La Otra Sentimentalidad

Con motivo de los 40 años de la edición del libro La Otra Sentimentalidad (Don Quijote, 1983), Elenvés Editoras publicó el año pasado una reedición actualizada con la reproducción facsímil del original y la inclusión de otros y otras poetas de La Otra, además de complementos como fotografía y música. Aquí reproducimos unos fragmentos del libro: el prólogo de esta nueva edición, de Félix Martín Gijón; poemas del original, de Javier Egea, Álvaro Salvador y Luis García Montero; las nuevas incorporaciones, que ajustan aquella edición, con poemas de Teresa Gómez, Antonio Jiménez Millán, Inmaculada Mengíbar, Benjamín Prado y Ángeles Mora; enlaces a los poemas musicados por Rafa mora y Moncho Otero; y una selección de la galería fotográfica que incluye la nueva edición.
2023 ha estado lleno de encuentros poéticos, mesas redondas, ciclos y recitales que han conmemorado el cuarenta aniversario de La otra sentimentalidad. Entre tales celebraciones, ocupa un lugar muy especial la aparición del libro que hoy presentamos, lo cual es motivo de celebración y de agradecimiento. En efecto, hay que agradecer a Elenvés Editoras el acierto que han tenido a la hora de devolver a las estanterías, los escritorios o las mesitas de noche de los lectores una antología muy influyente desde su aparición, pero de difícil acceso, convertida en objeto de coleccionismo o en capricho de bibliófilos. Hay que agradecer asimismo el cuidado que han puesto en la elaboración del libro: desde la cuidada maquetación al diseño, desde la galería de fotografías incluidas al colofón musical que convierten la obra en un artefacto artístico donde dialogan las imágenes, las canciones y los poemas. Y, por supuesto, junto a reproducción facsímil de la antología de 1983, hay que agradecer también que esta se complete con una nueva sección, es decir, que junto a los escritos de Luis García Montero, Álvaro Salvador y Javier Egea, aparezcan ahora los de Teresa Gómez, Antonio Jiménez Millán, Inmaculada Mengíbar, Ángeles Mora y Benjamín Prado, dando así una imagen más exacta de aquella propuesta poética que se llamó La otra sentimentalidad.
Por mi parte, he tenido la suerte de participar en este maravilloso proyecto escribiendo unas «Palabras previas» que abren el libro y que son, simplemente, una invitación a su lectura. No era tarea sencilla presentar en un breve texto —cuya extensión no quise que sobrepasara a la de los artículos originales incluidos en la antología— algunas de las claves que han acompañado a la propuesta granadina durante más de cuarenta años. Una cita de Jaime Gil de Biedma («parece que fue ayer y algo ha cambiado») me sugirió el tono con el que condensar tanta historia en unas cuantas páginas; y no quisiera detenerme en ellas, pero sí me gustaría comentar que, ahora que el tiempo proporciona alguna distancia, ahora que la antología va teniendo cierto recorrido, mi experiencia de relectura ha sido algo así como abrir una ventana y asomarme a ella: abrir una ventana y sorprenderme con múltiples perspectivas.
