. Lo que varía son las etiquetas. 

El manual debería advertir sobre el peligro de sobrediagnosticar, pero la nueva edición amplió las definiciones para que se pueda tratar con mayor rapidez a más gente. En lugar de curar un problema, lo agrava”[15]. De hecho, Leon Eisenberg hizo creer que el TDAH tenía causas genéticas. Pero meses antes de morir, confesó a la revista alemana Der Spiegel[16], que lo que debería hacer un psiquiatra infantil es tratar de establecer las razones psicosociales que pueden provocar determinadas conductas, un proceso que lleva tiempo por lo que «prescribir una pastilla contra el TDAH es mucho más rápido». Además, pensaba, con ese diagnóstico el sentimiento de culpa de los padres desaparece de esa forma al pensar que el niño ha nacido así y el tratamiento con medicamentos es menos cuestionable. La psicóloga, de la universidad de Massachusetts Lisa Cosgrove desveló en un estudio de 2015[17] desveló a la opinión pública que, “de los 170 miembros del grupo que trabaja con el ‘Manual de los trastornos mentales’, el 56% tenía una o más relaciones financieras con empresas de la industria farmacéutica”. [18]

En 1951, Lashley publicó un famoso artículo llamado «El problema del orden serial en el comportamiento», en el que señaló que el comportamiento secuencial complejo (es decir, en teoría de sistemas, un sistema en el que los valores de las salidas, en un momento dado, no dependen exclusivamente de los valores de las entradas en dicho momento, sino también dependen del estado anterior o estado interno; en comportamiento, es claro, que tocar una pieza en el piano no es una reacción a los estímulos que los dedos van recibiendo de roce con las teclas) no podía ejecutarse mediante una respuesta que enviaba una señal propioceptiva ( conciencia de la posición de la mano) al cerebro que luego provocaría la siguiente respuesta en la secuencia: simplemente no había tiempo suficiente para que las señales neuronales viajaran hacia el cerebro y retrocedieran. De ahí dedujo que el comportamiento debía estar controlado por un “programa central” (metáfora del ordenador), jerárquicamente organizado. Esta visión guió el estudio del comportamiento motor desde entonces, e influyó en la crítica de Noam Chomsky a la teoría del lenguaje de Skinner, alimentando el desarrollo de la teoría generativa de Chomsky. 

Sobre la validez de tal metáfora hay que hacer una observación: a la máquina lógica no se le supone sujeto… al menos hasta ahora.

Uno de los padres de la neurociencia, Hebb formuló otro principio importante para la teoría cognitiva, según el cual se produce ciertos ensamblajes entre neuronas, cierta facilitación de la respuesta. 

“Cuando el axón de una célula A está lo suficientemente cerca de una célula B como para excitarla y participa repetida o persistentemente en su disparo, ocurre algún proceso de crecimiento o cambio metabólico, en una o ambas células, de tal modo que la eficacia de A en disparar a B se ve aumentada”. Así, pues, si “El cerebro elabora recuerdos intensificando los apareamientos entre las neuronas que disparan de forma concurrente y, dado que la conexión entre neuronas se hace a través de las sinapsis, es razonable suponer que cualquier cambio que pueda tener lugar durante el aprendizaje deberá producirse en ellas. Hebb sostenía la teoría de que aumentaba el área de la unión sináptica. Teorías más recientes afirman que el responsable es un incremento de la velocidad con que se libera el neurotransmisor en la célula presináptica. Así, los procesos cognitivos se explicarían mediante la existencia de estos ensambles neuronales”.  “¿Cómo guardamos un objetoen la mente? ¿Cómo persisten los disparos neuronales en una red distribuida aun en ausencia de entradas sensoriales? Hebb sugirió que la activación sostenida en un sistema distribuido es mantenida por la actividad reverberante de circuitos neuronales recurrentes, llamados ensambles neuronales”. [19]

Pero, pese a estos principios y a otros que tratan  de conectar lo físico y lo mental, no parece suficiente para borrar del mapa toda otra concepción de lo humano y de las relaciones humanas que no pase por el filtro “científico”. Se sabe qué áreas afectadas quedan excitadas o inhibidas en el ámbito motor, en el campo de las sensaciones y en el de las percepciones, incluso se puede detectar mediante el electroencefalograma (EEG) qué grupos de neuronas del cerebro quedan excitadas o inhibidas en una gran parte de procesos más complejos, tales como entender algo, atender a algo o memorizar algo. Pero de poder registrar la transducción (conversión en señal eléctrica cualquier estimulo externo o interno) a explicar por qué alguien piensa lo que piensa o siente lo que siente hay un abismo. 

A.R. Damasio reconocía al tratar la “sombra de la genética” en su obra de gran difusión El error de Descartes, que “el perfil impredecible[20] de las experiencias de cada individuo tiene algo que decir en el diseño del circuito (cerebral), tanto directa como indirectamente, a través de la reacción que desencadena en las circuiterías innatas, y las consecuencias que tales reacciones tienen en el proceso global de la conformación de los circuitos”[21]. Y en otro lugar define al yo como “un estado neurobiológico perpetuamente recreado”. Efectivamente esa imprevisibilidad de lo experimentado y de lo que alguien puede hacer o decir, nos lleva a otro tipo de apreciaciones a la hora saber o de barruntar, lo que podemos esperar de alguien en un determinado momento, y nos aconseja otras maneras menos artificiosas de abordar estos asuntos. La literatura está plagada de dramas y de situaciones sugerentes en este sentido, muchas veces más acertadas, que los meticulosos seguimientos neuronales y estadísticos de la conducta humana.

7. IA y Ciencias Cognitivas

Quizá la confluencia más prestigiosa recibida con los brazos abiertos en el ámbito cognitivo haya sido la inteligencia artificial por el desarrollo vertiginoso alcanzado y por la multitud de aplicaciones operativas, que día a día se consigue crear. 

La IA no trata de elucidar los mecanismos y representaciones responsables de la inteligencia, lo que hace es construir procesos inteligentes a partir de las posibilidades computacionales de los dispositivos. La IA nace paralelamente a la “revolución cognitiva” y se convierte, a su vez, en producto de las distintas ciencias cognitivas. Se trata de construir una serie de reglas que permitan a un ordenador la búsqueda de soluciones a un problema, sin que dichas soluciones estén en el programa inicial. 

Una máquina es inteligente, si es capaz de percibir su entorno y tomar acciones que maximicen su probabilidad de éxito.[22]Efectivamente debe haber una aplicación capaz de, a través de un  sensor, “ver” qué pasa a su alrededor, sea este el de una circulación incesante de información digital, sea el del entorno terrestre para detectar un gas, o sea el de detectar cierta temperatura a partir de la cual activar una serie de dispositivos. En definitiva, sea cual sea el medio “percibido”, operar sobre un conjunto de los elementos entrantes y tomar una decisión.    

