← Todos los artículos
Piezas y Procesos

Las cosas que hemos visto con Mariano

Alfonso Salazar·
Las cosas que hemos visto con Mariano

El 9 de enero de 2023 falleció el mentor de esta revista, Mariano Maresca García-Esteller. Sus amigos nos reunimos en abril del año pasado en La Tertulia, uno de sus lugares preferidos, para rendirle homenaje. Esto se dijo y aquí se reúne, cuando se cumple un año.

Un recuerdo de Mariano Maresca

Mariano tenía en alto grado una virtud que solo es accesible a quienes son a la vez inteligentes y generosos: esa virtud era el talento para descubrir y alentar las mejores capacidades de otros. Su herramienta intelectual preferida era el entusiasmo. Se entusiasmaba por un libro, un autor, una canción, una película, un grupo de música, y de manera inmediata se convertía en propagandista y hasta en militante. Él sabía que es preferible pecar por entusiasmo que por mezquindad. Por ese motivo, aparte de por su cultura formidable, era un profesor excelente, según me ha contado un alumno suyo que es muy cercano para mí. Mariano tenía madera de editor, de director de revista seria y ambiciosa, papeles en los que podía ejercer de manera práctica su capacidad de entusiasmo, de crítica volcada en la celebración de lo mejor.

Yo le debo, entre muchos otros descubrimientos, el de Kurt Weill y el de Bola de Nieve: lo distinto de esos dos nombres da una idea de la amplitud de los intereses y la curiosidad de Mariano.

Y también le debo la primera de todas las grandes alegrías literarias de mi vida. Una mañana, quizás en mayo, en 1985, Mariano se presentó sin aliento en mi oficina, que estaba en la última planta del ayuntamiento en la plaza del Carmen y no tenía ascensor, y me dijo que acababa de llamarlo Pere Gimferrer, a quien él, sin decirme nada, le había regalado una semana antes un ejemplar de mi primer libro, «El robinson urbano», aprovechando una visita de Gimferrer a la ciudad. Y Gimferrer lo había llamado para decirle que acababa de leer el libro, y para preguntarle si su autor desconocido había escrito algo más, si tenía alguna novela. De pie frente a mí, recobrando con dificultad el aliento, Mariano me miraba con un brillo de alegría en sus ojos muy claros. Yo estaba justo entonces terminando mi primera novela, procurando olvidarme, para evitar el desánimo, de que no conocía a nadie en el mundo literario o editorial fuera de Granada. «Tienes que terminarla cuanto antes y que mandársela a Gimferrer en Seix Barral», me dijo. A Mariano yo le había hablado de esa novela, pero no le había enseñado ni una página. Cuando por fin la terminé él fue uno de sus primeros lectores, antes de enviarla a Gimferrer. Nada de lo que vino después para mí hubiera sucedido sin aquella primera alegría que vino a darme Mariano Maresca, subiendo a pie los tres pisos hacia aquella oficina en la que iba a quedarme bastante menos tiempo de lo que imaginaba.


Sigo hablando con Mariano

Creo que fue en 1979 cuando tuve la suerte de empezar a trabajar en la librería Teoría. Juan Manuel Azpitarte, después de dejar el Departamento de Literatura en la Facultad, abrió una librería que tardó poco en convertirse en un punto de referencia. Me contrató como niño de los recados y como dependiente. Iba yo en su moto a recoger envíos editoriales a las oficinas de correos y despachaba libros a una clientela universitaria con la que se podían compartir las inquietudes y las conversaciones. A mi madre le gustó poco que yo pidiera el trabajo, la gente iba a sospechar que necesitaba dinero para seguir estudiando. Pero la verdad es que ese tipo de sospechas ya no me importaban y, además, lo que menos buscaba en la librería era el sueldo, aunque me permitió ampliar mucho mi biblioteca de ensayos políticos y obras literarias. Lo que de verdad me gustaba era la gente que iba a Teoría, profesores, artistas, poetas, nuevos amigos con los que hablar de libros, tomar cervezas a mediodía o copas por la noche, en un local que se abrió muy cerca, La Tertulia, y que se convirtió pronto en un centro decisivo de la cultura y la política democrática de Granada. A veces las ciudades tienen suerte, se escriben a sí mismas, se definen con la apertura de una librería o un bar de copas.

Allí entablé amistad con mi maestro Juan Carlos Rodríguez, uno de los historiadores más importantes de la literatura española a la hora de entender lo que significaron Garcilaso, San Juan de la Cruz, Moratín o Antonio Machado. Allí conocí al niño pintor, Juan Vida, que dejó muy pronto de ser niño para enseñarnos en sus cuadros cómo las abstracciones teóricas se encarnan en una realidad figurativa de carne y hueso. Y allí conocí a Mariano Maresca, un profesor de Filosofía del Derecho capaz de explicarnos el sentido de una ópera, el verdadero significado de una película, la importancia de un grupo de teatro independiente o los entresijos de la voz de Leopoldo Alas en La Regenta. Juan Manuel, Juan Carlos, Juan, Mariano, hablo de amigos íntimos, en los que la Teoría se convirtió en realidad, un abrazo de carne y hueso. A Juan Carlos le gustaba señalar el odio que cualquier pensamiento reaccionario siente por la teoría, pues prefiere las simplificaciones sin conflicto porque parecen prácticas, pero se diluyen como el agua. La teoría es decisiva cuando sabe tomar cuerpo.

Recuerdo a Mariano Maresca como un ser muy inteligente y como un sentimental que sabía establecer con firmeza el significado de la palabra nosotros. No es sencillo ser al mismo tiempo inteligente y sentimental. Por eso Mariano era también difícil y precavido con los otros. Fue para mí el protagonista de una historia que tuvo que ver con la Célula Gramsci, la agrupación del Partido Comunista de Granada en la que se reunieron los militantes y compañeros de viaje dedicados a la cultura. La reorganización del Partido por territorios más que por trabajos desmembró la célula y una parte de la complicidad política de la cultura granadina. Pero hubo personas que siguieron encarnando ese compromiso, y Mariano fue una de ellas, una de las más cercanas en mi vida.

Ser precavido no suponía para él ser prudente en sus comportamientos privados, sino detenerse a analizar los que se escondía detrás de un pensamiento público. Y eso le obligaba a situarse un paso por delante. Nunca podré agradecerle lo suficiente que me presentara a Pier Paolo Pasolini, el cineasta y el poeta autor de Las cenizas de Gramsci. Más que un orgulloso relato sobre la lucha ya pasadas contra el fascismo, comprendí que en la Italia de los años 60, como en la España de los primeros pasos de la democracia, convenía estudiar los procesos de las sociedades consumistas, los entresijos del paso del subdesarrollo al capitalismo neoliberal y el narcisismo rebelde de los hijos de papá. La lección fue profunda porque tuvo que ver con las precauciones ante la mercantilización de los cuerpos tan de moda en los destapes de entonces como en los debates ideológicos que afectan hoy a la izquierda. Comprendí que a veces uno puede sentirse más cerca de un policía democrático, hijo de obreros, que necesita trabajar en lo que pueda para vivir, que del griterío callejero de muchachos adánicos y con la vida resuelta, orgullosos de inventarse el mundo y de tirar piedras contras las fuerzas del orden con  una soberbia populista y antisistema.

Eso tuvo también consecuencias poéticas. Al comprender que el neoliberalismo quería debilitar las instituciones para tener las manos libres en sus negocios, me alejé un poco de Foucault y de su antipatía ante la palabra «poder». ¿Es malo cualquier poder institucionalizado? ¡Cuánta falta hace un poder justo para defender una democracias social en la que vayan de la mano la libertad y la igualdad! Yo no soy rebelde… porque el mundo me hizo rojo. Quizá por eso me alejé de las novedades de la poesía llamada «novísima», muy pendientes del esteticismo, los hallazgos de los teóricos literarios franceses y de las inversiones radicales del discurso poético, con un orgullo inversor muy parecido a la España neoliberal que quería integrase en Europa bajo el amparo de las grandes fortunas. Escribí un libro de poemas cercano a la poesía de la generación de 50, que había sido tachada del mapa lírico como una consecuencia del politicismo subdesarrollado, y le pedía a Pasolini el título: El jardín extranjero. Era el cementerio civil en el que descansaba Gramsci. Nos hicimos vecinos, alquilé mi primer piso en el edificio de la calle Alcalá de Henares al que Mariano se había mudado un poco antes. Vivía en lo alto, en la décima planta. Una cocina con vistas a la Alhambra y unas estanterías llenas de libros compartidos. Hablamos mucho de política, de poesía, de música, de cine, de su homosexualidad, de su familia, de la mía, de nuestros amigos. Ahora que se cumple un año de su muerte caigo en la cuenta de que sigo hablando todos los días con él.