La primera mirada permite dar un salto al pasado, un salto que nos sumerge de inmediato entre las páginas de aquella antología publicada por la editorial granadina Don Quijote en 1983. Esto tiene un interés muy particular porque nos pone cara a cara frente a una de las publicaciones más decisivas de la poesía española contemporánea, frente a una de las obras sin la que sería muy difícil entender la historia de nuestra literatura más reciente. La antología del 83 contaba con menos de 80 páginas, pero bastaban para ofrecer algunas de las reflexiones y de los versos que se han hecho lugares comunes en los debates poéticos actuales. Hoy en día, cualquier lector interesado recuerda —como aparece en este libro— que los sentimientos cambian al ritmo de la historia, que un poema puede ser un pequeño teatro, que la ternura actúa como forma de rebeldía, y que la poesía es un pequeño pueblo en armas contra la soledad. Hay mucha frescura en estos planteamientos, hay un aire respirable. Por eso, mirar a través de las páginas de la antología, asomarnos por esa ventana, no sólo es una lección de historia literaria, sino un modo de acercarnos a nuestra realidad presente y —por qué no— también a nuestro futuro. Pues obviamente, los retos siguen estando ahí; por decirlo con palabras de García Montero: cómo «participar en el intento de construir una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios, exterior a la disciplina burguesa de la vida». Este exterior podría analizarse mucho, pero apunta hacia la idea de ruptura, que es el problema básico de todas las revoluciones; un problema que podría formularse a partir de una conocida pregunta de Lenin: ¿qué hacer?, sólo que a mí me parece interesante contrastar esta cita con otra del poeta peruano César Vallejo: «por lo demás ¡qué hacer! / ¿Y qué dejar de hacer, que es lo peor?». Comparar ambas citas puede resultar algo forzado, pero el matiz que introduce la pregunta de Vallejo es muy sugerente. La pregunta ¿qué hacer? puede ser extremadamente difícil de abordar, pero admite respuestas positivas, constructivas; en cambio, la pregunta ¿qué dejar de hacer? se dibuja con la sombra de la negatividad, hay en ella algo brumoso, una opacidad que incomoda. ¿Qué dejar de hacer? implica que seguimos los dictados de la costumbre, una rutina más o menos desapercibida: un proceder que damos por sentado y —aquí está la trampa— del que no solemos ser conscientes. Se trata de hábitos que naturalizamos, que asumimos como verdades incuestionables; se trata de conductas que, a fuerza de repeticiones, se vuelven invisibles, indetectables. ¿Cómo romper con aquello que no vemos, que pasamos por alto? ¿Cómo dejar de hacer lo que no nos damos cuenta que hacemos? Y aquí entramos de lleno en el terreno de la ideología.
No quisiera, sin embargo, ponerme demasiado teórico. Hay una canción de Leonard Cohen que puede ser ilustrativa al respecto. Se titula «Famous blue raincoat» y es una especie de carta enviada a un antiguo amigo que ha tenido una aventura con su esposa. Casi al final de la canción, aparecen los siguientes versos: «y gracias por la pena / que le quitaste de sus ojos. / Yo pensaba que eran así, / de modo que no lo intenté». ¿Hace falta estar ciego?, podríamos preguntarnos convirtiendo en interrogación un verso de Rafael Alberti. Si pongo el ejemplo de Cohen es porque me parece que ejemplifica bien lo que estoy tratando de exponer: todas esas tristezas que damos por sentadas y que, sin embargo, podrían acabar si lo intentáramos… Por supuesto, las rupturas nunca son fáciles ni completas, siempre arrastran algo del pasado, están atravesadas por sus propios fantasmas. Esto lo explicó bien Althusser, pero creo que también lo explica bien Ángeles Mora cuando escribe que no resulta fácil cambiar de casa, de costumbres, de amigos; que no es fácil cambiar de llaves, ni mucho menos fácil cambiar de amor (La dama errante); y también lo plantea bien Álvaro Salvador: uno no se quita de amar ni de fumar, uno descansa (La mala crianza).
Pero volviendo a las líneas antes citadas de García Montero, me gustaría acabar haciendo dialogar de nuevo dos textos donde se produce una coincidencia. Si recordamos, García Montero hablaba de construir una sentimentalidad distinta, libre de prejuicios. Pues bien, puede ser interesante reparar en que esta esta misma expresión la emplea Rafael Alberti en su libro de memorias La arboleda perdida:
Con María Teresa me pasaba las horas trabajando en algunos poemas o ayudándola a corregir un libro de cuentos que preparaba. Una noche —lo habíamos decidido— no volví más a casa. Definitivamente, tanto ella como yo empezaríamos una nueva vida, libre de prejuicios, sin importarnos el qué dirán, aquel temido qué dirán de la España gazmoña que odiábamos.

Si leo este fragmento no es para indicar que García Montero estuviese pensando precisamente en él cuando escribió su artículo, sino para tratar de hacer un pequeño ejercicio: vamos a tratar de imaginar cómo sería, a finales de los años 20 y principios de los 30, una relación entre un poeta que abandona el hogar familiar y una escritora divorciada y con dos hijos. Lo dice el propio Alberti: un escándalo.