Otro principio importante de la IA es aquel que obliga a proceder de forma que su probabilidad de éxito sea máxima. Por ejemplo, una aplicación que informa de nuestra localización a través del GPS no es inteligente; pero una que calcule la mejor ruta a destino, teniendo distintas variables (tipo de vías, posibles atascos, etc.), sí lo es (…) Pero la inteligencia no está en la recepción de datos o de señales, ni siquiera en el almacenamiento ingente (Big Data) de datos… “La inteligencia está, para comenzar, en analizar esa señal, compararla con señales anteriores (mías y de otros), distinguir que es mi voz, mapear esa señal a un texto (basándose en cómo lucía la señal para textos anteriores que tiene registrados, míos y de otros), y escribirlo. Esto se llama reconocimiento del habla, y es un ejemplo de manual de un área que en los años 90 disparó su performance utilizando aprendizaje automático”.[23]

Pero la IA es inteligente porque decide desde programas, valores y pautas sobre los que se establecen expectativas. Si actuará con decisión “propia” en función de “percepciones” de rasgos seleccionados previamente, y tomara la decisión de realizar algún tipo de acción mediante robots, armamento o cualquier otra aplicación, efectivamente sería tan imprevisible como un sujeto. Lo temible es que difícilmente podríamos esperar de esa máquina un sentimiento de compasión, de solidaridad o de piedad que evitara lo peor. El sujeto estaría tan ausente como en las cadenas lógicas de sus algoritmos, y sería simplemente un punto de probabilidad entre las posibilidades de que produzca una determinada forma fonética (PF) de Chomsky o un esperado ensamblaje neuronal con sus consecuencias bioquímicas. 

Pero el sujeto, en el que nos reconocemos, no deriva del discurso científico, sino del efecto de los dichos, y de la escritura, acordados por la razón dialógica, menos necesaria pero más atenta a la particularidad humana. Somos sujetos de deseo, a veces indescifrable incluso para quien lo experimenta. Somos sujetos identificados a significantes que nos conducen por caminos trillados o no. Si somos padres, no sólo lo somos biológicamente, existe un modo de ser cifrado en la cuna de lenguaje, que nos señala como criatura que simplemente nace o como criatura que se toma y acepta. “Padre”, “madre”, “hermano”, “amiga”, “compañero”, o, “catalán”, “andaluz” o “socialista”, etc., con los decires y tareas que se les asigna, no pueden ser explicados desde los ensambles neuronales, por muy complejos que estos sean. Pero, además, en cada uno de esos casos, no somos sólo eso. La identidad no agota el deslizamiento por el lenguaje y la vida que despliega el sujeto humano. Somos en sociedad, sujetos-soporte del derecho civil, del derecho penal, de cada uno de esos derechos instituidos históricamente, que nos sirven para formar colectividad y orientar nuestra vida… en fin, difícil encontrar todo ello en la nomenclatura bioquímica o en el decurso de la transducción, en donde todo se convierte en energía, en electrones veloces y centelleantes. ¿Habremos de erradicar de nuestras universidades y dejar desguarnecidas sus filas a las míseras humanidades no científicas ni directamente productivas, y además sin posibilidad de generar valor añadido?  El tiempo lo dirá. Mientras tanto, en otra próxima entrega les expondré algo sobre el maridaje del cognitivismo y el gerencialismo o management.  

Sergio Hinojosa

Cruce Ciencias Cognitivas/Management

La inserción de las categorías del cognitivismo en el factor humano, allí donde se encuentran, traspasa la línea de la mera influencia para formar parte de una estrategia planificada y perfectamente estructurada. Los organismos y corporaciones globales en la Red, las instituciones internacionales y estatales, así como las administraciones de todo tipo han adoptado su funcionalidad, permitiendo un nuevo control y manejo de las tareas y cometidos asignados al estudio, formación, profesión u oficio de cada sector de la población. Igualmente, la prestación y recepción de servicios se ha visto formateada por el mismo lenguaje. 

En el territorio de los estados nacionales, mediante la estandarización y la nueva conceptualización y categorización del “material humano” -concebido como dúctil y versátil-, se accede a un control más homogéneo y eficiente. La sociedad de la información, gracias al desarrollo exponencial de la tecnología de la comunicación y de la información, ha permitido esta remodelación de la fuerza de trabajo, integrándola de manera tipificada (perfiles) en cualquier proceso de extracción del beneficio. Esta nueva funcionalidad parece sincronizar con las nuevas estrategias geopolíticas de las grandes potencias, que parecen transitar de la unidad política (la polis) hacia una desterritorialización de la explotación, sobre de esa nueva fuente de valor que es el talento. No se trata tanto de la veracidad, exactitud, evidencia o verosimilitud de sus categorías, cuando de construir una experticia, con sus agentes y sus centros de decisión controlados en lo relativo al factor humano (sea considerado éste de manera individual o colectiva), para sustituir a los antiguos centros y evitar someter a debate y a crítica las decisiones tomadas. 

Universidades, entidades de formación, institutos de investigación, sistemas escolares –cada vez más permeables a las nuevas exigencias- pero también empresas, corporaciones, entidades financieras y organismos de estandarización, de evaluación y de calificación, pasando por los de gestión y diseño de los recursos humanos, van adoptando un lenguaje capaz de clasificar, ordenar, seleccionar, evaluar y legitimar los nuevos dispositivos de control de decisión (Agencias, Entidades de homologación, certificación, evaluación y estandarización, organismos de control financiero, agencias estatales y gubernativas, etc. )

Pues bien, el lenguaje que provee a estas fuentes es un lenguaje de fusión, compuesto a partir de dos líneas fundamentales: la de las llamadas “Ciencias Cognitivas” y la propia del gerencialismo (Management), cuyas categorías han sido reordenadas y remodeladas a partir de estas mismas ciencias.

Una suerte de psicologización ha penetrado, no sólo en la vertebración experta de la organización universitaria y el sistema educativo, sino en el seno de las organizaciones empresariales y corporativas, para ganar influencia sobre la propia sociedad y sustituir a la vieja mentalidad humanista, con sus resonancias utópicas, por una organicidad y una mentalidad individualista y pragmática. 

Las nuevas categorías definen, clasifican, distribuyen, sirven de rejilla a criterios evaluadores y nutren las mimbres de los perfiles, que informan las decisiones adoptadas sobre  cualquier “recurso humano”. Decisiones que dibujan un nuevo panorama en el seno de las instituciones, de las empresas,  de las fábricas, de las universidades o de cualquier otra organización. Un nuevo souci de soi, un saber y cuidado de sí, capaz de reducir toda relación humana a simple estrategia de extracción, una vez liberado del peso de la colectividad política. 

Pues bien, este lenguaje se extiende y coloniza el globo, porque sus categorías han sido incluidas para modular el factor humano en la “Academia”, en las instancias de gobernanza de la Red, en las partes interesadas (stakeholders) sociales, empresariales y financieras; y, por otra parte, en los organismos de estandarización, acreditación, certificación y evaluación a nivel global. La vieja y variopinta terminología y los conceptos derivados de las antiguas disciplinas como sociología, historia o filosofía y, de manera más evidente, la política, formaban discurso sin por ello deberse reconocer como “ciencia”. Daban así, cierto lugar al no saber sobre el otro y, por tanto, preservaban el enigma, el interés, el deseo y la búsqueda de lo que se sustrae del semejante. No todo se subsumía en la identidad consagrada en nuestra época. Esos discursos oscilantes, que evitaban cargar de certezas el árbol humano, han quedado en los márgenes de una actualidad sin memoria. Ahora, en la época paradójica de la postverdad, es la “ciencia” la que fija inmemorial toda certeza sobre el factor humano y la experticia la que legitima identidades sin resto. Y esa “ciencia”, que no es más que experticia revestida (Management + Ciencias Cognitivas), sirve ante todo para fijar en categorías “científico-expertas” inapelables todo lo concerniente a lo humano.

Los sedimentos de esta nueva lengua franca, y de la cultura que promueve (la Cultura de la Calidad y la Excelencia, TQM[24]), proceden de flujos distintos. Pero el aluvión ha acabado por encontrar un cauce común al beneficio, a la eficiencia clasificatoria y al pragmatismo. 

