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LEONARDO PADURA, PURO NOIR DEL CARIBE

Con motivo del festival Granada Noir, uno de los más importantes festivales dedicados a género Noir, que se celebra en estas fechas en la ciudad de Granada, recuperamos una entrevista realizada por Alfonso Salazar a Leonardo Padura, emblema del noir caribeño, recientemente y publicada por Quimera, así como un resumen bibliográfico del autor cubano y un artículo, escrito por el entrevistador hace diez años, sobre el principal personaje de la obra policial de Padura.


“Cuba es más grande que la geografía de la isla”

Charla con Leonardo Padura.

Alfonso Salazar, texto. Joaquín Puga, fotografía.
*Entrevista publicada en la revista Quimera en junio de 2017

Las fuentes del Carmen de la Victoria borbotean. Las campanas de las iglesias del Albaicín repican. Leonardo Padura ha llegado a Granada para formar parte del jurado del Premio de Microrrelatos Ascensores IASA. Frente a nosotros se levanta el imponente castillo de la Alhambra, sus Palacios, Alcazaba y jardines. Padura confiesa que podría vivir aquí mismo, que cuando visita España -o Italia- considera seriamente comprar una casa para vivir con Lucía en lugares que estima hermosos. “Pero solo seis meses”, confiesa, “luego tendría que volver a mi barrio en La Habana”. La literatura de Leonado Padura, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, no puede separarse de La Habana, de los escenarios, personas, historia y paisajes cubanos.

Hasta que a usted se le concedió el Premio Princesa de Asturias no se había reconocido como tal a un escritor en lengua castellana de novela negra, por lo cual todos los seguidores de este género nos congratulamos, y en especial aquellos que conocemos su obra. Además, ha sido usted el primer cubano en recibir este honor. ¿Hasta qué punto ha cambiado su vida tras recibir el Premio?

─Los autores iberoamericanos teníamos poca tradición en el género y hemos sido recientemente admitidos por la academia. Hasta hace nada solo se premiaba a anglosajones, pero poco a poco, y sobre todo tras la eclosión de la figura y obra de Manuel Vázquez Montalbán, los autores hispanos hemos accedido a esos reconocimientos. Agradezco mucho al jurado que se fijase en mi obra. Yo me considero parte de una generación dentro de Cuba y parte de una manada fuera de ella. Por supuesto que hay autores buenos y autores malos… faltaba más. En cuanto a mi vida, no ha cambiado en lo esencial. En Cuba, nada. Quizá una mayor proyección internacional, con repercusión en el mundo iberoamericano. Pero creo que parte de responsabilidad está en que mi editorial, Tusquets, tras su integración en Planeta, ha mantenido la suficiente autonomía como para poder seguir haciendo un gran trabajo, pero con una mayor y mejor distribución, sobre todo en Sudamérica. Esa mejora coincidió con el premio. No puedo decir si soy más visible por una u otra cuestión. En los últimos cinco o seis años ha habido una visibilidad exponencial de mis libros en América Latina, lo que era una asignatura pendiente. El tercer culpable es El hombre que amaba a los perros, lo que no había conseguido la serie de Conde lo consiguió este libro. Tras España, en proporción, es en Puerto Rico donde más se me lee…

El pueblo de Puerto Rico es también Premio Príncipe de Asturias, Milanés cantaba aquello de “Puerto Rico ala que cayó al mar”, como esa hermana de Cuba…

─Sí, ahí se utiliza un verso de Dolores Rodríguez de Tió, una poeta portorriqueña del siglo XIX: Cuba y Puerto Rico son un pájaro de dos alas. Ha sido un verso tan afortunado que a la pobre Dolores se lo han quitado en más de una ocasión y se ha dicho que es de Martí. Puerto Rico es un país con el que culturalmente Cuba tiene un vínculo muy fuerte. Yo soy miembro honorífico de la Academia de Puerto Rico, y no lo soy de la cubana... En los últimos mundiales de béisbol, en cuanto cayó la selección cubana, me puse la camiseta de Puerto Rico.