Una fuerza del pasado

Para recordar a Mariano esta noche en La Tertulia, un espacio tan vinculado a los primeros años de nuestra larga amistad, quiero compartir un poema de Pier Paolo Pasolini por el que sentíamos ambos una especial atracción. Pasolini fue, desde luego, una referencia clave para nosotros y a su obra hemos dedicado varios trabajos a lo largo de los años, ya desde la época de Olvidos de Granada. El poema, un fragmento de un texto más amplio en realidad, condensa en pocas líneas algunos de los temas y contradicciones esenciales del poeta de la desesperada vitalidad; una categoría existencial, por cierto, con la que Mariano tendía a identificarse.
Existía, además, un segundo motivo para nuestra predilección por este texto: Orson Welles, otra de las afinidades electivas de Mariano y a quien, según contaba con comprensible orgullo, había tenido la fortuna de saludar en Almería en cierta ocasión (relacionada con el rodaje de La isla del tesoro, me gusta imaginar a mí).

Pues bien, En La Ricotta, mediometraje dirigido por Pasolini en 1963, Welles encarna a un director de cine, trasunto del propio Pasolini, que está filmando una recreación de la Pasión cristiana. En una secuencia inolvidable, Welles lee estos versos en un ejemplar de Mamma Roma que sostiene en sus manos.

Soy una fuerza del Pasado.
Mi amor está sólo en la tradición.
Vengo de las ruinas, de las iglesias,
de los retablos, de los pueblos
abandonados en los Apeninos o los Prealpes,
donde vivieron los hermanos.
Vago por la Tuscolana como un loco,
por la vía Apia como un perro sin dueño.
O contemplo los crepúsculos, las mañanas
sobre Roma, sobre la Ciociaria, sobre el mundo,
como los primeros actos de la Posthistoria,
a los que asisto, por privilegio del registro,
desde el confín de una edad
sepultada. Monstruoso es el que ha nacido
de las vísceras de una mujer muerta.
Y yo, feto adulto, merodeo
más moderno que cualquier moderno
en busca de hermanos que ya no están.

Postdata

En el acto celebrado en La Tertulia me hubiera gustado mostrar la secuencia de La Ricotta en la que Welles lee el poema. Allí no fue posible; pero, como puede suponerse, resulta fácil encontrar esas imágenes en la red. Por ejemplo, en

La Ricotta


Incluyo también aquí el texto original:

Io sono una forza del Passato.
Solo nella tradizione è il mio amore.
Vengo dai ruderi, dalle chiese,
dalle palle d’altare, dai borghi
abbandonati sugli Appennini o le Prealpi,
dove sono vissuti i fratelli.
Giro per la Tuscolana come un pazzo,
per l’Appia come un cane senza padrone.
O guardo i crepuscoli, le mattine
su Roma, sulla Ciociaria, sul mondo,
come I primi atti della Dopostoria,
cui io assisto, per privilegio d’anagrafe,
dall’orlo estremo di qualche età
sepolta. Mostruoso è chi è nato
dalle viscere di una donna morta.
E io, feto adulto, mi aggiro
più moderno di ogni moderno
a cercare fratelli che non sono più.

[Pier Paolo Pasolini: Le poesie di Mamma Roma, 1962]


Su última lucha

Mariano nació en Almería, pero su vida transcurrió en Granada, ciudad germinal y maldita, cruzada por culturas y acosada por el desastre urbanístico, embutida en penoso hormigón y adornada con macetas en sus balcones. Mariano no evitó afrontar esta deformación, pero fue mesurado y calculó bien los efectos de su escritura. A él puede aplicarse lo que el propio Mariano afirma de Ángel González: no amaba la tribuna ni el púlpito que hacen de las palabras piedras. Su palabra señalaba los abismos políticos, iluminaba los silencios amordazados y recogía respetuosa las lágrimas desesperanzadas y no enjugadas.

La ironía -decía él- es la forma más inteligente de la piedad. Y con piedad y respetuoso silencio anteponía una ética de la escucha al cálculo del beneficio y al reconocimiento. Premios y halagos los toleraba mal, y también detestaba la adulación. Esto le distanciaba de los centros de poder de la ciudad. Quizá por eso mantuvo siempre despierto el corazón a los ritmos que marcan los acontecimientos. Algo emergía, cualquier acontecimiento de incumbencia ciudadana, e inmediatamente investigaba y analizaba el hecho para mostrarnos su cielo y su suelo, siempre documentando y apuntando a esa realidad objetivamente y con nombres y apellidos.

Mariano era como todos somos desde el principio, un ser de lenguaje. Se sabía hecho de signos y sumergido en ese mar. No necesitaba de una voz externa, de un trono divino o humano, para asegurar su existencia. Aunque, a veces, hasta los más firmes necesitan la invocación, así escribía: …cuando nos atrapa el miedo de no ser nadie si nadie nos llama, si nadie se acuerda de llamarnos y somos nada, somos una palabra que nadie dice.

Pero Mariano sabía que los pétalos de la rosa son anteriores a la palabra “rosa” tan manida en los poemas grises, y que las lágrimas caen con dolor antes de que la escritura les dé forma. Y sabía, sobre todo, que el lenguaje no sólo nombra y clasifica, como pretenden los evaluadores de normas anónimas y tiranas, sino que nos humaniza, nos crea y nos redime poéticamente. Por eso no solicitaba evasivas para aligerar el peso de la metáfora que nos constituye. Al contrario, nos exigía -a mí y a tantos como le escuchaban y le leían- afirmar en nombre propio, porque sabía que, si muere la metáfora de nuestro nombre, también morimos nosotros sin remedio. Y esa firma, ese compromiso solicitado, no era alimento del narcisismo, ni cifra ni perfil en el registro de recursos humanos. Mariano se resistía a ese signo de nuestro tiempo, lenguaje mortífero de las nuevas formas del poder que extiende sus plantillas preconfeccionadas de cifras del sí y del no del deseo. Detestaba ese lenguaje instaurador de equivalencias, en cuya mediocridad, el sujeto se desliza de unas a otras cuadrículas sin que quede huella humana en la memoria. Su última batalla no tuvo lugar en el cuerpo. Antes de enlentecer su brío, luchó contra ese lenguaje nuevo del poder que fluye en las instituciones y en las agencias, para desembocar en el río del mercado. Con sus signos ceñidos al cuerpo borra la palabra propia. La definitiva conquista de esta escritura gris se halla en el corazón del consumo, apresurado y lábil. Y contra esa deshumanización nos convoca su palabra.


En memoria de Mariano Maresca

Estamos, pues, embarcados, y en la balsa de la Medusa la tarea es infinita y extenuante: hay que averiguar y aprender la naturaleza de las cosas, las leyes de la vida, siempre a costa del propio dolor.
Mariano Maresca, Argumentos morales, Ed. La Isleta del Moro, 2004.

Mariano Maresca García-Esteller nació el 1 de octubre de 1945 en Almería y falleció en Granada el 9 de enero de 2023. Un periódico local mal informado –o demasiado bien informado– ha dado la noticia de la muerte de este “poeta” que fue profesor de la Universidad de Granada durante casi medio siglo.

Es relativamente fácil repasar su obra escrita. Apenas tres monografías –la de Clarín, la de Pasolini, la de crítica literaria–, un puñado de artículos en revistas académicas y algún que otro capítulo vertido en obras colectivas, parte de ellas coordinadas por él mismo. Sumemos varias columnas periodísticas sobre temas culturales, de las que un libro recopila una muestra deliciosa. Un reguero de textos serpentea a lo largo de suplementos literarios, prólogos y otras especies ingratas a la academia. Hay quien podría contar algunos poemas inéditos –por no decir secretos– y una correspondencia exquisita. Sin duda, convendría agregar la fundación y dirección de varias revistas culturales, como Olvidos de Granada, La Fábrica del Sur o, ya en el siglo XXI, [olvidos.es. Tal es la producción bibliográfica del conocido profesor de Filosofía del Derecho. En sentido estricto, poco de cuanto se ha dicho guarda relación directa con la disciplina de la que Mariano Maresca impartió clases.

A simple vista, se antoja un balance bastante tímido; no tanto en términos cuantitativos como bajo el prisma académico, que es casi lo mismo pero no lo es. Lo cual merece un apunte. Mariano pertenecía a aquella generación de profesores universitarios que aún podía ejercer el derecho a estudiar e investigar sin presiones de productividad incompatibles con un cultivo intelectual –valga la redundancia– paciente, riguroso y honesto. Aunque, tampoco generalicemos: era aquella una generación que, con frecuencia, hizo de la anterior divisa un privilegio poco decoroso. Sobran los ejemplos de profesores prácticamente retirados tan pronto como se colocaron en la universidad –y, ya lo saben, algunos entraban muy jóvenes por aquellos tiempos no tan lejanos–.