A. Martinet[25] describía el pragmatismo del Management como conocer para obrar, conocer obrando, obrar para conocer. Lo que permitiría una suerte de retroalimentación de la supuesta ciencia unificada del Management. Teorías clásicas como las de Frederick W. Taylor, Henry L. Gantt y Frank y William Gilbreth, Max Weber o Elton Mayo, Abraham Maslow, etc. dieron paso a finales del siglo XX, sobre todo a partir del inicio de la globalización, a teorías que focalizaban el conocimiento como núcleo del desarrollo económico. Es a Peter F. Drucker, a quien se considera el iniciador del management moderno, pues este economista austríaco centró su atención teórica en la sociedad de la de la información y del conocimiento; también a Fritz Machlup, quien popularizó la expresión “sociedad de la información” y escribió la influyente obra Knowledge: Its Creation, Distribution, and Economic Significance

Los cambios en el siglo XX reforzaban, con la aplicación estadística de la sociología y la psicología, los aportes del taylorismo clásico, esto es, el aumento de la productividad y la eficiencia en base a la motivación del trabajador, el autodesarrollo y aprendizaje autónomo, el enriquecimiento de los puestos de trabajo, el trabajo en equipo, el sentido de pertenencia, la estima social y el “emponderamiento” (empowerment) etc. Pero actualmente, con la revolución 4.0 se ha dado un paso más. La globalización, con la revolución tecnológica asociada a  la IA y a la robotización, permite una interconexión de los centros de decisión y conserva en su extensión terminológica, la psicologización del trabajo, del esfuerzo y del éxito, pero impone, por ello mismo, una dinámica mucho más agresiva y potente: aprendizaje permanente, mejora continua (círculo de Deming), innovación continua, transferencia de conocimiento, trabajo colaborativo, desarrollo de ecosistemas económicos, revolución digital del marketing, de las finanzas, del mercado. 

El ejercicio de la gobernanza gerencializada permite decidir, planear y presupuestar, construir y organizar, adquirir medios y recursos humanos (staffing); e instrumentalizando estos recursos, también persigue, sin demasiadas trabas políticas, controlar y resolver los problemas propios de la organización y de sus relaciones con su entorno, incluso remoto. Además, produce predictibilidad en sus procesos, los ordena, y puede conseguir los resultados esperados por los stakeholders a corto y medio plazo.

Pero de la mano del gerencialismo viene -como se dice, “para quedarse”- un sustituto gerencialista de las élites intelectuales: el liderazgo, con toda la sofisticación de tecnologías del poder aportadas por el cognitivismo, tanto en el tratamiento individual como colectivo.

Liderar se define como el establecimiento de la dirección en una organización, pero también, como un saber alinear a sus miembros, motivarlos e inspirar su actividad. En este sentido, es el staff que produce la escena en donde se desenvuelve toda la actividad de la organización, por ello, es un elemento no sólo dinámico sino altamente dramático. Las relaciones humanas que contiene la organización (tendente a la corporación, es decir al cierre sobre sí misma y sus valores) van a depender mucho de ese liderazgo. El liderazgo aúna a personas, estrategias, alianzas y recursos, por eso es un elemento muy valorado, por ejemplo en el sistema de evaluación europea de la EFQM[26]. Y por eso también, tiene su reflejo no sólo en las corporaciones y organizaciones empresariales, sino en la propia sociedad y en sus nuevas formas organizativas, desde las instituciones a las ONGs, desde la escuela a las simples asociaciones, todas en pos de “la calidad”.

Y en este contexto de máxima competencia, el talento pasa a ser el valor esencial de todo proceso económico, tanto en el día a día de las empresas como en el marketing, como en las finanzas como, en general, en la gestión de los recursos humanos.

Cruce Empresarización/Lenguaje fusión

En el ámbito empresarial, los nuevos vocablos, enriquecidos por la aportación del cognitivismo, con sus estrategias de dirección y dinámicas grupales, sus estrategias de valoración y emponderamiento, de motivación y recompensa, etc., vinieron a fundirse con los ya existentes de la gestión, para revertir luego su bagaje en la sociedad, en tanto su horizonte se ha ido empresarizando. Progresivamente se ha asentado su grava conceptual, para depositar en rígidas costras inasimilables sus definiciones, perfiles, aristas y conceptos. Y a través de su tedioso y lento avance, las organizaciones se han vuelto más y más rígidas humanamente, aunque han ganado una ligereza banal e imaginaria, compatible con la felicidad del mercado global y las nuevas condiciones precarias y cambiantes del trabajo. Mientras esto sucede, se extiende el modelo empresarial a toda organicidad social. Y con el modelo, también se extiende como mancha de aceite este lenguaje de barro y piedra, veteado por los tonos apagados de las ciencias cognitivas, para depositar subrepticiamente sus imperativos y modelar la mentalidad y los estilos de vida de los ciudadanos. Éstos, trasmutados en usuarios de servicios y en consumidores, corren el peligro de claudicar como sumisos miembros de colectivos identitarios plegados a sus propios repertorios, divulgados medaiticamente.

La inserción de la terminología cognitiva en el management ha venido de la mano de una extensión de la teoría y la tecnológica de la información (gracias a la Red), poniendo en primer plano procesos comunes como la “memoria”, la “percepción”, la sensibilidad (sensores), la “interacción” maquinal, la “inteligencia” (artificial), que ha hecho posible el cruce académico y empresarial de estas categorías comunes, y la remodelación de  las mismas aplicadas a lo humano: la “sensibilidad” social, “gestión de emociones”, “toma de decisiones”, “responsabilidad” (sobre todo la empresarial), “autoestima”, “inteligencia emocional”, “motivación” de los empleados, trabajo en “colaboración”, etc. 

La terminología ha calado en los distintos ámbitos de organización y de actuación empresarial, así como en la formación de sus elementos. Esta terminología estándar está presente en toda estrategia empresarial, tanto en el ámbito o campo de actividad (Scope) como en relación a las  capacidades  o  competencias  distintivas de la empresa (recursos físicos, técnicos, financieros, humanos…) y en el de las habilidades (tecnologías, organizativas,  directivas…) presentes y potenciales que posee y domina determinada empresa. También sirve para definir sus competencias, atendiendo a las características de su personal, a los métodos y tecnologías que se apliquen y a la organización y a su sistema de valores (también estandarizado). 

En relación al exterior, de cara a la competencia, la terminología define y caracteriza los instrumentos para gozar de las  ventajas  competitivas. Además, todo lo relativo a la sinergia, que implica la búsqueda del efecto confluyente positivo, es decir, el aprovechamiento de  las interrelaciones entre las distintas  actividades, recursos, habilidades, unidades organizativas, etc. de la empresa, para conseguir  que  el  conjunto  permita  crear  más  valor del  que se derivaría de la actuación separada de dichos elementos.

En todas estas fases críticas del proceso estratégico empresarial, ( y también cada vez más en el institucional), desde el punto de vista  práctico, el lenguaje no juega un papel meramente descriptivo, también organiza la cohesión social interna de esas organizaciones para motivar, disuadir, alentar, etc. Así, tanto en la “conceptualización del negocio”, como en el enfoquevisión de hacia dónde enfocar la organización y valores que se pretende asentar; como en la dotación de una finalidad o “misión”, es decir, la respuesta a la pregunta ¿en qué se quiere convertir?, este lenguaje dota de sentido y dirección a toda actividad. Y afinando, por ejemplo esa misión, acaba por penetrar en el tiempo inmediato, para recrearla como objetivos a corto, medio y largo plazo. Agendas  de cumplimiento, coaching, foros, encuentros, etc., sirven a su divulgación y enraizamiento. También la nueva terminología sirve para chequear y evaluar los procesos y resultados, con vistas a corregir el sistema. En todos estos tramos rige el lenguaje gerencial mezclado con el cognitivo, en tanto entra en juego el factor humano. 