¿Quiénes componen esa generación a la que perteneces fuera de Cuba? y ¿cuáles son tus influencias? Siempre has reconocido la importancia de la novela negra anglosajona…

─Más que generación, es manada, por eso dije “manada”, porque la afinidad no es generacional. Yo no me considero un escritor de novela negra, yo enfrento la literatura como un hecho estético, artístico, soy un escritor que además utilizo ciertos recursos de la novela negra para componer mis novelas o para acercarme a una realidad. El lado oscuro que garantiza la novela negra, su ámbito legal y ético de una sociedad ha propiciado una capacidad estética en los últimos treinta o cuarenta años que es muy útil a un autor. Depende de cuánto lo explote el autor puede conseguir una sencilla novela policial o puede escribir una novela, coma, policial. Pero una novela, y es lo que yo traté de hacer desde el principio. Cuando empecé a escribir Pasado perfecto en el año 90, por supuesto que tenía varios autores referentes. En el mundo anglosajón (casi ni los tengo que mencionar) Hammet, Chandler, Himes… En el mundo iberoamericano había tres o cuatro autores: Paco Ignacio Taibo, Juan Madrid, Andreu Martín, pero sobre todo, Vázquez Montalbán. Me considero un escritor del tipo de escritor que fue Vázquez Montalbán: escribo novelas policíacas y novelas que no son policíacas, escribo ensayo, porque hago periodismo, que me conecta con la realidad, y porque soy un heterodoxo, y Manolo era un heterodoxo. Además, entre mis influencias hay dos escritores que son fundamentales: Leonardo Sciascia y Rubem Fonseca, dos grandes autores de novela que se puede considerar que también son autores de novela negra. Ahora hay una gran variedad de autores. De un tiempo a esta parte se habla de la novela policíaca mediterránea con autores como Markaris, Camilleri, Jean Claude Izzo, y creo que hay un aire de familiar entre esos escritores, y como yo vengo de otro mediterráneo, del “mediterráneo americano” que es el Caribe, de un mundo en el que la mezcla cultural, la impureza es nuestra virtud, me siento mucho más cerca de ellos que de otros autores, que también puedo admirar, como Mankell. Mi literatura no se parece a los autores nórdicos. Disfruto leyendo a Mankelll o Indridason, mi Mario Conde es un hombre sufriente, sufre porque es su característica, pero no porque entienda la vida como la entienden Wallander o Erlendur.

En todos ellos hay una identificación con la ciudad…

─Manolo Vázquez Montalbán decía que un escritor no es de un país, es de una ciudad. Y si escribes novela negra con mayor razón. Él se quejaba de que Carvalho se sentía cada vez más extranjero en una Barcelona que se convertía en algo muy diferente a la Barcelona en la que comenzaron tanto Carvalho como él mismo. A mí me pasa parecido, La Habana cambia, Conde la ve con extrañeza, en Herejes hay un momento en que no reconoce la ciudad en la que está viviendo. En la novela que escribo ahora Conde trata de entender qué está pasando y le cuesta trabajo entenderlo y expresarlo. En mis novelas hay un recorrido constante por la ciudad, como una especie de guía física y espiritual. En Cuba el barrio, aunque ya no es lo que fue cuando yo era adolescente, todavía existe. Yo recorro todos los barrios de La Habana, los lugares de la nueva riqueza cubana y de la nueva y más profunda miseria cubana. Todo está en la misma ciudad. Esa dinámica de la ciudad es muy importante como concepto literario.

Tú sigues viviendo además en la misma ciudad, en la misma casa…

─Yo sigo viviendo en la misma casa donde nací en 1955. Es la casa que mi padre construyó en 1954, aunque haya tenido reformas. La pertenencia a una cultura literaria, artística, y la cultura cotidiana, te da un arraigo, que yo no quiero perder. A veces en Cuba siento una cierta sensación de asfixia, pero todo lo cura el ver a los amigos, quedar a comer un sábado, entonces saco alguna botella de mi pequeña cava –me permiten entrar pocas botellas en cada viaje- y pasamos un buen rato practicando un arte que para mí es importantísimo: el “arte de hablar mierda” con mis amigos. Algo que hace Conde en todas las novelas. Seguir viviendo en mi casa permite que mi puerta siempre esté abierta, donde la gente entra y me cuenta sus conflictos, sus esperanzas, sus carencias de forma natural. Para los cubanos algo no existe hasta que se lo cuenta a otro. Cruzo la calle, visito a los vecinos. Me permite vivir en contacto con la realidad cubana. Un trasplante mío a otra realidad, por ejemplo venirme a vivir a España (aquí está mi editorial, tengo por carta de naturaleza concedida la nacionalidad), me lleva a preguntarme “¿de qué escribo entonces?” Tengo que seguir escribiendo sobre Cuba, y la pregunta clave es que si me preguntan quién ganó la Liga española del 72, no tengo ni idea. Pero puedo decir de corrido los jugadores que actuaron regularmente en el Campeonato de béisbol cubano de ese año. Esa memoria es el archivo del escritor, esa pertenencia es lo que me une a una realidad, con independencia de carencias de carácter material, incomprensiones políticas, sospechas de un lado y de otro… Creo que la pertenencia a Cuba está por encima de todo.