Con todo esto, lo único que pretendo indicar es que la sentimentalidad es histórica y se conquista. Y esta es una de las muchas lecciones que nos siguen enseñando los poetas recogidos en la antología que presentamos. Por supuesto que se han sucedido infinidad de hechos en estos cuarenta años: ha habido muchas luchas y avances, ha habido derrotas, fracturas y pérdidas, pero también hoy puede ser beneficioso seguir interrogándonos sobre la posibilidad de elaborar una sentimentalidad distinta, una otra sentimentalidad, a la hora de establecer vínculos comunes más allá de un individualismo ensimismado, de construir espacios colectivos, de vivir nuestro trato con los demás fuera de la lógica del dominio y la ganancia, lejos de las «gélidas aguas del cálculo egoísta», como dijo Marx: y, en este sentido, no extraña que Javier Egea hiciera de diciembre una metáfora de la explotación.
Contra este frío, es grato leer o releer la antología de La otra sentimentalidad no como un ejercicio melancólico —aunque también sea lícito hacerlo—, sino como una apuesta por nuestro futuro. Pero como he comenzado hablando de ventanas, quisiera finalizar recordando un poema de Gabriel Ferrater en el que a través de una persiana se abren treinta y siete horizontes. Me gustaría pensar que todos estos horizontes son los que se ofrecen al lector, y que al menos uno de ellos conduce a un mundo más justo, más tierno, más solidario, a esa otra orilla de la que hablaba Brecht como solía recordar Juan Carlos Rodríguez.
Otro romanticismo
«…las aguas del olvido «
Garcilaso«Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!»
César Vallejo
Te escribo nuevamente desde una tarde helada
de esas en que nos puede el sentimiento
y la obsesión -ese pingajo de la soledad-
te derriba, te ocupa, sienta plaza en tu cuerpo
y, lo más peligroso, te alumbra, te interroga.
Y ves que los renglones se estrechan,
las letras se amontonan
y comprendes el hueco imposible,
el espacio que nunca compartimos
y este bello recurso de contarte la vida
poblando de historia y de sueños
las hojas tibias del dolor
que tanto me recuerdan tus muslos o tu espalda.
Por ellos navegué durante tanto tiempo,
en ellos aprendí tantas cosas extrañas,
tanto golpe de mar,
que parece imposible olvidarte así, de pronto,
como quien tira la luz por la ventana,
como quien se despuebla de golpe de esperanza.
¿Quién puede responder sin ningún truco
a las preguntas viejas, enquistadas,
hechas parte de ti?
¿Quién cruzará de un salto las aguas del olvido
sin sentir cómo quema en la carne la sorpresa de un día,
las sábanas de un día, los cuerpos ofreciéndose,
las ojeras del gozo al amanecer?
¿No volverá el amor ,
aquel juego con náufragos y cofres,
a sorprendernos con su mano abierta,
a dejar en la playa de un hombro
como alga de plata que reposa
la saliva brillante del deseo?
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Por eso he de decirte -aunque sea por escrito-
f que está la casa abierta para ti,
que te esperan los libros, el té, mi soledad,
las dudas de las tardes de domingo,
la pequeña verdad
que no se tiene en pie sin tus palabras.
No es posible saber cuando todo enmudece
y la vida se ha vuelto una sórdida esquina
si nos falló el presentimiento
o será que el mercado nos fue tragando
con sus comadres y su algarabía,
que no supimos vernos ni hablarnos
entre anuncios de sopas luminosas,
promesas y altavoces
pregonando los últimos saldos
de la felicidad.
Será que llevaremos inevitablemente
un lenguaje podrido que amarga el paladar
y te pone a escupir en mitad de la urgencia
cuando toda la historia apenas si consiste
en decirnos que sí, que nos amamos.
Y los golpes, tan fuertes, las aguas del olvido,
tan hondas… Yo no sé!
Hay cosas en la vida
que sólo se resuelven junto a un cuerpo que ama.