Conceptos como: “buen gobierno”, “buenas prácticas”, “misión”, “objetivos”,  “estrategias”, “gerencia”, “políticas” (en el sentido de pautas establecidas para respaldar esfuerzos con el objeto de lograr las metas ya definidas), “mercadeo”, “fortalezas”,  “debilidades”, “oportunidades”, “amenazas externas”, “riesgos”, “resultados”, “control de proveedores”, “penetración en el mercado”, “crecimiento”, “innovación”, “aprendizaje”, “eficiencia”, “eficacia”, “grupos de interés” (stakeholders), “toma de decisiones”, “mediación”, “destrezas”, competencias”, “transferencia de conocimiento”, cercan el campo de los sistemas de gestión, generando un cúmulo de experiencia y conocimiento corporativo o know how que, al filtrarse en la “Academia” y en el sistema escolar, se convierte en bagaje común de la sociedad. 

En definitiva, una terminología orientada hacia el conocimiento corporativo con claves distintas a las usadas por el ciudadano que, acostumbrado a los espacios públicos y privados, inmerso en estrategias de fines personales o sociales bajo el horizonte espontáneo del flâneur o bajo las exigencias y la protección estatal como estaba, se ve sorprendido de pronto con esta colonización de la experticia en un horizonte abierto e incierto.

Si el poco tejido jurídico e institucional que queda de los Estados cae, eclipsados los derechos conquistados, todo ciudadano pasará a ser, exclusiva y fundamentalmente, “recurso humano” disponible en todo momento y con posibilidad de ser destinado a cualquier lugar. Y como tal recurso deslocalizado, requiere de una “formación continua”, de un mantenimiento activo y de un reciclaje, y lo que es más importante, de una lengua con la que formatearlo. De hecho ya, tanto en el sistema público como en el empresarial, toda formación queda bajo la égida de este lenguaje. En definitiva, se trata de configurar los “recursos humanos” para que sean lo más eficientes y rentables posible. 

Desde el punto de vista corporativo-empresarial, este “recurso” es considerado, no en el marco de un Estado de derecho, sino en el marco de otros “capitales” o “activos”. Tales capitales forman funcionalmente tres categorías: 

1. El “capital humano” (RRHH o HC), propiamente dicho, se describe a partir del “conocimiento”, la “experiencia”, la “motivación”, las “competencias” de los miembros de la organización. Y como estamos en un sistema capitalista, dicho capital es tan sólo un capital prestado, pues ninguna organización es propietaria del mismo. De hecho, una de sus características fundamentales es su movilidad. Por ser móvil, puede entrar y salir de la organización. En este sentido,  a los miembros de una organización se les considera “inversores de conocimiento”.

2. El “capital estructural” (SC), que está representado, por ejemplo, por los “procesos definidos” y protocolos, la infraestructura de TI[27], las “vías de comunicación”, las “máquinas”, y por el sistema (formal e informal) de reglas pertinentes para el sector o “cultivo” determinado. Este capital puede ser propiedad de la organización. La automatización, la robotización y la inteligencia artificial están cambiando su fisionomía. 

3. Capital Relacional (RC), que describe la relación con todos los asociados pertinentes, principalmente clientes, proveedores, organizaciones financieras, centros de investigación, etc. El RC también incluye la imagen y la reputación de una organización hacia estas organizaciones pertinentes.

Pues bien, el capital humano es el fundamental para la rentabilización de los otros, y es el que está siendo reordenado y reconfigurado a partir de un lenguaje “preciso” para su uso. Así, desde el inicio, debe ser clasificado, ordenado, seleccionado y formateado (escuelas, centros de enseñanza, centros de formación, universidades, etc.) para ponerlo a funcionar como tal “recurso”. Y es ese lenguaje, el que permite orientar y cribar, para optimizar la transmisión y la reproducción de las condiciones aptas para el beneficio. De hecho, a este lenguaje, generador de un conocimiento sobre el control humano, se le supone incentivar las ventajas de un sistema de gestión del conocimiento corporativo modélico, que parece ser el deseable. Y esto, porque aumenta la producción, reduce sus tiempos, consigue ganar en eficiencia y, por si fuera poco, logra reducir el gasto generado. 

Este know how empresarial entra a veces, como toda novela negra, en el terreno del secreto. Un saber secreto –sin otro interés que el lucrativo-, que muchas empresas guardan celosamente para posicionarse mejor y elevar sus ingresos. La gestión de este conocimiento plasmada en este lenguaje y una definida y adaptada terminología del mismo, permiten multiplicar las posibilidades de éxito frente a competidores, además de garantizar la supervivencia de la organización a medio y a largo plazo. 

A este lenguaje, como al de la ciencia, se le exige estar bien definido, (lo cual no implica que responda a criterios de verdad), pues de otro modo, no permitiría la indización y ordenación, ni la disponibilidad del conocimiento para su uso, tanto por los empleados ya adscritos como por los nuevos. Y como se sitúa en un background de “riesgo”, Su terminología se refiere no sólo a situaciones de éxito, sino también de fracaso, para rentabilizar el mismo y prever, para convertir los riesgos en oportunidades de éxito. Las exigencias internas a su uso, lo convierten en un lenguaje, al que siempre hay que adaptarse de manera experta, para facilitar la dinámica del propio medio empresarial, y al cuál, hay que mantener tan actualizado como el interés que lo mueve. Además, su amplitud semántica y su sentido  se sitúan en el horizonte del pragmatismo y el funcionalismo y, por tanto, dentro de los límites de lo útil y aplicable al negocio.

Cruce “Academia”/Normalización

El término “Academia”, que sirve para caracterizar a una de las “partes interesadas” (stakeholders) en todo proceso, se refiere, en realidad, a los expertos de las universidades, centros e institutos de investigación que, de un modo u otro, quedan ligados en algún momento a la “toma de decisiones” con alcance económico. Pero, por extensión, dado que esta dinámica ha remodelado los sistemas educativos, puede usarse ampliándose a todo campo educativo y formativo. La Academia tiene un papel fundamental en la generación y mantenimiento de este lenguaje, y en los organismos que extienden e implementan la nueva normalización ligada al mercado global. 

Gracias a la extensión que hace la “Academia”, las categorías derivadas del cognitivismo y del ámbito gerencial han configurado una tecnología del control sobre un conjunto ordenado de individuos, sea en el ámbito económico, en el político, o en el socio-cultural. La terminología cognitiva, más allá de la experticia gerencial, presta a esa tecnología del control su vertiente “experta”, más desarrollada y “científica”, y sirve además de puente entre la Academia y el tejido económico empresarial, para mediante una experticia adecuada, comunicar ambos lenguajes y sus prácticas enriqueciendo sus aportes. 