Mariano supo aprovechar ese marco para crecerse y dar lo mejor de sí. No publicaba más que lo suficiente, es decir, lo consistente. Asumió su trabajo con libertad y desembarazado de jerarquías e hipotecas. Eso, que constituye un oxímoron en el mundo capitalista, era plausible e incluso consustancial al ámbito académico, al menos según lo entendía Mariano, a quien –precisamente por este motivo– no faltaban razones para restar seriedad a la universidad que conoció. Además, transmitió mucho más de lo que refleja el listado de referencias bibliográficas porque, en definitiva, ¿la labor de un profesor, la función de un intelectual, no se basa en enseñar, en iluminar, en compartir? ¿O consiste acaso en producir “méritos” a mansalva y arrojar las horas a la burocracia más obscena? Lo que pretendo decir es que, probablemente, sería imposible –o casi imposible– que Mariano superase en la actualidad las baremaciones y peritajes existentes en el sistema universitario español. Desconozco si eso juega a su favor, pero va a la contra de quienes permanecemos en la universidad, de quienes permanecemos en la vida.

Antes que profesor, era un intelectual despierto y versado en todo tipo de artes y letras. Mariano fue una de las mejores mentes de su generación y de la nuestra. Destacó como agitador de conciencias y vocaciones. La efervescencia cultural, literaria y artística de la ciudad –eso que tanto envanece– se ha debido a él en gran medida. Cuesta fantasear acerca de cómo habrían sido los años ochenta y noventa sin las conferencias de Gil de Biedma, Althusser, José Agustín Goytisolo o Vázquez Montalbán. O sin el Rimado de ciudad, aquel devaneo rockero del poeta Luis García Montero con TNT y Magic a instancias de Mariano. Sería impensable que Granada empezara a sacudirse la roña franquista si no se hubiera celebrado el homenaje a García Lorca el “5 a las 5” en 1976. El movimiento poético de “la otra sentimentalidad”, que ha marcado un punto de inflexión en la historia de la literatura, sería algo muy distinto en ausencia de Mariano. Seguramente, la doctrina del “uso alternativo del Derecho”, de raíces italianas, no habría injertado cabalmente su sentido democrático y emancipador en tierras españolas si Mariano no hubiera traducido a Pietro Barcellona o a Pietro Ingrao. El retrato del Partido Comunista de España –que Mariano abandonó pronto– sería mucho más monótono y plomizo si no hubiera militado en sus filas. El movimiento granadino de la indignación –que vivimos juntos– también habría presentado un rostro muy distinto y, desde luego, más torpeza, sin el aliento de Mariano. La Facultad de Derecho de la ciudad nazarí, en fin, sería más árida si no hubiera sembrado en ella siquiera algo de su espíritu.

Mariano Maresca sabía que el conocimiento, la cultura y la ciencia, así como los placeres que son capaces de provocar, no radican necesariamente en la universidad. De ahí que su figura se intuya entre bambalinas cuando aquella erupción tiene lugar, que se lea su nombre con letra menuda y trazo firme o que, en ocasiones, tenga que ser arrancada a la invisibilidad por algún testimonio sincero. A una inteligencia deslumbrante, en suma, se le juntó una capacidad de iniciativa y proyección desbordante, inasequible para la mayoría aunque inspiradora para todos. Y es por eso que, mientras que resulta sencillo enumerar su producción escrita, es difícil –muy difícil– comunicar el significado del paso de Mariano a menos que nos conformemos con trasladar unas cuantas anécdotas emocionadas y unos cuantos episodios memorables. Dudo que alguien pueda medir el calibre de los servicios prestados por Mariano a la cultura y a la sociedad. Mucho menos podría hacerlo la universidad, que no vería en ello nada más que una querella vergonzante.

De pronto, todo se detuvo. Mariano pasó muchos años víctima de una terrible dolencia. Demasiados. José Sánchez Montes rodó un documental sobre aquella experiencia cuando nadie sabía que lo peor estaba por llegar. Era doloroso enfrentarse a la verdad de su enfermedad. Fue ésta la que impuso la despedida prematura de la tenacidad de su análisis, de su fino sentido del humor y de la luminosidad de su verbo. Será difícil comprender ahora que también careceremos de la lucidez permanente y primigenia de Mariano, ésa que nunca le faltó, pues hasta en los momentos en que la salud se le mostró más esquiva supo enseñar cuáles eran las cosas que importan. Un abrazo. Una sonrisa. Una caricia. Una espera. Esos puntos cardinales que también aprendimos con él y que ya son solo palabras.

Hoy lo que duele –y dolerá– es ese vacío. Y duele también –y dolerá– la pesada certeza de que, al menos por lo que concierne a la universidad, será imposible un genio semejante. La primera es una herida veladamente narcisista, pero qué será de cuantos quisimos a Mariano y lo admiramos es, por un instante, una tragedia irrelevante. Lo peor no es que el pasado quede atrás inevitablemente, sino que una mínima recreación sea inimaginable a partir de ahora. Lo más triste, la desgracia que trasciende por igual la pérdida de Mariano y nuestra propia fragilidad por fin desnuda, reside en saber que la institución académica hará todo lo posible por privar a la posteridad de un Mariano Maresca. Cuánto cuesta creer que otros gozarán la dicha de tenerle cerca; aquella fortuna que, ya que se nos escapa, querríamos socializar para siempre.

Se me dirá que somos muchos quienes lo recordaremos con nostalgia e impotencia, y es verdad. De algún modo, Mariano seguirá siendo el heraldo de la copa vacía. ¿No es eso aterrador?

***

A quienes nos dedicamos a la profesión universitaria nos suelen valorar según nuestros méritos curriculares, especialmente publicaciones. ¿Cómo valorar a esos profesores que te regalan una idea o acuden a tu herida para acompañar el dolor? No hay ranking que mida lo infinito de la ternura o la palabra hilada. No hay concurso a cátedra en una Facultad de Derecho que requiera conocer un plano de una película de Pasolini o un fragmento de Chirbes o de Clarín. Son esas cosas que se aprenden no para vanagloria de currículums e imposturas académicas, si no para salvar esa distancia de unas decenas de centímetros que separan dos tazas de café –sin azúcar– o el primer whiski con agua. Hay semblanzas académicas que requieren de un horno de leña, que se hacen a fuego lento, para aprender que compartir el pan es lo que nos hace compañeros.

Una de las grandes diferencias entre el animal y el ser humano es que el primero tiene una voz (un ladrido, por ejemplo), mientras que el segundo nace privado de lenguaje. En la infancia, ese espacio de falta de lenguaje (eso es precisamente lo que significa in fans), es al mismo tiempo el espacio de la potencia del lenguaje. Es la posibilidad de decir. En la infancia acontece, entonces, la experiencia de la decibilidad. No tanto en aquello que signifique tal o cual cosa, sino en el hecho mismo de la posibilidad de decir. Y la infancia no tiene que corresponder con una edad determinada, a los inicios de la vida por ejemplo. La infancia es toda experiencia en la que se experimenta un lenguaje. Como en la fábula de Esopo cuando el padre moribundo comunica a sus hijos que hay un tesoro guardado entre las viñas. Por mucho que excavaron, ya muerto el padre, nada material encontraron, más allá que la cosecha fuera excelente. Nada material encontraron porque lo que aquel padre había guardado fue la experiencia de la agricultura.

En cierta medida, esta fábula podría haberse localizado en Granada, entre La Tertulia y el Botánico. O en aquel libro del que tanto hablaste, cediéndonos así un lenguaje. Tu experiencia. Incluso cuando las cuerdas vocales quedaban trastabilladas porque tu cerebro estaba cansado de tanto ictus. Incluso en ese momento, había una calle en Nápoles que lograbas describir al detalle y entender así la razón por la que una esquina es sinónimo de Gambrinus solo después de una luz metalizada de Caravaggio.

Y esta experiencia de lo decible no tiene sentido sin la sensación casi infantil de la lectura. Habitar la lectura. Porque leer quizás sea más civilizado que escribir: al mirarnos al espejo de la lectura, caemos en la cuenta de la extrañeza, de aquel otro que somos mirándonos. ¡Cuántos espejos nos has prestado! Luego, con la experiencia del salto que conlleva la escritura del espejo ante el que uno se ve y se lee, ese salto nos prepara para la experiencia en la que ya estamos siendo otros, tanto otros como el crujir de tus ojos con todas aquellas cosas que nos hiciste cómplices de ver.

No sabría decir si quienes nos consideramos tu familia intelectual hemos dedicado más tiempo del debido a excavar en la viña. Aún así, como en la fábula de Esopo, la cosecha ha sido buena. Hoy todas las palabras comienzan con tu nombre. Hasta pronto, Mariano Maresca, hasta pronto, maestro.

***

Mariano fue mi director de tesis doctoral. Y, paradójicamente, lo estrictamente universitario pocas veces tuvo un peso relevante en nuestras conversaciones o nuestras preocupaciones. Porque Mariano estaba por encima de cualquier saber institucionalizado y no tomaba muy en serio sus liturgias y celebraciones.