Y cartas que se escriben
cuando la prisa clava su aguijón
y te deja colgando del alero
y te da por pensar
que es posible que no nos conociéramos
aunque fuimos viviendo el mismo frío,
la misma explotación,
el mismo compromiso de seguir adelante
a pesar del dolor.
De: Paseo de los Tristes

Noche canalla
Yo no sé si la quise pero andaba conmigo,
me guiaba su risa por la ciudad tan gris.
Ella tenía en su boca colinas de Ketama
y el cielo de sus ojos me pintaba de añil.
Yo vi tantas estrellas como ella puso siempre
en aquel cielo raso como un paño de tul.
Ella llevaba el pelo como la Janis Joplin
y los labios morados como el Parfait-Amour.
La he perdido en un bosque de jeringas brillantes
por donde nos decían que se llegaba al mar;
se fue sobre un caballo de hermosos ojos negros,
por más que yo me muera no la podré olvidar.
Bajo el cielo ceniza me conducen mis piernas.
Esta noche no tengo ni esperanza ni amor.
Sólo queda el calor de mi pobre navaja.
Hoy me he visto la cara de un retrato-robot.
A pesar de sus ojos he salido a la calle,
a pesar de sus ojos me ha tocado vivir .
En un barrio de muertos me trajeron al mundo.
Esta noche canalla no respondo de mí.
(De Granada tango)
Laberinto
Catorce besos dicen que es la vida,
sobre todo si duelen en su boca,
sus labios se me van, su piel me toca
abriéndome y cerrándome la herida.
A veces pareciera estar rendida.
Con su desdén se me convierte en roca.
Tiembla mi corazón y se equivoca
en este laberinto sin salida.
Catorce besos es, catorce dudas
que me dejan caer por las desnudas
soledades secretas de su aliento.
Catorce dudas cómplices de niebla,
y el sólo convivir con la tiniebla
de tenerla o perderla en un momento.
(Inédito)

Coplas a la muerte de su colega
(fragmento)
IX
Recuerdo que atardecía,
recuerdo que vi su coche
detenerse,
recuerdo la compañía
de sus ojos en la noche,
sin saberse
tras la boca de un gatillo
que esperaba tembloroso
y asesino,
meterse por un pasillo
de aquel corazón dudoso
sin destino.
X
Y recuerdo la culebra
de la vida, fría, inerte
por su cara,
empapado de ginebra,
esperando que la muerte
lo besara.
Se lo llevó con desgana
la canción de una ambulancia
malherida,
las grúas de la mañana
recogieron su arrogancia,
ya sin vida.
XI
Camarada de su gente,
¡qué pantera en el coraje
por nosotros!
¡Qué canalla adolescente!
¡Qué enemigo tan salvaje
con los otros!
¡Y para el valor qué fiero!
¡Qué destreza de alimañas!
¡Qué razón!
Para el amor marinero,
gobernando en sus pestañas
la pasión.
XII
No dejó ningún tesoro:
dos jeringas en el suelo
sin sentido,
su navaja en deterioro,
su gabán de terciopelo
descosido.
Pero estuvo en la ciudad
y acaudilló los suburbios
con la suerte,
y habló de la libertad
hasta ver los ojos turbios
de la muerte.
XIII
Y porque fue capitán
de camadas y patrullas
sin juicio,
porque ya no nacerán
dos manos como las suyas
para el vicio,
porque jamás nos vendió
y mordimos el anzuelo
de su historia,
aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo
su memoria.
(De Rimado de Ciudad)
Noche del mes de mayo
Quizá esta noche nos descubra nuevos,
a ti desnuda
y yo
vestido por la vida,
desnudo entre las luces
que proyecta tu cuerpo adolescente
sobre la triste sombra de los años.
Quizá esta noche nos descubra nuevos,
más sabia tú
y yo
con los ojos heridos,
con la mirada abierta
hacia el placer de verte y contemplarme
una vez más la piel enamorada.
Quizá esta noche nos descubra otros,
de diosa tú
y yo
de príncipe valiente que desvelara un sueño.