La fusión de lenguaje de las CC y el Management se produce a multinivel y en procesos continuados. Desde la enseñanza básica a la profesional e investigadora. Primero copando la formación básica, reformulando la socialización primaria y el sentido vincular con las instituciones. El nexo privilegiado parece ser concorde al mercado, por tanto  en clave de demanda/satisfacción. Más tarde se aplican los filtros tanto a los procesos (evaluaciones, clasificaciones, etc.), como a los contenidos y resultados, para cribar a las personas con las nuevas categorías y enfoques. Así circulan nociones como: “competencias”, “habilidades”, “procedimientos”, “aprender a aprender”, “mejora continua”, evaluación y autoevaluación continua, etc. 

Universidades, centros escolares, hospitales, pero también instituciones gubernamentales y administraciones, entidades culturales y museos, entes financieros y de inversión, todas estas organizaciones han sido transformadas con arreglo a los estándares de calidad. Como se puede observar en cualquier trabajo, dedicación o estudio, la permeabilidad de todas estas organizaciones a la penetración de sistemas de ordenación, clasificación, evaluación, certificación, etc., hace posible la introducción de “herramientas” normalizadoras como la ISO para lograr una uniformidad mayor en base a la Cultura de la Calidad, plegada naturalmente a los intereses empresariales de eficiencia, productividad, y resultados. 

Naturalmente, estos instrumentos normativos están maquetados en este lenguaje de fusión. Su incidencia en las legislaciones de los servicios educativos y sanitarios ha sido clara. Y quizá donde se haya hecho más patente haya sido en la educación. 

Desde principio de siglo ha existido un proceso de adaptación legislativa a los nuevos modelos organizativos promovidos por la OCDE, mediante dichos instrumentos normativos[28]y programas de convergencia educativa; la colaboración formación profesional-empresa a través de programas de formación, la introducción de experticia directa en el ámbito educativo  como los servicios de orientación o transversal (programas con monitores para la formación sexual, de género, de mediación, etc.) han coadyuvado a implementar un lenguaje cuyo horizonte natural es una visión cientificista y naturalizada del ser humano y un horizonte de beneficio y eficiencia en el terreno social, relegando aspectos de la formación humanística a meros adornos externos y superfluos. La simplicidad y la adhesión han sustituido al pensamiento crítico. 

Indicadores estándares, con una categorización a nivel supranacional de los procesos implicados en la producción y los servicios, así como de las categorías que ordenan los recursos y sus características extienden una terminología que, en cuanto trata de especificar algún rasgo humano particular en el contexto de referencia obligada a sistemas co-extensivos con la máquina- sea de los imputs o los outputs, de la percepción o de la memoria, de la sensibilidad o de la emoción, de la inteligencia o de la habilidad motriz, se recurre a una matriz explicativa cognitiva.

En nuestro país, en lo que atañe a la educación, este esquematismo nacido de la teoría cognitiva y del gerencialismo llegó relativamente tarde. La LOGSE 1990, fue sólo una aproximación “constructivista cognitiva” a este instrumento para la convergencia. Con esta ley se pretendía modernizar la LGE de 1970, considerando además, la propia ley como el instrumento por excelencia de la reforma y del cambio, en aras de una convergencia con Europa. También se perfilaba en ella al ciudadano ideal, concebido como usuario y consumidor responsable, además de ser objeto del aprendizaje y de una educación en valores. Pero aún no asomaba esa “cultura de calidad” que luego será el eje de la política bajo el signo de toda clase de asesores expertos. En 1995 aparece la Ley Orgánica 9/1995 de la Participación, la Evaluación y Gobierno de los Centros  Docentes (LOPEG). En su apartado d) se lee “Se establecerán procedimientos para la evaluación del sistema educativo”. Pero es sobre todo a partir de la adaptación de la NORMA ISO en 2001 a la educación -labor que concreta la Guía para la aplicación de la Norma ISO UNE-EN 9001: 2000 en Educación-, cuando los criterios organizativos, “aconsejados” por las agencias de calidad, comienzan a influir de manera decisiva sobre la administración y sobre las políticas educativas. Esta guía será publicada por AENOR (Agencia de Española de Normalización) -agencia nombrada, hacía ya tiempo, representante de nuestro país en los organismos de normalización internacionales, sirvió de base para las posteriores legislaciones educativas. En Ley de Calidad de la Enseñanza de 2002 (LOCE) aún se habla de “formación humanística”, pero también de la necesaria adecuación a Europa. Esta modificación en la concepción de la enseñanza, reducida a adquisición de habilidades, valores  y competencias mediante el aprendizaje, y sobre todo mediante el “aprender a aprender”, va acompañada de una modernización  que se considera  propia de la “sociedad de la información”: la transformación técnica de la comunicación y la información. En 2003 se pone en marcha este proceso de modernización con el Programa de Incorporación de las Tecnologías de la Información, seguido de la creación de centros TIC. En 2009 se promueve la última actuación en este sentido, que trata de implementar la tecnología WEB2.0 en el Proyecto Escuela TIC 2.0 (web2.0). En 2006 se aprueba la Ley Orgánica de Educación (LOE). Está ley, ya plenamente redactada en un lenguaje cognitivo, se ocupa, desde el comienzo, de “construir” la personalidad de los alumnos. Atiende a las diferencias, a  los valores, recogiendo las supuestas demandas sociales multiculturales. Los principios que sustentan esta ley son tres: 1) Una educación universal, para todos “adaptada a sus necesidades” (individuales pero orientadas a la “demanda social”, esto es, básicamente empresarial). 2) La necesidad de que “todos los componentes de la comunidad educativa colaboren”. Se incluyen los mecanismos de participación de esos componentes. Y 3) la necesaria convergencia con los objetivos europeos. Con esta ley se potencia también la relación de la educación con el Instituto Nacional de Calidad y Evaluación, instrumento disponible en aquel momento para el chequeo del sistema. Se introduce además, la materia de Educación para la ciudadanía, en línea con la persecución de esa convergencia en valores europea. Se crean los centros TIC desde los 5 años y se introduce la Evaluación Inicial de Diagnóstico. En 2008 se da un paso decisivo hacia la implantación de los sistemas de control de calidad en educación. Se constituye y se dota de estatutos la Agencia Andaluza de Evaluación Educativa. Esta agencia, dotada de amplias funciones sobre el sistema educativo, posee dos componentes básicos en su organización que repercuten naturalmente en el funcionamiento. Por una lado el componente político-administrativo, por otro el técnico organizativo y supervisor más decisivo. 

A partir de aquí, la educación, en sucesivos y contradictorios actos legislativos -en algunos de los cuales, Ley Wert, se incluían elementos excéntricos de privatización (de rosario y peineta). España aún seguía siendo diferente, pese a todo, la transformación estaba en marcha conforme a los criterios de la Cultura de la Calidad, para entrar en el ranking de evaluaciones y acreditaciones. Una dinámica compleja y no demasiado satisfactoria.

Cuando una organización, una institución o un centro aspiran al Certificado de Excelencia deben, de entrada, cumplir antes los requisitos marcados en la autoevaluación. Entonces llega el momento de la solicitud, pudiendo aspirar a un Certificado olímpico de Bronce (300 puntos), uno de Plata (más de 400) o uno de Oro cuando se alcanzan los 500 o se sobrepasan.

El organismo que acredita -a demanda- es la EFQM (European Foundation Quality Management). Esta organización fue creada en 1988 por los presidentes de 14 importantes compañías europeas, bajo los auspicios de la Comisión Europea. Actualmente, con sede en Bruselas, cuenta con más de 500 socios repartidos en más de 55 países, desde pequeñas compañías hasta grandes multinacionales, institutos de investigación, escuelas de negocios y universidades.