De las novelas de Conde me interesa mucho su grupo de amigos, esa difícil elección de quedarse o marcharse de la isla.

─Para mi generación el exilio es una de las realidades más traumáticas y dolorosas que hemos vivido. Desde pequeño porque yo tenía cuatro años cuando triunfó la Revolución. Mi tía y mis primos se van cuando tengo seis años. El exilio es un tema continuo en mi vida, entre mis amigos, los compañeros de primaria, de secundaria, de la Universidad. No es algo nuevo en la historia cubana. En La novela de mi vida, sobre Jose María Heredia, trato del primer exilio de la historia cubana en el XIX. Cuando los cubanos empiezan a ser cubanos empiezan a exiliarse. Los que nos quedamos tratamos de preservar esa cercanía, con dificultades, pero tratamos de mantener esa sensación de que es posible que todos estemos cerca. Yo soy un privilegiado: como sigo viviendo en el mismo lugar, los amigos que vuelven, pasan por mi casa. Además, tengo la posibilidad de viajar, Miami me gusta pero porque tengo amigos. Cuando voy a Madrid, a Barcelona, veo a mis amigos. Yo soy escritor a partir de los veinte años, pero hasta esa edad fui pelotero, me pasé la vida jugando al béisbol, toda mi adolescencia y juventud la pasé entre gente con la que comparto una pasión, y con esa gente tengo una cercanía que hemos mantenido por encima de desavenencias políticas. Lo peor que puede suceder es que la política sea más fuerte que la amistad. Hay cosas que no admito: actitudes racistas, fascistoides, modos éticamente reprobables. El resto, cada uno tiene derecho a vivir y pensar como quiera, y la amistad tiene que estar por encima de todo.

En la serie de Conde hay dos partes bien diferenciadas: una primera tetralogía y una segunda en la que Conde abandona la policía, rompe con el sistema y comienza una vida diferente. ¿Tiene relación, simbólicamente, con la reciente historia de Cuba?

─La ruptura es sobre todo, literaria. Cuando empiezo a escribir Pasado perfecto, ya pensé que serían cuatro novelas. Decidí escribirlas como una unidad de estilo y estructura, para que funcionaran como cuatro grandes capítulos de una sola novela. Cuando empiezo Adiós, Hemingway, altero la estructura, la profesión de Conde, que se convierte en un outsider. En esas novelas posteriores cada una es muy diferente a la anterior. Si en las cuatro primeras había una unidad, en la que siguen hay una diversidad. Las estructuras son muy distintas entre sí, a veces casi no parecen novelas policíacas. Ahora escribo La transparencia del tiempo (que espero aparezca en otoño), mucho más negra, más oscura, pero aporto una estructura en la que el tiempo tiene una connotación diferente a una simple linealidad. Creo que la ruptura en la serie sucede cuando Conde sale del sistema, pero a partir de ese cambio violo con absoluta conciencia las normas de la novela policial y reflejo una evolución posterior de la sociedad cubana. Suceden ya en el siglo XXI, hay una evolución de personaje y sociedad.

¿Cómo ha cambiado la sociedad cubana?

─Es una sociedad en la que, aparentemente, no ha cambiado en lo esencial político, pero espiritual, humana y económicamente ha sufrido grandes transformaciones. La crisis de los noventa, el “periodo especial”, hizo que se perdieran valores éticos, la ciudad de La Habana se transformó, la gente empezó a pensar de manera distinta.

En España hay cierta demonización de la revolución cubana, sobre todo por la derecha política, ¿cómo recibes esa crítica?