(De Estación de Servicio, en preparación)

Qué será, será…
Será porque ya vengo
de vuelta y casi toda
la música que empieza
me suena a charlestón.
Será porque los años
no pasaron en vano
y dejaron su carga
de sabia perspectiva
limando la vehemencia
pero no la ilusión.
Será porque la vida
no es más que una carrera
sin salida, sin meta,
sin caballos ni apuestas
y el mismo recorrido
de un solo corredor.
Será porque la noche
no es noche, ni tormenta
solamente el refugio
en labios de ginebra
de un corazón o dos.
Será porque ahora vengo
de vuelta y casi toda
la historia que me acecha
tuvo ya su pregón.
Será porque los años
sí pasaron en vano
aun dejando su carga
de inútil experiencia
en asuntos que atañen
al propio corazón.
Será porque ya vengo
como siempre se acaba,
con el carnet prendido
en la ropa interior.
Lo cierto es que me enciendo
si te vienes conmigo,
si dices que me quieres,
si hacemos el amor.
(De El Agua de Noviembre, en preparación)
Con esta edición, además, Elenvés Editoras quiere rendir homenaje a esas otras poetas y a esos otros poetas, tan protagonistas como los integrantes de la antología, cuyos versos fueron fundamentales entonces y lo siguen siendo hoy. Ángeles Mora, Antonio Jiménez Millán, Teresa Gómez, Inmaculada Mengíbar o el entonces jovencísimo Benjamín Prado, auspiciados por el magisterio de Juan Carlos Rodríguez que, compartiendo las mismas calles, los días, las mismas noches, similares inquietudes, completaron y enriquecieron el panorama poético de la mitad de los años ochenta. Bajo el epígrafe Otra antología fue posible…, se reúnen poemas recogidos de libros que vieron la luz en aquel momento.

Crónica de un ochenta y tantos cualquiera
Me parece que voy a tener que llorar.
R. Alberti.
Me callo. Me desnudo. Fumo.
Si al menos hoy todavía alguien recordara un poema.
Mi impotencia corre de pronto por la habitación
desde la cama,
sobre la lámpara,
entre la ropa,
bajo mis pies;
como loca destroza los periódicos,
noticia a noticia.
Se desgarra la Historia en mis paredes:
«Cinco barcos ingleses, un Sea King, catorce aviones».
Un muerto.
«Pero la guerra no afectará a la entrada de España en la OTAN».
«Dos helicópteros». «Caída en quinientos cc».
«Y la policía refuerza el equipo nacional».
« ¿Por qué llora la Virgen?».
« ¡Hoy es un día normal,
celébrelo con un vino especial!»
Quince muertos.
«Sólo quiero salvar la feria». «Ultimátum». «Dos niños».
«Jovencitas y maduras. Veinticuatro horas».
«¡Este es un gran pueblo!»
Ochenta y dos mil y mil y mil muertos.
«Polonia», «Lemóniz» y mil y mil muertos.
Afortunadamente «con una sonrisa se gana al mundo».
Muertos, muertos.
Las noches se hacen cada día más largas…
Ayer mismo tuve la sensación de amanecer,
abrí la ventana pálida de ansiedad
y caían siete mil rostros sobre la tierra
de mis macetas.

Hatillo para un ocaso
A Javier Egea
Quiero llorar de tanta madrugada desnuda
en los aleros,
de tanta golondrina cubierta por el río,
de tanta madrugada.
Quiero llorar desnuda para siempre.
Y no será posible sin tus labios cansados
sin comprender
la vocación de luna que llevas en el gesto
amanecer
por esa luz distinta de tus brazos.
Y no será posible
sobre tantos inviernos
—con este fuego ya casi apagado—
si no fuera este invierno
sentir toda la muerte entre las manos.
Y no será posible sino con las heridas
sino con los destrozos
sino con los vencejos sangrando en las orillas
dejar la puerta abierta para siempre.
Buscadme por su rostro malherida de calles,
aventurada y sola.
Traigo una luna rota.
Traigo un dolor de pechos y ternura.