La EFQM se presenta, paradójicamente, como un modelo no normativo, para garantizar que la autoevaluación (esa que entretiene la labor diaria de las instituciones) se realiza periódica y correctamente, de tal modo que la organización autoevaluada es conforme a los fines que persigue. La autoevaluación debe hacerse según el modelo de EFQM, es decir, el que ofrece esta fundación europea para la calidad. Naturalmente, en todo este proceso la organización puede ser asistida por expertos de la EFQM.

Ahora bien, aspirar a este galardón exige un largo camino. En primer lugar determinar la planificación y la elección del método supuestamente adecuado para la autoevaluación. Luego, la preparación del material para dicha autoevaluación, esto es, los cuestionarios oportunos del sistema PERFIL y, en lo que corresponda, los formularios de la Lógica REDER que miden los aspectos relevantes (determinar los Resultados a conseguir; planificar y desarrollar los Enfoques; Desplegar los enfoques; y Evaluar y Revisar los enfoques y su despliegue. – todo un mundo de milimetrías estadísticas y de reducciones de la voluntad y la opinión a preguntas prêt à porter, esas en las que uno nunca se reconoce, pero que se ve obligado a hacer). Debe, además, cumplirse con el requisito de la formación exigida en autoevaluación y “Cultura de Calidad” TQM (Total Quality Management), importante para esta reconversión de las administraciones y de los centros, en este caso de los equipos directivos. Y, por último, debe determinarse un Plan de Acción, para corregir los aspectos de no- conformidad total, normalmente consistente en tres objetivos prioritarios.

Una vez realizada esta autoevaluación, asistida o no, a los seis o nueve meses, entrará en acción un proceso de verificación. La Agencia del ramo, como validador independiente (más allá del bien y del mal), hará una visita para comprobar esa implementación y “verificar” esa autoevaluación. Pasados estos trámites, el visitador (figura tan temida de nuestra Teresa de Jesús) enviará la documentación al ENAC para, si corresponde, recibir el certificado. En todo esto hay que sospechar, sin mala fe, pero atendiendo a las tendencias históricas anteriores, que el proceso burocrático acabe siendo un clisé automático, que estorbe un tanto la función, pero que quede tanto más facilitado cuanto mayor sea la rutinización de tales solicitudes y verificaciones. La enseñanza corre, al igual que otros servicios, el peligro de quedar orientada hacia la picaresca de saltar y olvidar con éxito estos obstáculos más que a impartir las materias adecuadas o, en el caso de otros servicios, cumplir con su función originaria.

En todo caso, los aspectos que se miden para la excelencia se dividen en dos tipos y son los siguientes: a) Por una lado los llamados “Agentes Facilitadores”. Son los que atañen a la organización propiamente: El Liderazgo que promueve la TQM, (las siglas son talismán para el experto científico) alcanza un máximo de 100 puntos. La Política y estrategias de la organización (objetivos, planes y acciones), que obtiene un máximo de 90 puntos. Las Personas (aprovechamiento de los “recursos humanos”), un máximo de 80 puntos. Las Alianzas y recursos (las alianzas se refieren a las relaciones con otras instituciones, etc.) un máximo de 90 puntos. Y, por último, la Mejora de procesos mediante la innovación, adecuación de los servicios a los clientes, y gestión de los recursos, un máximo de 140 puntos. Sumados los ítems de este conjunto puntúan un máximo de 500.

b) Por otro lado, a todo esto, se suma el llamado “Grupo de Resultados”. Ello corresponde, supuestamente, a las puntuaciones alcanzadas en orden a los resultados obtenidos, previstos por la organización: Los Resultados en las personas (lo que se ha conseguido de personal), con un máximo de 90 puntos. Los Resultados en clientes o usuarios (lo que supuestamente se ha conseguido, en este caso con alumnos y familias, en el caso de la enseñanza secundaria), con un máximo de 200 puntos. Los Resultados en sociedad (lo que se consigue en el medio social), con un máximo de 60 puntos. Y, por último, los Resultados conseguidos en procesos claves, esto es, en aquellos procesos que se consideran primordiales para la mejora del funcionamiento y el cumplimiento de los objetivos de ese centro, hasta un máximo de 150 puntos. Así, el total de este bloque suma un máximo de otros 500 puntos.

Adquirido el anhelado Certificado, los efectos duran tres años, durante los cuales habrá un seguimiento; y acabado el plazo, la organización podrá solicitar de nuevo la validación del certificado. De modo que la evaluación -como la Gloria- es perpetua. Es verdad que optar por la excelencia es una decisión libre, pero también lo es que puede crearse una dinámica de exclusión para aquellos centros, entidades, organizaciones o incluso instituciones, que no logren “posicionarse” ventajosamente en el ranking.

No tenemos más que mirar algún organigrama y observar algunos elementos de cualquier servicio o empresa, para comprobar que un cierto aire de familia recorre toda organización. Por ejemplo, la dinámica diseñada para los centros escolares pasa por cuatro momentos, parecidos a otras organizaciones, cada uno de los cuales queda sometido a un control experto específico. 

En primer lugar, el Plan. Se trata de la planificación de las distintas políticas que afectan a todo centro: en este caso, política educativapolítica de responsabilidad social y política de control de calidad. Estas tres facetas conjugadas dan como resultado un Plan estratégico para dicho centro. Un plan que debe definir y determinar los procesos necesarios, para la obtención del servicio que satisfaga al usuario, que cuente con los recursos necesarios y que contemple los mecanismos para el seguimiento de tales procesos El objetivo de este seguimiento es la prevención de no conformidades, además de tener previstas las medidas para la mejora. Los procesos para esta mejora se cifran en: corregir cualquier “no conformidad” que surja, analizar las causas de estas “no conformidades” para evitar que ocurran y responder a las reclamaciones de los clientes.

En tal estrategia, deben estar contemplados todos los sectores implicados (stakeholders) en la comunidad educativa: alumnos, familias, personal, administración y sociedad. El plan estratégico se deriva pues, de un Proyecto, también denominado “Misión”. Dicho Plan estratégico se concretará en el Plan Anual de Centro, del que derivará la autoconsciente, autoevaluada y transparente razón práctica diaria: Descartes conseguido, Freud desestimado.

En segundo lugar, la realización cotidiana de los objetivos marcados en el Plan de Centro. En este día a día, deben estar implantados los mecanismos de seguimiento y control de la calidad, establecidos por la política de control de calidad. Esto se traduce en un verter la experiencia educativa en datos mensurables e informes de seguimiento de todos los procesos. De tanto mirar con ojos observantes se perderán oportunidades –poco científicas eso sí- de intervenir espontáneamente para conseguir que los adolescentes, por ejemplo, cambien su displicencia por un interés más auténtico.

El tercer momento es el de la evaluación, propiamente dicha o chequeo. Este chequeo o prueba de fuego (fatuo), puede ser interno, mediante la autoevaluación o externo apelando a la verificación de una agencia. 

Y por último, la Actuación, (ACT en la jerga) que se entiende como el lanzamiento de acciones prioritarias, para corregir aquellos factores y que inciden en la falta de mejora constante. Igualmente esta “actuación” puede ser producto de decisiones internas o puede someterse al consejo de las agencias.

Estos distintos momentos de la dinámica de un centro deben ordenar los distintos procesos que inciden sobre: el diseño (de cursos, de optatividad, etc), la programación (de materias, proyectos, departamentos, actividades, etc.), la impartición o realización de la docencia, y las actividades y programas, la evaluación de tales actividades e imparticiones y, si corresponde, las prácticas que los alumnos deban llevar a cabo.