─Hay una percepción de la realidad cubana que a veces resulta maniquea. Una derecha que lo demoniza, una izquierda nostálgica que la santifica. Ambos extremos tienen mucha visibilidad mediática, pero creo en medio de esos extremos hay una gama de actitudes, posibilidades, sueño cumplidos y perdidos, esperanza y frustración, que conforman la dinámica real de la vida cubana. De esa realidad es de la que trato tanto cuando escribo novelas como cuando hago periodismo. Cuba es un país con problemas, pero yo escribo novelas policiales con un muerto. Si fuera un escritor mejicano, lo haría con quince. Creo que existe aún en Cuba un respeto a la vida, pero es un país donde la libertad plena de expresión, disensión y descuerdo, está mal vista dese la esferas oficiales. Es una cosa rara. Yo no sé hasta qué punto la revolución se considerará frustrada o que cumplió sus objetivos. Creo que hizo ambas cosas, según en qué aspectos: esa mirada justa es la que debería imponerse al final. Es difícil, las pasiones, las heridas, los amores, están por encima de la capacidad de raciocinio. Habrá que hacer balance de estos sesenta años, con sus luces y con sus sombras.

En cuanto al respeto a los derechos humanos, a principios de los noventa, en un cuento, trataste sobre la homosexualidad en Cuba.

─Sí, era un tema tabú. Senel Paz escribió por entonces El bosque, el lobo y el hombre nuevo, en el que se basó Fresa y Chocolate. El mío se llama El cazador. Cuando escribo Pasado perfecto escribo también sobre un viceministro corrupto y oportunista, en Máscaras hablo de la marginación de los artistas homosexuales. Siempre me he mantenido en el filo de la navaja, y más allá del filo, escribiendo sobre asuntos que no se debatían en ese momento.

¿Ahora es más fácil?

─Sí, ahora es más fácil, pero no ha desparecido la visión oficial y ortodoxa sobre qué cosa debe ser el arte. Hace dos años una película para la que escribí el guion, Regreso a Ítaca, estaba programada en el Festival de cine de La Habana y la censuraron. En el pasado Festival volvieron a censurar una película de un joven realizador, Carlos Lechuga, Santa y Andrés, porque habla de uno de estos artistas marginados en los setenta, aunque acaba de ganar premios en México, Uruguay… La diferencia es que en los años setenta no se te ocurría escribir este tipo de historias; en los ochenta si las escribías tenías problemas; ahora, te censuran, pero sigues trabajando. La censura nunca es buena, pero seguir trabajando, sí lo es. Es una situación muy complicada. Yo, por lo que escribo, en Cuba soy un autor semi-invisible. No salgo en televisión, me entrevistan poco en prensa, se publican algunos de mis libros, hago presentaciones, otros libros desaparecen de las librerías, me hacen entrevistas que nunca se publican… pero lo importante para mí es que puedo seguir escribiendo.

¿Qué significa en tu obra Ernest Hemingway?

─En Adiós Hemingway, queda claro qué significó para mí: un modelo de escritura y vida que poco a poco se me fue degradando con el descubrimiento de actitudes, verdades sobre la vida de Hemingway. Lo que quedó fue esta especie de relación de amor-odio, mi admiración a un escritor con el que aprendí muchas cosas de la literatura y sobre la literatura, pero rechazo que se crease un personaje y sus relaciones personales poco nobles –por decirlo de manera poco ofensiva a la memoria de Hemingway-, como la desaparición de Robles, el traductor de Dos Passos. Hemingway fue objeto de manipulación, dentro del bando republicano en el Guerra Civil, por parte de los estalinistas.

¿Cómo desde Cuba trazas esas relaciones que confluyen en historia europea: la guerra civil, los campos de concentración nazis?