Poemas pertenecientes a Plaza de abastos, escritos entre 1980 y 1985 y publicados en el año 2022 por la Fundación José Manuel Lara en su colección Vandalia.
To the happy few
Quizá sólo veían en mí un exagerado sentimental
Stendhal
A Mariano Maresca
Algunos acordes de Mozart o de Rossini
vienen a la memoria. Apenas si recuerdo
los gestos galantes, esa estrategia
torpe de los hombres de mundo,
tantas conversaciones de salón:
yo prefería el frío de las madrugadas,
las hogueras dispersas en cuarteles de invierno,
el brillo de las armas,
cuando la inmortalidad era un lujo
al alcance de cualquier hombre;
no este paisaje negro de hábitos
y mercaderes asustados
después de las cenizas de la guerra.
De lo demás, qué podría decir.
Una rígida familia triste,
el orgullo que se arriesga en los lances
de amor —ya escribí mucho sobre el tema,
y nunca se plegó a mis deseos—,
mis veleidades con la ciencia
o la pasión, jamás cumplida,
por la música.
Sin embargo,
nada empañaría la luz de sus ojos
en las calles de Siena,
si no es mi sensación de haber llegado tarde,
demasiado viejo, acaso escéptico
para creer en la inocencia
de aquellas almas nobles a quienes rendí culto
en mis fábulas. Todo
era más inhóspito entonces, todo
envuelto en los fracasos de la historia,
como un corcel derribado
o un ejército en fuga.
A esos que llaman seres sensibles,
la feliz minoría,
quisiera entregar estas páginas
inciertas, mis años últimos:
ya sé que he pagado tributo
a mi excesiva ambición de gloria.
Sólo ellos podrán juzgarlas,
antes que sean condenadas
a las llamas del tiempo y del olvido.
De Ventanas sobre el bosque, Visor, 1987

Sobre los tangos
Malena dijo su último tango
en la madrugada,
cuando dormían todas las preguntas.
Fue en una habitación estrecha,
de las que suelen elegir
los viajeros nocturnos y el deseo.
Y su canción no trajo
el frío de los últimos encuentros.
De Ventanas sobre el bosque
Supón que ahora te digo que te quiero,
que te he querido siempre, aunque tal vez
se trate de esta música,
de cómo huyen los árboles, la avenida y el tiempo
en el retrovisor. Se van, se quedan,
como tu voz, tus ojos, cuando ya no estás tú,
las palabras hermosas que rescato cuando hablas
o esos paisajes tristes que una vez vimos juntos.
Quizá sea la música, no sé, pero se llena
el corazón de pronto de lunas que se quiebran,
de farolas y adioses,
de ojos verdes, lejanos,
de boleros prestados para decir te amo.
Supón que ahora te digo que te quiero.
Y qué importa, las noches
son tan descaradamente mentirosas.

Quizás es que la luna se olvidó de nosotros,
de venir a buscarnos en medio de estas ruinas.
O quizá sea mi forma de estar sola contigo,
este paisaje aún
teñido de violeta
o los escombros malva de la tarde cayendo
sobre mi corazón: puedo morirme
sólo con que te acerques a ofrecerme
fuego. Y tú me hablas.
Mientras andamos me hablas
en todos los idiomas,
descifras jeroglíficos
extraños para mí,
me ayudas a bajar
escaleras de tiempo
y me tratas de usted cuando los pasadizos,
cuando el jardín un poco melancólico, cuando
el mirador, el puente desvencijado, el miedo,
y a mí me entran ganas
de tirarme a tu cuello,
unas ganas tremendas de coger y abrazarte
y luego asesinarte sin que nadie se entere.
Quizás es que la luna se olvidó de nosotros.
Estas calles aún
teñidas de violeta
o los escombros malva de la tarde cayendo
sobre mi corazón. Lo cierto ahora
es que podría morirme silenciosa en tus labios
hasta el anochecer, hasta ese día
en el que al fin consiga pasarme de las rayas
de tu camisa, ver
ese paisaje tuyo, tan secreto,
y alguna vez me pierdas
el respeto y me lleves
a la calleja azul de lo prohibido.