Así que mientras otros se obsesionaban con publicar sobre el último estornudo de Habermas, sobre aquella otra corriente tan novedosa, él me hablaba con devoción de las novelas de Patricia Higsmith o de Andrea Camillieri. Sin embargo, no descuidó mi formación, siempre haciendo recomendaciones que servirían para una vida académica y no para el minuto del acuciante artículo pendiente. Politeia de Platón flaqueada por los textos de Jean-Pierre Vernant y Giorgio Colli. La ética y política de Aristóteles, el Leviathan, el Asalto a la razón de Lukács y todo ello aderezado con la lectura obligatoria de la historia de la filosofía del Chatelet. Solo se sabe lo que se escribe, decía parafraseando a Goethe, así que gracias a él, tengo mi vida llena de cuadernos con acotaciones, notas, críticas y referencias bibliográficas de todas aquellas lecturas.

De la mesa de su despacho se elevaban montañas de publicaciones que no eran monografías al uso, sino revistas de cine, catálogos de arte —“tráeme el de Bacon, ya que estás en Viena”, así me enteraba yo de las exposiciones que había casi debajo de casa—, Le Monde Diplomatique, las galeradas encuadernadas en azul turquesa de la última novela de Almudena Grandes. Comentábamos la última película que yo había visto en Berlín en una sala de culto muy alternativa y que él conocía, desde hacía veinte años, y, además, había entendido mucho mejor que yo. “¿Qué oyes?” “Vangelis”. “No está mal para estudiar, pero déjame ese aparatito que te grabe algo”. Y el ipod se llenaba de la música de John Coltrane… Mariano nunca fue un director de tesis ni un maestro al uso, era un catalizador de emociones, un indicador en una arista cimera desde la que todo se divisa, un marinero bizarro encaramado a una guindola mirando más allá del horizonte y susurrando a voces lo que divisaba.

Después de la tesis, el contacto se hizo aún más intenso… pasé a ser el “compañero del metal”, como me solía llamar. Incluso aún más cercano fue el trato en aquellos años que coincidimos en la Universidad de Granada. Comíamos juntos a diario, hablábamos de política, literatura o cine en las mesas del Botánico, en cuyos manteles Mariano dibujaba cualquier cosa o me regalaba un esquema de historia del pensamiento que ponía muy a las claras que el Estado se había construido sobre categorías iusprivatistas. Estábamos allí flotando en una burbuja de palabras hasta que lo cerraban o hasta que, en no pocas ocasiones, nos echaban a la calle… todo ello regado con algún whiski de más… o quizá, visto con perspectiva, de menos, porque me tendría que haber quedado allí para siempre con el tiempo detenido. ¡Habría sido una excelente opción vital!

La noche anterior a su primer accidente cerebral habíamos estado hasta las tantas tras un seminario sobre Ayala en el Café Bohemia. Recuerdo perfectamente o, mejor dicho, rehago mis recuerdos perfectamente, cuando después de aquella enfermedad a Mariano le costaba tanto hablar, le resultaba casi imposible nombrar las cosas más sencillas… fue un momento de enorme injusticia poética (por mutar la expresión). Constituyó un feísimo ejercicio de egoísmo por mi parte pensar que, de la noche a la mañana, la relación maestro-discípulo se había finiquitado, y yo me sentía tan huérfano, tan rodeado de ruido, que deseaba que siguiera enseñándome, que siguiera hablándome, que siguiera llenando mi mochila de libros, mi ipod de música o mis noches de películas… me costaba trabajo ponerme en su piel, darme cuenta que ahora lo relevante para él era cada rayo de sol que parecía traspasar su traslúcida piel o la simple sonrisa de sus allegados…

El parco e insatisfactorio consuelo al supuesto sinsentido de los últimos años de Mariano fue para mí —y quiero pensar que también que para él— la afectividad, los sentimientos, el cariño… ver cómo se enfadaba cuando no te podía decir algo y te miraba abriendo los ojos en un gesto de sorpresa casi infantil, los abrazos y besos de bienvenida cuando se bajaba del taxi, la espera paciente a que te dijera algo, los saludos casi reverenciales que le regalaban los antiguos alumnos y compañeros… o simplemente el silencio compartido…

El desahogo que me queda, delgado por no decir famélico, es que si de alguna forma yo fui hijo académico de Mariano, un hijo díscolo y con una genética intelectual mucho menos dotada, hoy andan por ahí sus nietos, a los que él conoció y también trató con cariño. La herencia intelectual y personal que nos ha legado es poco tangible, elusiva, subversiva, carente de peso, pero a pesar de ello o, precisamente por estas razones, es la más notable que nos puede ceder.

Compañero descansa en paz, tu memoria nos acompaña.

*Daniel J. García López, Federico Fernández-Crehuet y Rubén Pérez Trujillano, son profesores de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada


Por todos

A principios de los años 90 el SIDA hacía estragos. Por entonces, publicábamos una revista de literatura erótica, El Erizo Abierto, que, además de gamberradas y provocaciones varias, se comprometía en todo aquello que tenía que ver con la discriminación de prácticas sexuales, como sucedía con la homosexualidad masculina.

Mariano Maresca no ofreció un texto, que había sido prólogo en la publicación de una carpeta de poemas y serigrafías en Homenaje a Artistas muertos de SIDA Comité Ciudadano Anti-sida de Granada.

Aquí está:

Por todos

Hay gente que recordamos porque ha vivido y gente que recordamos sólo porque ha muerto. Los primeros son los que, en su paso por la vida, nos habían dejado ya cuadros, poemas, canciones que amábamos antes de su enfermedad. Los segundos son los que sólo son noticia porque han muerto del SIDA. Es relativamente fácil acostumbrarse a la ausencia de los que nos han dejado una obra, justamente porque todavía contamos con su obra. Pero ¿cómo pensar la ausencia de gente cuyos nombres ignoramos, que han muerto en clínicas carcelarias, que no nos han dejado más obra ejemplar que sus torpes chapuzas en el envite de la vida?

La muerte elige en cada época una forma de ser representada en la que recicla toda su capacidad de chantaje contra el deseo de la vida. Y el SIDA es, hoy por hoy, la representación de la muerte que mejor resume los estigmas del destino inevitable, la condena merecida, el dolor justificado. La muerte de un gran artista enfermo de SIDA funciona como un episodio de la vida de un gran artista. Pero ¿cómo funciona la muerte sidosa de tanta gente que no sabía quién era Gil de Biedma?

La memoria, para ser justa, debiera cubrirlos a todos. Hoy por hoy, en la población reclusa en nuestras cárceles, el SIDA no deja de cobrarse víctima analfabetas. Y en todas las ciudades hay muertos vivientes que te dicen dónde aparcar o que se ofrecen para una sexualidad desesperada. ¿Quién se acordará de ellos? Su destino es la estadística que el lector de periódicos nunca examina con calma: nunca hay un rostro conocido llamando nuestra atención sobre todos esos números.

Si hay que hacer un réquiem, que sea por todos. Y si hay que tener el valor de enfrentarse a la muerte, que sea desde el deseo de la vida. De la vida de todos, no sólo la de los artistas.

Mariano Maresca, El Erizo abierto 1995.


De la serie Polaroid

Juan Vida y Mariano Maresca


Hipótesis sobre Clarín

A Mariano Maresca, un maestro desacostumbrado

I

Aún impoluta. Su carcasa, blanco mate. El brillo lo ha devorado el sol cuyos rayos se elevan incluso sobre la cúpula de la iglesia que un día fuera parte de este edificio. Es una Olivetti Lettera que está arrumbada en una estantería de la sala de lectura del departamento de Filosofía del Derecho. Me imagino a Mariano frente a ella, en un despacho compartido con otros compañeros, pasando sus notas de los cuadernos y folios, con amplios márgenes a la derecha, prolijamente anotados, con una letra pequeña y apretada.

Deambulo por esta sala, encerrado un domingo sin muchas ganas de escribir este texto. Nunca tendría que haber aceptado la invitación… miro de nuevo la Olivetti y la intuición me estremece. Corro a buscar el teléfono, cuya caja de acero bruñido parece blindarlo frente al paso del tiempo. Abro el navegador y deslizo los dedos, ya no hay teclas, escribo: biblioteca UGR y luego MARESCA CLARIN. El resultado es: Hipótesis sobre Clarín: el pensamiento crítico, barra oblicua, Mariano Maresca García Esteller, punto y coma, bajo la dirección de Nicolás María López Calera, Granada, Universidad de Granada 1982. ¿1982? El libro de la tesis, publicado por la Diputación, es de 1985. La entrada de la biblioteca es (supongo) la tesis; el ejemplar mecanografiado con la Olivetti Lettera que parece inerme, pero desafiante, delante de mi. Es domingo, la biblioteca está cerrada. Tengo que esperar.

Lunes. Ocho de la mañana. Dos volúmenes, encuadernados en azul, texto y notas, mecanografiados, modificadas las erratas en rotulador negro. La bibliotecaria me hace firmar unos documentos y me prohíbe hacer fotografías. El texto coincide con el del libro que se publica tres años más tarde, salvo un par de páginas que Mariano ha titulado Post Scriptum y que son suprimidas en la versión final. No hay desperdicio.