Sobre todos estos quehaceres inciden una serie de procesos, igualmente sometidos a evaluación y a corrección: los denominados procesos de dirección, los procesos de administración, los procesos de recursos y los procesos de seguimiento y medición. 

El formateo llega cada vez más lejos. Por ejemplo a la reelaboración de textos, incluso de fragmentos de clásicos en los que se hace proferir a Aristóteles o a Platón este tipo de terminología -se supone para una mejor divulgación. Las editoriales y los equipos de profesionales reformadores trabajan en ello. La investigación y desempeño de las disciplinas “psi” y “sociales” en las universidades también son reorientadas, a la vez que otras orientaciones son eliminadas de los curricula. Posteriormente, las asesorías expertas relativas a la evaluación, selección, clasificación y gestión de los recursos humanos disponibles, también son colonizadas por este lenguaje, tanto en el sistema escolar y formativo como en el productivo y de servicios. 

Cruce Especialización/Ciencias Cognitivas

En la experiencia puntera y de investigación, este lenguaje está diseñado para la precisión técnica, pero no para los matices que requiere la experiencia humana de la libertad, máxime cuando tiende a sustituir la participación y el diálogo libre y crítico por la experticia. En el “Dictamen del Comité Económico y Social” europeo se marcaba ya el camino a recorrer, tomando como referencia  el Libro Blanco sobre la educación y la formación – Enseñar y aprender – Hacia la sociedad cognitiva.

Y desde “La Agenda de Lisboa” de marzo de 2000, la UE se trazaba el objetivo colectivo de convertirse en la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo. Para ello, había que adecuar el sistema educativo, la formación profesional, la investigación y la innovación a las nuevas condiciones que imponía la sociedad de la información y la comunicación.

Todo esto se ha consolidado. El trazado de la columna vertebral de las instituciones ya está hecho con la nueva experticia. Y los conceptos que rigen también maquetados. Los recorridos de profundización de dichos conceptos por niveles están estandarizados, de modo que cualquier uso del lenguaje con relación al factor humano encuentra su referencia experta obligada. En el nivel profundo de formateo, el de la escolarización y desarrollo inicial del individuo, la progresiva convergencia de los países y sus organizaciones en modelos de educación y crianza, de evaluación y estándares[29], de acreditaciones, etc., está basada en un lenguaje homogéneo y ampliamente extendido, casi unívoco y global: una superposición y complementariedad de categorías, expresiones, definiciones y postulados, llamémosle sinergia en la “lengua franca”. Pero, quizá sean las llamadas “Ciencias Cognitivas” las que han dotado de un lenguaje al factor humano de mayor transcendencia, en tanto comanda la codificación de todo lo relativo a la descripción, explicación, reinterpretación y modelización externa de lo humano en paralelo (como recurso) a lo tecnológico y maquinal. Especialmente en lo que a la percepción (sensores), al conocimiento, al aprendizaje y al almacenamiento y a la memoria se refiere (Explotación y minería de BigData, IA, robótica, procesos inteligentes, redes inteligentes, etc.). 

El alcance de esta “reinterpretación” sin contestación ni interlocución posibles es incalculable, pues  al blindarse como ciencia, no permite reflexión ni cuestionamiento de sus fundamentos. Hay que tener en cuenta que los conceptos extendidos a los cuatro vientos por las nuevas Ciencias Cognitivas no son meras opiniones ni planteamientos ideológicos, son asentamientos instituidos bajo el marchamo de “expresiones científicas” incontestables. Toda red conceptual en ese lenguaje tiende a su estandarización. Aunque hay conceptos más centrales, como el de “motivación”, “aprendizaje”, “memoria”, “inteligencia”, etc., que aparecen en todas las redes y de los que se derivan muchos otros. 

El aprendizaje, gamificado o no, común o experto, especializado o profundo[30], es fundamental en cada uno de los “procesos”, y toda organización ha quedado compuesta, gracias a la estandarización, por “procesos”. [31], La “memoria” se ha externalizado gracias a los ordenadores, se ha localizado y modelizado en el cuerpo mediante las neurociencias, se ha descompuesto en procesos internos y externos, en archivos, en BigDta, en almacenajes de todo tipo. Y en su identificación, clasificación, indexado, etc., se atiende a la referencia teórica de las Ciencias Cognitivas. 

Por ejemplo, en los Grupos de Ingeniería Ontológica (Ontology Engineering Group, OEG), cuyas investigaciones en los campos de ontologías son fundamentales para la ingeniería del conocimiento, se introduce las categorías cognitivas. Esta disciplina forma parte de la Inteligencia Artificial y desarrolla y diseña Sistemas expertos[32]. Para esto, se apoya en metodologías instruccionales, en las ciencias de la computación y en las tecnologías de la información, intentando representar o modelar el conocimiento y razonamiento humanos (según Ciencia Cognitiva) para un determinado dominio o dentro de un sistema artificial. En otros casos, los grupos OEG ponen en interrelación a estas ontologías con el lenguaje natural. También en los desarrollos de Webs Semánticas y e-Ciencia Semántica[33] las categorías cognitivas son evidentes. O el Grupo de Sistemas Inteligentes e Ingeniería del Conocimiento  (I&K), que realiza investigación en temas relacionados con métodos de “resolución de problemas” (abstracción, clasificación, planificación, configuración, diagnóstico, etc.), razonamiento cualitativo (física cualitativa, representación del mundo físico, representación espacio-temporal, representación geográfica), diseño de sistemas inteligentes (interfaces hombre-máquina, sistemas multiagente), ingeniería del conocimiento (herramientas de adquisición del conocimiento, ontologías), representación del conocimiento (redes bayesianas, lógica difusa). Experimentación con problemas de ingeniería (hidrología, transporte, aeronáutica), gestión del riesgo de desastres (inundaciones, averías industriales, etc.), problemas de planificación (control de tráfico en carreteras, gestión de flotas de autobuses urbanos, misiones militares, etc.), etc. Todas estas investigaciones parten de nociones más o menos precisas derivadas de las llamadas Ciencias Cognitivas. 

Es importante señalar que el control de la “conformidad” de todos estos dispositivos para la conformación del potencial y de los aspectos extraíbles de los recursos humanos, tanto en el nivel básico como en el altamente especializado, se está transfiriendo a las agencias del ramo, supervisadas por las acreditadoras y evaluadoras.

En la horma empresarial se inyecta el lenguaje del management. Pero en niveles de formación y de configuración más profunda, educación en “contenidos” (educación sobre los aspectos que atañen a las personas, relaciones humanas, sentimientos, motivación, aprendizaje, memoria, etc.) se formatea a las tabulae rasa complementándolo con otros lenguajes más potentes, que han colonizado definitivamente lo humano. En efecto, las “Ciencias Cognitivas” dotan de lenguaje conceptual y procedimientos a cualquier proceso de “aprendizaje”, e igualmente hace con todo lo relativo a la “memoria”, la percepción, la sensación, la inteligencia, el conocimiento… hasta recubrir todo lo relativo a lo humano. También lo hace con la visión sistémica, que tiende a generalizar los resultados obtenidos en la cibernética, la ingeniería y la teoría de sistemas aporta sus procedimientos y, por último, las Neurociencias que independientemente de su realidad científica, sirven de cobertura legitimadora última a las anteriores. 