Los poemas seleccionados pertenecen al libro Los días laborables, finalista del Premio de Poesía Hiperión, 1988.
La ausencia es una forma de estar ciego
(Eros o Thanatos)
Dulces ondas,
el mar te adormecía,
mortal te daba su vestido
y su beso de espuma
te dejaba en la boca.
Lejos allá tu falda,
tu camisa en la arena,
y aquel negro foulard
salpicado de oro.
Igual que las caricias
de otra mano,
el agua te dolía
—lejos la extinta luz—,
el agua te quería,
te llevaba
a su lecho.
De Pensando que el camino iba derecho, Col. Genil. Diputación Provincial de Granada, 1982

Casablanca
As time goes by…
Entre todos los bares de este mundo
he venido a este bar para encontrarte,
furtiva como siempre,
para rozar la piel de tus esquinas.
Y cómo me hace daño tu cansancio
—ya sabes que mañana es cada lunes—
esa vieja, tristísima, memoria
de buscarle sentido a algo que bulle
como se abre una flor,
así, de golpe.
Manías de la ausencia y tus nostalgias.
Te noto tan cansado…
Quiero dormir contigo: Busca sólo
un poco más de sueño y de tabaco.
Quiero morir contigo.
¿Por qué no me apalabras un cumpleaños más?
Las arrugas ahí sí que son cosas serias
o el paso de los días,
con mis pechos que bajan a acariciar tus manos.
Y luego cuando un labio nos elude
en la piel de las ingles, ay, no muerdas,
y nos brinca por dentro…
Pero ahora llega el tren
como un viejo caballo del National,
qué diestro en los obstáculos,
qué sucia su taberna,
qué oscuro mediodía al despedirte.
Te veo tan delgado
con tus causas perdidas,
tus canas en la llama de la copa,
mi amargo luchador,
sonriendo lentamente, como si te murieras.
Como al decirme adiós.
De La canción del olvido
El viajero
Para Javier Egea
Te acompañaban siempre los violines.
Tus poemas estaban en ti como los peces
en el fondo de un río.
Eso es lo que vi en ti:
peces en el desierto,
música amenazada.
Te vi hacer bosques y subir montañas,
te vi cavar abismos con tus manos.
No supe dónde ibas.
Te vi buscar la sombra entre la luz,
te vi buscar la muerte en la alegría
y no pude entenderte,
ni te quise seguir:
sólo bailabas si era al borde de un abismo,
sólo donde se oía la canción del veneno,
sólo si la cantaban las sirenas del mal.
Yo no sé qué has ganado, pero sé qué has perdido:
tu música,
tus peces,
tus montañas azules.
No puede ser feliz quien entierra un tesoro.
No puede ser feliz
quien envenena el agua de su vida.
De Un caso sencillo. Maillot Amarillo. Diputación de Granada, 1986

El mismo que esperábamos
(Rafael Alberti en 1982)
Llegaste un día.
Llegaste y vi en tus manos
plumas y espadas.
Tú eras tus ángeles:
el ángel mentiroso
y el ángel bueno,
el ángel del carbón y el de la ira,
alguna vez dulce ángel de los números,
alguna vez terrible ángel de arena.
Sombra del trigo,
viento de los esteros
y de las dunas,
llegaste tú y pusiste un pez rojo en el agua,
un diamante en las minas,
un rayo blanco en nuestro cielo oscuro.
Llegaste tú y brillaban los cometas
y en los vasos vacíos
también se oía el mar.
Llegaste entonces,
tus ángeles
dejaron
su oro en mi vida.
De Un caso sencillo
Rafa Mora y Moncho Otero convierten en canción algunos de los poemas de los autores antologados como parte del homenaje de esta edición conmemorativa.

Javier Egea. Noche canalla
Álvaro Salvador. Canción de mediodía
Luis García Montero. Laberinto
Antonio Jiménez Millán. Riada
Ángeles Mora. Allá donde es tranquila
Benjamín Prado. Las noches en Granada
Inmaculada Mengíbar. Supón que ahora te digo que te quiero
Teresa Gómez. Si estuvieras aquí