Otros factores se sumaban a lo dicho. Por razones -si se las quiere llamar así- “generacionales” soy de los en su momento hablaron del Discurso de las certezas de la Revolución. Se verá en seguida que no estoy ahora por la operación de saldo bautizada con el nombre de “crisis del marxismo”. Lo más molesto de esta almoneda es que está sirviendo para dejar sin plantear si quiera lo que sí son problemas urgentes y gravísimos -críticos- de la estrategia teórica y política inspirada por Marx y Lenin. Se ha hecho el silencio, por ejemplo, sobre una palabra a la que la superabundancia de su uso ha bastado para descalificar  sin necesidad de mayores explicaciones; me refiero a lo pequeño burgués (el pequeño burgués, la ideología pequeño burguesa, etc.). Pero es un silencio que se parece mucho al miedo al espejo; algo hay que induce  un mutis discreto, vergonzante.

Dicho en claro: el reformismo de inspiración  krausista tenía en Clarín un testigo -eso pensé- incómodo, y ello parecía una buena ocasión para intentar aproximar ese otro fantasma inasible de la ideología pequeño burguesa y sus locutores par excellence, los “intelectuales”. Así fue haciéndose el proyecto como hipótesis que pretende, en el peor de los casos, reivindicar la legitimidad de unas preguntas, la pertinencia de una indagación oblicua.

Fin de la cita.

II

Die Dichter lügen zuviel. Los poetas mienten demasiado, la máxima de Goethe y repensada por Nietzsche no solo pone de manifiesto una relación muy particular entre la poesía y la verdad (o, dicho más filosóficamente con Heidegger, entre la mímesis y poesía), sino un hecho que se ha repetido constantemente. Rousseau afirmaba que Politeia, la republica de Platón, era el tratado más bello que jamás se había escrito sobre educación. Y se tituló Politeia y no Paidea. Marie Theres Fögen, directora del MPI, fallecida prematuramente, en un librito realmente espléndido, nos narra la gran mentira del Derecho Romano, cómo Cicerón se inventó una de las leyes de las doce tablas.

Mariano también nos tomó el pelo con su tesis y posterior libro. No hay solo hipótesis sobre Clarín. Clarín es lo mismo que fue David Strauss para Nietzsche, una lupa para construir una crítica de una cultura, de una cultura pequeño burguesa. Hipótesis sobre Clarín no es un libro de crítica literaria, es un reflexión sería, extensa, detenida y sabía sobre la filosofía política de la modernidad. Así, en su totalidad. Un tratado de historia de la filosofía política, si se quiere decir con términos ya obsoletos. Sin embargo, Mariano en esa páginas que hace desparecer en la edición de su libro, nos desvela la verdad, su verdad..

III

António Hespanha, Pipo Clavero, Michael Stolleis, los tres grandes historiadores del derecho, se han alejado de construir una historia jurídica positiva, de acumulación de datos o materiales. Más bien, tras sus textos, hay una profunda reflexión filosófica de cómo escribir la historia. António siguiendo a Foucault y Bourdieu, Pipo con su antropología jurídica que tanto debe a la Teoría del Don de Marcel Mauss y Michael con su crítica acerada al constructo metafísico de la Begriffsgeschichte. Los apelo por su nombre de pila porque los conocí y me he beneficiado de su magisterio. Los tres también fallecieron hace poco. Valgan estas palabras de pequeño homenaje o de intento frustrado de consuelo personal

Mariano tampoco nos receta una historia monumental ni empírica, sino que en su trabajo doctoral se pergeña una reflexión muy detallada de cómo construir el relato histórico. Al respecto se pueden citar reflexiones, althusserianas y foucaultianas. Y propias. Procedamos con algún orden.

1.-Althusser

“El texto es un dispositivo, un mecanismo  destinado a producir efectos automáticos. Para que un dispositivo funcione es imprescindible que aquellos efectos producidos -léanse ideológicos- aparezcan como naturales”. Así comienza Mariano, acudiendo a la caja de herramientas althusseriana. Y continúa distinguiendo entre el “nivel enunciativo del texto”, aquel lugar en el “que constan sus postulados inmediatos a acerca de lo existente” y “la lógica productiva del conjunto del dispositivo”.  El positivismo disocia un nivel de otro. Se queda en lo meramente enunciativo. De nuevo Mariano parafrasea a Benjamin.

En el enunciativo leemos “lo que la obra dice de las relaciones de producción, pero para comprender la función de la obra en las relaciones de producción es preciso atender a todo el conjunto del dispositivo”. El peligro, se advierte atinadamente, es que si ignoramos “la función del texto en las relaciones de producción” lo estamos deshistorificando completamente amén de perder de vista cualquier “vocación de lucha ideológica”.

Precisamente los empaquetadores de blísteres filosóficos, aquellos que han defendido la tesis de la evolución de Clarín para eludir la incomodidad del objeto difuso y dislocado, se han quedado, en el mejor de los casos, en el mero nivel enunciativo. Mientras que su propuesta, basada en la atenta lectura de Althusser y en las sinergias (esto habría que estudiarlo más despacio) con Juan Carlos Rodríguez, al que se cita convenientemente en el cuerpo del texto y en los agradecimientos, pasa por comprender el dispositivo en su completitud. El esquema encaja especialmente bien en la obra de Clarín, pues al nivel enunciativo corresponden el “bloque de propuestas” que M. M. denomina, Políticas de la virtud, y la lógica productiva del discurso se expresa adecuadamente bajo el problema de la “Leyenda de Dios”. O expuesto más concretamente: Reformismo y Filosofía.

2.- Foucault.

Hay que seguir afinando el instrumento metodológico, porque el producto no es fácil de comer ni de digerir. Mariano lo sabe y echa mano del “viejo Foucault”. La heterotopía alude a un lugar que es real, pero que, sin embargo, está fuera de todos los lugares. Una heterotopía es un contra-emplazamiento, un sitio perfectamente localizado pero fuera de cualquier topos. Diría Mariano, empleando esta categoría, que la narrativa del pensamiento reformista de Clarín utiliza precisamente tal tipo de recurso para su discurso moral: el gabinete del intelectual, la naturaleza en estado puro, la logia, un museo, un banco o una sociedad donde se inventa una pócima mágica para salvar la humanidad, como sucede en el relato de El pecado original, son heterotopías.

La creación de estas heterotopías que acompañan al discurso moral reformista es de especial importancia para entender el krausisimo y, de forma más general, el pensamiento crítico, sobre el que me detendré a continuación.

3.- Mariano

M. M. construye como un buen artesano sus propias herramientas.

Al inicio se advierte del camino elegido que elude, sobre todo, una construcción objetiva y positivista del relato histórico. El concepto de objetividad nos intranquiliza por el etiquetado de la realidad como si nos encontráramos con un producto de supermercado y ante eso la única salida es, sostiene Mariano, que la historiografía debe proponerse a sí misma como un saber de las diferencias, las discontinuidades y las rupturas y proponer una objetividad no quieta, sino constituida y atravesada -tantas veces hasta el dislocamiento- por la misma dialéctica del proceso histórico con el que forma un conjunto único aunque no uniforme.

Clarín se nos ofrece como un “objeto flotante” que, paradójicamente, algunos tratan de construir como propio objeto obliterado sobre sí mismo. Incluso Clarín fue el primero en narrar su propia leyenda y venderla como el único código de explicación posible. Así que Mariano ya nos advierte que tomar en serio el trabajo de historiar implica huir de “confundirse con el constructor vicario de objetos supuestamente reales”.

Y eso, precisamente, se ha hecho con la interpretación de Clarín desde la izquierda y desde la derecha. Se nos ha vendido a Alas, empaquetado asépticamente en un blíster. Incluso sus lonchas están debidamente numeradas para que los abuelos sin dientes las puedan comer sin sufrir el más mínimo ahogo.

Interesa aquí, por más conocida, y de más larga sombra, la interpretación de la izquierda. De nuevo Mariano.

El mismo economicismo que sirvió de lugar de encuentro al conjunto de los grupos sociales en oposición al franquismo presidió la operación  de establecer la existencia de una tradición democrática y liberal. Esa tradición sería un mentís a la versión  de una esencia española fatalmente reaccionaria y aportaría a los antifascistas la legitimidad del precedente. Al krausismo le correspondió un papel tan fundamental en esa recuperación que puede decirse que son el primer grupo orgánico que una de sus líneas culminaría en el “socialismo democrático».