Cruce Experticia/Ética

Al reduccionismo cientificista de la nueva dimensión psicológica y técnica se añaden constructos que pretenden ser, no sólo explicativos de la condición humana, sino reguladores normativos a nivel ético. Certificaciones del tipo “Responsabilidad Ética SQFI” (Safe Quality Food Institute), o la introducción de comités éticos internos a las empresas, pretenden supuestamente frenar la depredación, el fraude sistemático y el consumo irresponsable y sin límites ni fronteras ético-morales. Esta tendencia a sustituir las costumbres y normas, emanadas de la colectividad política en sentido amplio, por una experticia del bien, de lo útil y de lo conveniente es solidaria con el lenguaje de fusión, pero sin duda, merece un desarrollo aparte, del que nos ocuparemos con posterioridad.   

Notas

Notas
1 Se recoge en la Norma ISO https://www.nueva-iso-9001-2015.com/2014/07/analisis-iso-dis-9001-2015-competencia-conciencia-comunicacion/https://www.nueva-iso-9001-2015.com/7-2-competencia/
2 Igualmente recogido en la Norma ISO https://www.isotools.org/software
3 https://enpositivo.com/2015/08/google-invierte-miles-de-millones-en-el-transhumanismo-que-anuncia-el-fin-del-envejecimiento-y-la-fusion-humano-maquina/
4 http://www.efqm.es/
5 https://medium.com/soldai/tipos-de-aprendizaje-autom%C3%A1tico-6413e3c615e2
6 http://www.percepnet.com/noticias/como_percibimos_el_mundo_not0215.htm
7 Las señales neurales (potenciales de acción) enviadas por los sensores (desde los órganos sensoriales) construyen pautas (patrones) neurales que plasman en mapas estas interacciones sujeto-mundo. Dichos patrones neurales (mapas) son dinámicos y tienen como finalidad ayudar a gestionar y controlar de modo eficiente el proceso de la vida orgánica. http://www.ub.edu/pa1/
8 BLANCO, C. Historia de la neurociencia. El conocimiento del cerebro y la mente desde una perspectiva interdisciplinar. Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 2014. P. 132
9 Término que designa a uno de los steikholders en la nueva lengua franca.
10 Castellaro, Mariano, EL CONCEPTO DE REPRESENTACIÓN MENTAL COMO FUNDAMENTO EPISTEMOLÓGICO DE LA PSICOLOGÍA. Límite. Revista Interdisciplinaria de Filosofía y Psicología [en linea] 2011, 6 (Sin mes) : [Fecha de consulta: 22 de noviembre de 2018] Disponible en:<http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=83622474005> ISSN 0718-1361
11 C. LÉVI-STRAUSS, Antropología estructural. Ed. Paidós. Barcelona. 1995. p. 301.
12 Ibidem. p. 90
13 http://www.centrolombardo.edu.mx/wp-content/uploads/formidable/37_12_lagunas.pdf
14 http://www.cienciacognitiva.org/?p=30#more-30
15 https://www.oei.es/historico/divulgacioncientifica/?Ningun-logro-de-la-neurociencia-ha
16 http://www.spiegel.de/spiegel/print/d-83865282.html
17 C. LÉVI-STRAUSS, Antropología estructural. Ed. Paidós. Barcelona. 1995. p. 301.

9 COSGROVE, L. Psychiatry Under the Influence: Institutional Corruption, Social Injury, and Prescriptions for Reform 2015th Edition

10 https://actualidad.rt.com/ciencias/view/95483-psiquiatra-descubrio-tdah-enfermedad-ficticia

18 https://actualidad.rt.com/ciencias/view/95483-psiquiatra-descubrio-tdah-enfermedad-ficticia
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[13] CODIFICACIÓN DE ESTADOS FUNCIONALES EN REDES NEURONALES BIOLÓGICAS, Luis Carrillo-Reid* y José Bargas Depto. de Biofísica, Instituto de Fisiología Celular, UNAM. Ciudad Universitaria,

C.P. 04510, México, D.F. E-mails: *carrillo@ifc.unam.mx, **jbargas@ifc.unam.mxD.R. © TIP Revista Especializada en Ciencias Químico-Biológicas, 11(1):52-59, 2008

20 Otro reconocimiento de lo irreductible del sujeto, ahora no tratado como resto, sino como “perfil impredecible”.
21 A.R. DAMASIO, El error de Descartes. Ed. Crítica, Barcelona 1996. P.112
22, 23 https://medium.com/@gmonce/inteligencia-artificial-y-el-camino-hacia-aiuy-8dc742576f48
24 https://excelencemanagement.wordpress.com/calidad/
25 A. C. Martinet « Épitémologie de la stratégie » en Épistémologie et sciences de gestion Ed. Martinet, al París : Economica
26 http://www.clubexcelencia.org/modelo-efqm
27 Tecnología de la Información.
28 La ISO 21001, Organizaciones educativas -Sistemas de gestión para organizaciones educativas- Requisitos con orientación para su uso, es un estándar de sistema de gestión que está parcialmente alineado con ISO 9001: 2015 para sistemas de gestión de calidad.
29 Por ejemplo, en Educación, la nueva Norma ISO reza así: “Si bien una organización educativa nunca puede garantizar el éxito de sus estudiantes, hay varias formas en que puede satisfacer sus necesidades de manera más efectiva y contribuir a mejores resultados de aprendizaje. ISO 21001, Organizaciones educativas – Sistemas de gestión para organizaciones educativas – Requisitos con orientación para su uso, es un estándar de sistema de gestión que está parcialmente alineado con ISO 9001: 2015 para sistemas de gestión de calidad. Proporciona una herramienta de administración común para las organizaciones educativas que buscan mejorar sus procesos y atender las necesidades y expectativas de quienes usan sus servicios”.
30 “El software de aprendizaje profundo intenta imitar la actividad de las distintas capas de neuronas en la corteza cerebral, el arrugado 80 por ciento del cerebro donde se produce el pensamiento. El software aprende, en un sentido muy real, a reconocer patrones en representaciones digitales de sonidos, imágenes y otros datos”.
31 La Norma ISO 9001 define “procesos” como “conjunto de actividades que, utilizando recursos, transforman entradas (input) en salidas (output)”. Por tanto cabe en dicho esquema cualquier actividad organizada hacia un fin en la que puedan contabilizarse algo como entrada y pueda medirse un resultado como salida. Y como aviso a navegantes apunta: “El enfoque de procesos pretende evitar, además, la departamentalización, pues tiende a englobar proyectos interdisciplinares y tiende a afectar a la organización en su conjunto. La departamentalización no aporta valor añadido, mientras que el enfoque de procesos sí, pues reorganiza la empresa hacia la satisfacción de los clientes”. Los procesos deben estar definidos explícitamente, sin dejar zonas ocultas, así toda la complejidad de la transmisión de la enseñanza, por ejemplo, se descompone en partes mensurables, discretas y visibles.
32 Un sistema experto consiste en un software que emula el comportamiento de un experto humano en la solución de un problema. Los sistemas expertos funcionan de manera que almacenan conocimientos concretos para un campo determinado y solucionan los problemas, utilizando esos conocimientos, mediante deducción lógica de conclusiones. Con ellos se busca una mejora en calidad y rapidez de respuestas dando así lugar a una mejora de la productividad del experto.
33 En el campo de la interrelación entre ontologías y lenguaje natural, la  Universidad Politécnica de Madrid está construyendo una plataforma de anotación híbrida (lingüística y ontológica), multinivel y multifuncional, con resultados como la base de datos ODELinger, el modelo de anotación OntoTag y la plataforma OntoTagger. http://www.oeg-upm.net