Ahí están. Embutidos en sus trajes y guantes de plástico, con sus gafas protectoras, y la ridícula rejilla sujetando el pelo, ordenado y etiquetando como locos. Los operarios tienen nombres propios: Virgilio Zapatero, se encarga de Fernando de los Ríos, Laporta de Posada y Elías Díaz serigrafía el blíster. “De la Institución a la Constitución” se llama el último producto que se puede encontrar en las cabeceras de los lineales de los supermercados. Se mete todo en el mismo saco, krausismo, ILE y lo que sea menester. La operación viene de antiguo nos advierte Mariano, de Álvarez Buylla que fue el primero en intentar codificar el sentido y el legado de Alas. Sin embargo, Clarín, al igual que el maestro Maresca fue contradictorio, dislocado, caleidoscópico, salvaje. Codificarlos, objetivarlos, es secuestrarlos y redactar una hagiografía. No era la finalidad de Mariano, desde luego.

Además de las ayudas y préstamos metodológicos externos que ya se han citado, el eje de la obra es el término pensamiento crítico. Sintagma de creación propia por medio del que se escudriña diagonalmente, a contrapelo, que diría Benjamin, una constelación de fuerzas, de tendencias que no son homogéneas, que poseen distinta intensidad y dirección dependiendo de autores y temáticas y que, desde luego, repasan no solo el pensamiento de Clarín sino de otros muchos autores e intelectuales que son piezas fundamentales del complejo puzle que es el texto: Hume, Comte, Rousseau, Kant, Hegel, Dorado Montero, Azcárate y Kierkegaard. Casi por ese orden. De ahí, como decía, el engaño, porque no solo hay hipótesis sobre Clarín sino lección maestra de pensamiento político-jurídico de amplio tracto histórico. Todo ello incidiendo, por supuesto, en un análisis detallado y muy lúcido de Su único Hijo, de La Regenta, de la novela tendenciosa, de los cuentos morales, o incluso de la literatura secundaria de la crítica literaria doméstica o extranjera que se ocupaba de la obra de Alas.

Tal enfoque debió y debe hacer torcer el gesto a más de uno que espetó como endeble crítica que aquello no era “jurídico”, sino un monstruoso pastiche. La indolente Olivetti, que tiene su merecido descanso acariciada por los tibios rayos de sol, contestó convenientemente a tal objeción.

Una ultima cuestión -tecleó Mariano-: «Soy consciente de que -entre otros muchos- este texto tiene un problema muy concreto, el de no parecer muy jurídico. Es difícil contestar a esto sin resultar demasiado “suficiente”, pero la verdad es que es un problema que a mí me parece planteado desde una perspectiva estrictamente positivista, por tanto no considero pertinente la objeción. El debate lo remitiría, de muy buen grado al positivismo que sustancia el reproche”.

El Pensamiento crítico es entendido como un “discurso moral”, como una “categoría historiográfica”, cuyos lemas son heterotopías en el sentido foucaultiano antes explicado y con los que Mariano aborda la figura de Clarín y de tantos otros. Se caracteriza principalmente por dos rasgos: es un discurso subalterno y es un discurso reactivo.

El primer aspecto, su carácter subalterno. Se orilla la ideología dominante, pero, a la par, no constituyen una oposición absoluta a ella. Se da en este sentido una dependencia temática, en el caso del pensamiento moderno un solo asunto: Sujeto de derechos. Existe una dependencia respecto a la validez, pues se emplean los mismos criterios que el discurso dominante, aquí se echa mano de categorías tales como teoría del conocimiento o epistemología y, por último, existe una dependencia respecto a la función que cumplen tales discursos. Triple dependencia pues de la ideología dominante.

En segundo lugar, el discurso es reactivo. Se enfrenta a lo exterior, que se considera un factor extraño, heterónomo, antinatural si se quiere, un elemento que azuza el pensamiento, que lo convierte en una práctica necesaria y explícita.

El pensamiento crítico requiere de un intelectual crítico. Una figura que se construye mostrando sus extremos. De una parte Hume que alaba a los “honrados caballeros” que se dedican a “sus quehaceres domésticos” y se “divierten en esparcimientos corrientes”. Habría que insuflar a nuestros filósofos de esta “mixtura terrestre, ingrediente que por lo general es muy necesario”. Mientras a una imaginación fogosa se le permita entrar en la filosofía, nunca tendremos principios sólidos. Hume pretendía quemar toda su obra y sacralizaba lo evidente.  Pretendía aniquilar los monstruos de la razón para devolverla pulida y lisa, casi roma y resbaladiza, al campo del puro sentido común. Recientemente, Marv Waterstone siguiendo a Kate Crehan ha definido tal término:

«las verdades del sentido común no son complicadas de entender y no necesitan de pruebas para que las aceptemos. Todo el cuerpo social está conforme con su verdad y cualquier persona de inteligencia media enseguida la ve».

La importancia de tal noción para el liberalismo y el capitalismo es más que evidente. En este mismo extremo, se sitúa también Comte, quien habría unido filosofía y política, lo que supondría “una capitulación del pensamiento ante lo existente”.

Frente a ellos, emerge la figura del philosophe de la Encyclopedie, una persona que no se oculta en la profundidad del mar ni en lo más denso del bosque. El filósofo de la Enciclopedia está próximo a la experiencia del hombre medio, no busca la arcadia ni la retirada del mundo como Kierkegaard. Clarín, está en terreno de nadie, como buen pensador crítico, es un hombre atado a la vida real, que sabe cuánto cuesta un café. En una carta a Galdós de 13 de junio de 1888, citada por M.M., escribe:

«Trabajo sin fe ninguna; únicamente me gusta la cosa mientras estoy escribiendo, pero a la media hora me parece una grandísima bobada. Yo no soy novelista ni nada; nada más que un padre de familia que no conoce otra industria que la de gacetillero transcendental».

Y, de otro lado, los Holzwege, los monstruos de la razón, el ansia de lo absoluto, la “leyenda de Dios”, la muerte. Mariano de nuevo lo expresa con justeza:

«Cuando alguien afirma, como hace Clarín en Un discurso, que el tema religioso es fundamental porque, de no plantearse deja sin salidas el problema esencial de que vivimos para morir, parece obvio que la muerte ha pasado ha ser la única referencia posible de todo discurso y de toda práctica».

Así que, de un costado, Vetusta a lo Freud, como “Komprension, Unifizierung, Verdichtung”  de la lógica del mercado, del egoísmo que tan brillantemente explica Clarín en El pecado original (el científico que busca el elixir de la inmortalidad pero que para ello requiere las células de todos para inocularlas a uno solo y lograr que el y su descendencia sean inmortales) y de otro, Dios, la muerte. El Pensamiento crítico siempre se mueve en la Angustia de la Mediación, ni nihilismo positivista ni fatalismo. Se trata de no claudicar ante al fatum. De convertir la heteronomía en acción pedagógica, es decir, de reformismo. Así que en Clarín afirma Mariano:

«Más que una rectificación  o un regreso, existe una progresión  hacia la madurez de una contradicción que siempre estuvo existente».

Entre los cuernos de esa disyuntiva Clarín tiene buenas compañías. Se aborda por el ejemplo el pensamiento de Dorado Montero, de Azcárate o de Kierkegaard, al que Mariano sitúa con razón como final del pensamiento crítico. Mención especial merece, por la profundidad de sus reflexiones, la obra de Rousseau, porque se independiza incluso de la lectura de Althusser quien se centraba en el contrato social, en las paradojas que este generaba y sus posibles soluciones encadenadas. Mariano, sin embargo, también subraya los aspectos menos atendidos del ginebrino, a saber: su emotivismo, su carácter prerromántico, abierto al sentimiento como se plasma en su Nueva Eloísa. La cita de Paolo Pascualucci que M.M. incorpora al cuerpo del texto es concluyente: “La época de la seguridad burguesa no pudo ser sustancialmente impermeable a la búsqueda dramática de lo absoluto implícita en la especulación de Rousseau”. Con razón ha advertido Lydia Vázquez en la espléndida introducción que precede a la edición de Cátedra de Julia o la nueva Eloísa que el contrato social y los otros escritos políticos de Rousseau solo se entienden adecuadamente si no se pierde de vista el sentimentalismo de esta novela de la que el propio autor recelaba. Pensamiento crítico como categoría historiográfica, como categoría iusfilosófica. He aquí la dovela clave de Hipótesis sobre Clarín. Y esto escrito con una vieja Olivetti que se consume al sol en un anaquel medio vacío. Con esos artefactos, a principios de los ochenta, los “filósofos del derecho de pata negra”, perdón por la ironía, se dedicaban a otras cosas; bien seguían replegados dándole vueltas al Derecho Natural que ahora comenzaban a denominar crípticamente “Teoría del Derecho”, bien trataban de construir una historia idealizada del pensamiento jurídico que justificara una socialdemocracia tutelada por el gran hermano teutón, pero teóricamente construida a través de la doctrina italiana.  Hubo excepciones. A la vista están. Y de una de ellas acabo de hablar. Mariano no solo fue un catalizador cultural. Fue un filósofo, un jurista con una obra original, valiente y sería. Escrita con mimo, en cuadernos y a máquina de escribir. Por “una suerte que no quiero entender”, como dijo el clásico, fue mi maestro, mi amigo.


El último polímata

Rendir homenaje a Mariano Maresca –el último polímata que he conocido- supone, también, homenajearnos a nosotros mismos y al tiempo en el que compartimos con él amistad y trabajos. Un tiempo de esperanza, todavía, en el que creíamos disponer de herramientas intelectuales suficientes para explicar el presente y prever -aproximadamente- por dónde iba a ir el futuro. Es muy posible que Mariano estuviese de acuerdo con un pensamiento que Simone de Beauvoir atribuía a Sartre. En La ceremonia del adiós (1981), afirma  la filósofa que para Sartre en cualquier momento, cualquiera que fuera el contexto social o político, entender a los hombres seguiría siendo lo esencial. En los 80,  que es cuando conocí a Maresca, me pareció que este era su propósito. Y también fue, con mayor o menor fortuna,  el nuestro. Tuvimos suerte de contar con él, un polímata, empeñado en saber todo lo que se podía saber. Él fue un pensador de la estirpe de Leonardo, de Sor Juana Inés de la Cruz o de Leibniz.

En los últimos años, el término «polímata», antiguamente reservado a los eruditos, se ha extendido a aquellas personas cuyos intereses abarcan desde el atletismo a la Inteligencia Artificial. Maresca se empeñó en saber todo lo que pudo de cine, de literatura, de filosofía, de derecho, de historia, de teatro, de pintura, de periodismo, de televisión, de arte o de la edición y publicación de libros y revistas. Y lo que es más importante, a su alrededor logró congregar a un grupo de personas que también pretendían lo mismo. Nos alentó, nos ayudo, posibilitó la publicación de nuestros escritos; nos enseñó, en tertulias y en encuentros habituales, a buscar eso, tan raro hoy, que se llama Verdad. Convencido, Mariano no era un ingenuo, de que toda la verdad era algo inasequible para cualquier persona, pero que el hecho de que supiéramos que era inalcanzable, no nos eximía de buscarla, ni a él ni a cada uno de los que lo acompañábamos en la búsqueda. Platón, que no era bobo, aun a sabiendas de lo inaccesible de lo que proponía, si no eras un dios omnisciente,  afirmó que nada es más hermoso que saberlo todo. Hoy, aun sin herramientas seguras de conocimiento –con el “coco” de la Inteligencia artificial ahuyentando nuestros legítimos sueños de un mundo razonable y acogedor- quiero homenajear a Mariano Maresca, seguro de que él abominaría de la especialización –hoy la llaman expertización- como algo propio de gusanos, y que lucharía, como Sísifo y su inestable piedra, por hacerse con un saber universal. Este polímata, al que quisimos y respetamos, nos hubiera ayudado, pese a la confusión actual, y con las ideologías colapsadas, a encontrar alguna de las claves del presente con las que poder husmear en el futuro. Y, desde luego, de lo que nunca nos habría exonerado  es de intentarlo. Aun a riesgo de que la piedra del saber, una y otra vez, desasiéndose de nuestro abrazo, se precipitara hacia el pie de la montaña. Donde habita el olvido y la ignorancia.


¿Recuerdan el paraíso?

Para recordar a Mariano tendría que hablar de todo lo que sé, pues gran parte de lo que he aprendido se lo debo a él. Y, sobre todo, hablar de los días felices. Días que solían comenzar tarde, con frecuencia en Botánico a la hora del almuerzo: Mariano recomendándonos con auténtico fervor a Alfonso, a Javier o a mí su último descubrimiento literario, desmenuzando un editorial de El País o perfilando con letra menuda en su Moleskine la presentación del libro de un amigo. Después de hacernos cargo del líquido a percibir, la tarde podía continuar en su despacho de la facultad o en los alrededores de la Plaza de la Trinidad. Recuerdo con claridad a Mariano dibujando de manera sencilla y minuciosa en una servilleta algo parecido a un mapa para explicarnos la política migratoria de la UE o contándonos cómo el sol de una tarde de enero se comporta como la verdad: para seguir caminando es preciso bajar la vista para no deslumbrarnos. Y nos sentábamos a caminar hasta despedir el día desde la Piccola Italia y estrenar el fin de semana en La Tertulia, entrando como una manada de búfalos, cargados de razones y de copas.

El exceso de ser inteligente. La lucidez. El disparate. El sentido del humor, la ironía y las ganas. Pasolini. Y la poesía. Y las novelas. Y la ópera. Y David Bowie. Y Enrique Morente.  Su familia y, sobre todo, la red de amigos que supo tejer a lo largo de su vida. En todo esto pienso al recordar a Mariano, en algo parecido a un paraíso cotidiano y doméstico; muy similar a lo que escribió en la columna “Paraísos”, en julio de 2005:

¿Recuerdan el paraíso? Hagan la prueba: cierren los ojos, oigan el sonido del interior del mar, y empiecen a caminar despacio.

Invierno de 2024

Vejez e Infancia

Este es un manuscrito que Mariano Maresca escribió como respuesta a unos comentarios que le trasladé sobre un borrador de un ensayo brillante, intenso, “excesivo” desde el punto de vista intelectual en el que Mariano hacía una relectura del discurso político moderno a partir de la interpretación de la hipótesis del Estado de naturaleza como infancia de la modernidad. Una modernidad que irrumpe en la historia como un “novum” pero que al mismo tiempo se representa como la llegada de la humanidad a su “mayoría de edad”, a su madurez, una modernidad que nace ya adulta. En ese texto Mariano condensa su conocimiento profundo de la filosofía política moderna, con una magnifica lección de historia de las ideas en las que no faltan referentes como el psicoanálisis, o sus estudios sobre el despotismo oriental  o sobre la servidumbre voluntaria de Etienne de la Boètie, para interrogar la modernidad desde la dicotomía entre la imagen del niño como “titular del poder del deseo”, como lugar para pensar otra modernidad posible, más allá de la modernidad madura,  la modernidad que codifica la experiencia en la norma, en el cálculo racional, en el mercado y en el Estado.

Mis comentarios a ese texto imprescindible que dejó inédito Mariano, terminaban con la pregunta de si no era posible también interrogar a la modernidad desde la imagen de la vejez, del que vive un tiempo ya concluido; la vejez no pertenece ya al orden adulto, es tiempo de desencanto desde donde se es consciente de no formar parte de un proyecto, tiempo de rememoración que es también una vuelta a nuestra minoría de edad. La respuesta de Mariano fue este impagable regalo de diez aforismos sobre la vejez, escritos con esa irrefrenable energía vital e intelectual que Mariano contagiaba.

Aforismos del viejo

Esta es la primera respuesta a una pregunta de Pedro Mercado. Como toda respuesta, es ante todo la demanda de otra pregunta.

1.-  El viejo es el que cuenta (las) historias. Su auditorio son siempre, u otros viejos, o los niños. La diferencia entre esos dos auditorios se refiere al uso del tiempo. Los otros viejos que escuchan tienen el mismo tiempo (para oír) que el narrador (para contar): un tiempo concluido, cerrado que ya nadie mide. Los niños, para oír al viejo, tienen el tiempo que crea su deseo de fantasía, un tiempo por empezar, abierto, dispuesto para la experiencia del descubrimiento (o la fascinación): un tiempo que todavía nadie mide.

2.- El viejo se vuelve como un niño (de eso se quejan los adultos): caprichoso, parlanchín, irrefrenable, que confunde los datos de lo real, imprudente –dice tacos delante de las visitas–; al viejo se le quiere solamente porque existe. Igual que al recién nacido: no importa lo que hagan o lo que sientan (de hecho, se ignora por completo lo que sienten). Quererlos –al viejo y al niño–, es natural: por eso no se puede confesar públicamente que molesta atenderlos.

3.- El viejo que no se vuelve como un niño, se calla. Su silencio es una severa advertencia de que hay un momento de la vida en el que ya no cabe ninguna posibilidad. Ese es el viejo intolerable: hay quien llega a asesinarlo.

4. Sólo se abandona a niños (en un portal: en las puertas de otra casa) o al viejo (en un asilo: un lugar que no es una casa). No se soporta su manera irresponsable de usar el tiempo.

5.- El viejo recuerda mejor el pasado remoto que el reciente. ¿Borra lo superfluo, recuerda solo los recuerdos que su cuerpo débil puede arrastrar? Suele hablar de lo que podría haber hecho, o sido. Tampoco olvida el dolor: la traición de la vida. Pero lo entiende (aunque nunca un viejo haya explicado cómo se puede vivir con ese dolor).

¿No es eso –la aspiración de ser alguien, pero también el primer y definitivo aprendizaje de la frustración– la misma memoria del niño?

Memoria del niño: no tiene que haber pasado el tiempo para que haya memoria: basta con desear algo para tener pasado, un pasado que se pueda contar (u oír cantar al viejo). El niño recuerda lo mismo que el viejo. El viejo lo sabe, el niño no.

6.- El viejo cuenta –recuerda– el origen próximo de la vida: no el principio de la historia de la humanidad, sino la imagen que ya se está borrando –como su vida– del mundo en que nacieron los padres del niño. Los padres del niño le dejan que la cuente: saben que el niño todo lo recordará –si acaso– cuando sea viejo.

7.- Cuando el niño recibe el relato del viejo, está ocurriendo algo casi inexplicable: el que habla desde una conciencia plena y aguda de la finitud es entendido porque le oye alguien que todavía cree que la vida es infinita (quien no ha conocido la experiencia de la muerte).

8.- Eso es solo casi inexplicable. La conciencia de la finitud hace que se desprecie el instante. El relato del viejo nunca se detiene en algo urgente (desconoce la urgencia, en realidad). Reduce la vida a lemas que repite, que tergiversan la geografía real del territorio del tiempo. Exactamente así es como la vida, para el niño, es infinita. La memoria y la fantasía coinciden, se alimentan mutuamente. Por eso los adultos se quejan de que el viejo malcríe –consienta, es decir, autorice, al niño–: reconoce la legitimidad de su infancia.

Pero el niño sí conoce la urgencia, la urgencia que pertenece al orden del deseo. Para «morir en paz» tendrá que dominarlo.

9.- Para el niño, el viejo es otro niño: el niño oye la memoria como fantasía.

10.- Cuando el niño crece, también él excluye al viejo. En la vida del niño que ha crecido, la fantasía ha sido sustituida por el afán de otra memoria, la del deber de ser Padre. Este niño ya no oye al viejo: es un burgués progresista que lo tolera, lo quiere, pero que no se arriesga con él fuera del tiempo. Y a lo que más miedo tendrá en la vida es a envejecer, porque se siente culpable de haber roto el coloquio sagrado entre la memoria y la fantasía.

Mariano Maresca

Octubre de 1992

Tres poemas de Mariano Maresca

Tengo un amigo que pinta soldaditos de plomo. Lleva más de 30 años dedicado a ello, e incluso ha transformado el garaje de su casa en el espacio donde las miniaturas reproducen batallas legendarias, o están siendo pintadas en ese momento, o esperan pacientes su turno para pasar del blanco a los colores del ejército que corresponda. Incluso tiene muchas piezas que ni siquiera ha tenido tiempo de sacar de los paquetes.

A nuestro amigo Mariano le pasaba algo semejante con los cuadernos, libretas y diarios. Le encantaba pararse en alguna de las tiendas de la ciudad donde sabía que se vendían esos objetos; o los compraba cuando viajaba; o se los regalaban. El caso es que los conservaba todos y, como mi amigo con los soldaditos, algunos los completaba, otros los usaba para una sola idea, o los dejaba a medias o simplemente ni los comenzaba. Tras su fallecimiento, hacer un inventario de sus cosas ha sido como vencer a la muerte y ordenarla: una caja mediana de cartón repleta de cuadernos sin estrenar, con el blanco plomo de sus páginas, es su obra inacabada.

Con todo es obvio que Mariano disfrutaba de la palabra escrita y que le encantaban los manuscritos. Los propios y los de sus amistades. Han aparecido manuscritos de libros de poetas, intercambios epistolares, u originales mecanografiados como el de Los pacientes del doctor García, de su gran amiga, la también añorada Almudena Grandes. Y, por supuesto, también han aparecido manuscritos con textos propios de Mariano, publicados o inéditos. Y entre los inéditos una selección de poemas suyos escritos entre 1965 y 1968, de la cual algunos habíamos oído hablar por boca de nuestro amigo, pero que no habíamos leído. La selección viene “precedida de unas elementales, pero necesarias explicaciones” que es toda una declaración de intenciones en la que encontramos presupuestos poéticos que 15 años más tarde serían desarrollados por el movimiento La otra sentimentalidad. Entre los poemas del libro hay una elegía a la muerte de su madre, escrita en tres partes, con un tono, ambiente y estructura muy elementales y sin métrica alguna, pero que podríamos leer, de algún modo, como la antesala, una década antes, al poema Coram Pópulo, del libro Troppo Mare de Javier Egea, uno de los poemarios esenciales de La otra sentimentalidad

Comparto la “Elegía” de Mariano porque él mismo la consideraba un “poema acabado”, como podemos ver en sus explicaciones de las que también publicamos un extracto.

El criterio de selección seguido para entresacar de cada cuaderno de poemas alguno que pudiera ser significativo, ha sido distinto según los casos. He elegido los que he visto más enraizados dentro de mí. Si están aquí, es porque creo sinceramente que fueron escritos desde dentro ya que son entrañablemente míos. Lo que necesitaba escribir era muy ambicioso, y sentí el apremio de la palabra estricta, pobre, estrecha, que quise enriquecer con un uso especial de la sintaxis y sobre todo con un encabalgamiento de ideas que les diese cierto clima rítmico.

En pleno verano de 1965 -cuatro de agosto- murió mi madre. Este acontecimiento desató en mí más de un caudal que aún hoy circula por mis adentros. La ELEGIA fue elaborada lentamente. No me importa decir que los tres poemas seleccionados me parecen realmente acabados, sobre todo el primero, AHORA… Cuando los he intentado corregir no he encontrado un espacio por el que entrar en ellos. Sus palabras me han parecido como engastadas con buril en un bloque macizo. (El poema) NO PALABRA O IMAGEN quedó, en una reunión de la que luego hablaré, como el mejor de mis poemas. En el tiempo de ELEGIA persiste el halo espiritual: basta ver los versos finales de LA PIEDRA SE ME HACE.

Una evolución mía absolutamente cierta quedó recogida en estos poemas, en los que ya aparece el «nosotros», referido incluso a grupos determinados («nosotros tenemos ideas claras”). ¿Cómo fue esta evolución? Supongo que influirían nuevas amistades, nuevos problemas, el simple paso del tiempo. Entre esos nuevos problemas estaba el de la poesía. Por primera vez entonces me planteé la necesidad de pensar sobre mi poesía, incluso sobre el mismo hecho de que, de vez en cuando, yo cogiera la pluma y escribiera poemas. A esto contribuyeron unas reuniones de poetas amateurs. En aquel grupo estaba Juan Carlos Rodriguez Gómez que ya ha publicado algo. Leí una selección que no recuerdo muy bien. Los poemas gustaron, pero fui enormemente criticado porque -decía Juan Carlos- mis escritos eran lo suficientemente serios e importantes como para hacerles también una crítica seria, en vez de despacharlos con un «está bien…”. Si hubiese seguido en aquel grupo, probablemente hoy mi poesía sería más consciente. Lo abandoné porque a esa hora tenía que asistir a unos encuentros espirituales. Salí perdiendo en el cambio.

Esta página esta tan viva hoy como cuando la escribí, vive en el fondo de todo lo que pienso y hago. Lo único cierto que sé de ella es que ella soy yo. ¿Cómo será la poesía que escriba desde ahora? ¿Volveré a escribir poesía? No lo sé, ni es cosa que ahora importe demasiado. De todas formas, «Dios dirá, que está siempre callado».

Almería, a ventiocho de septiembre de mil novecientos sesenta y ocho.

Mariano Maresca

Y terminan estas EXPLICACIONES con una nota. “Al decir «poética» no uso el término en su sentido estricto. Para mí, Poética es tomar café con leche si en ello se pone el alma”.


TRES POEMAS

I

Ahora que amanece otro sol,
Ahora que este sillón está vacío y
Ahora que la tierra se cierra para siempre.
Ahora que su cuerpo yace postrado en serena sonrisa,
Ahora que uno dice "parece que respira" y
Ahora que los ruidos son menos, o son otros.
Ahora que es verdad la pesadilla,
pero ahora que no es pesadilla del todo, porque
Ahora los besos son más, o son otros.
Ahora que son veintiún día de muerte, o
Ahora que la edad cuenta por veintiún día de vida.
Ahora que las lagrimas se pararon ahí dentro,
Ahora que los ojos no tienen cuerpo que mirar, porque
Ahora el cuerpo no existe, sino un olor, una silla, una lápida.
Ahora que ella ha muerto,
no tengo cauce, ni metro, ni rima.
Sólo acento que lo inunda todo: rima, metro, cauce,
y que matiza las flexiones hondas de mi voz partida.

I I

No palabra o imagen.
El sentido total es lo que quedó sin ti.
Ni el minuto ni la hora.
Es Tiempo lo que se detuvo ante ti.
Tampoco día o noche.
Sino la luz, que se siente inútil sin ti.
Ni tierra, ni mar, ni cielo,
Que ahí está el universo, mudo de ti.

I I I

La piedra se me hace escala,
la piedra que nos separa
y que te tapa mi cara
no te lleva de mí.
Se me vuelve timón la letra
Que me arrastra sin meta
a una visión completa
posible ahora sin ti.
Y es que lo que me dice tu serenidad postrada
son palabras tejidas en otras moradas,
los verbos de un camino inconsciente
entre la Patria, el Rey -un camino ardiente-
y lo poco que todos sabemos de ti.