─Creo que para un escritor cubano, o español, una de las peores acusaciones que te pueden hacer es que eres localista o costumbrista. Yo siempre he tenido muy claro una frase de Unamuno. Esta frase me llegó a través de Alejo Carpentier: “Hay que buscar lo universal en las entrañas de lo local, y en lo circunscrito y limitado, lo eterno”. Creo que Carpentier es el ejemplo de un autor universal. Una de sus enseñanzas es que hay que escribir pensando en lo universal. Cuba es un país que siempre ha estado en comunicación con el mundo. Aunque fuese en los años de mayor presencia soviética, siempre había cubanos estudiando en Alemania, Hungría, o cubanos con un fusil en Angola, Etiopía. Hay una problemática universal que siempre nos ha afectado. Esa comunicación en el mundo se ha traducido en presencias y conflictos que han afectado a mi país y de los que me valgo a la hora de escribir. La Guerra Civil española se vivió en Cuba como un drama local y no por gusto. La Revolución Cubana se vivió en España como un drama local, de ahí esas pasiones, amores y odios. La presencia judía en Cuba fue un elemento que nos conectaba con el fenómeno que estaba sucediendo en Europa, de un dramatismo enorme, que me sirvió para escribir Herejes, a partir de eses episodio concreto de un barco con cientos de judíos al que no se le permitió atracar. Esto me permite hacer reflexiones más allá de la propia circunstancia cubana, me permite entroncar con una perspectiva universal, que es lo que me interesa. Reflejo la vida cubana, la sociedad cubana, pero busco los componentes de la condición humana: inseguridad, miedo, amistad, exilio… creo que son conflictos universales.

¿Cuánto hay de asesinato del comunismo en el asesinato de Trotsky, pieza fundamental en El Hombre que amaba a los perros?

─El asesinato de Trotsky marca simbólicamente el punto de no regreso. Se pierde y pervierte la utopía igualitaria. Ese asesinato es la gota que desborda la copa. Por eso utilizo ese episodio, para contar una historia que todo el mundo conoce cómo termina, pero no conocemos cómos se fragua y tenemos que valorar qué significó después. Cuento cómo se exilia Trotsky, también cómo prepara Ramón Mercader el asesinato, y elementos de su vida posterior. Pero la parte más importante es la del protagonista cubano, que desde un presente recibe la carga de esa historia y paga las consecuencias. Por lo tanto es una novela que va a un contexto más amplio para contar una historia más personal, nacional, la del personaje cubano. En Cuba no sabíamos nada de esto, respecto a Trotsky se siguió la misma política que en la Unión Soviética. En los años noventa me entero de que Mercader vivió y murió en La Habana en 1978. Un personaje que venía de la historia que aparece en los libros, había estado en el mismo espacio y tiempo que yo… La historia nos persigue hasta tocarnos la espalda. El hecho de que fuese español Ramón Mercader le ponía un acento especial, pero que fuese hijo de cubana le daba mucho más. Empezaban a aparecer una serie de vínculos, ahora lo llamaríamos links. Creo que Cuba es más grande que la geografía de la isla. Cuba ha dado escritores como Martí, Heredia, Lezama Lima, Carpentier, bailarinas como Alicia Alonso, un campeón mundial de ajedrez como Capablanca. Cuba tiene una desproporción conforme a su geografía. Eso me ha permitido poner ese pie fuera de la isla y tratar asuntos universales.

Granada, marzo 2017


Biografía

Leonardo Padura nació en Mantilla, uno de los barrios de Arroyo Naranjo, en el territorio de la provincia de La Habana, y estudió e hizo sus estudios preuniversitarios en la zona residencial de La Habana, conocida como "El Víbora" o "Víbora", que pertenece al municipio "10 de Octubre" y de donde es su esposa Lucía. Todos estos territorios forman parte del imaginario de Padura, escenarios muy presentes en su obra. Padura estidió Literatura Latinoamericana en la Universidad de la Habana y comenzó su carrera como periodista en 1980 en la revista literaria El Caimán Barbudo y en el periódico Juventud Rebelde.

Fiebre de caballos su primera novela, escrita entre 1983 y 1984. En los años sucesivos empezó a escribir su primera novela con el detective Mario Conde como protagonista, siendo fundamental su experiencia periodística en esos años. Las novelas policiacas de Padura tienen elementos de crítica a la sociedad cubana, ya que no resulta fácil separar la novela policial de las relaciones reales del contexto, aspecto que el autor aprendió de Hammet, Chandler, Vázquez Montalbán y Sciascia.

Su personaje Conde, un teniente de la policía cubana (luego expolicía y librero) siempre descontento y desencantado, es un tipo que hubiera querido ser escritor y que siente solidaridad por los escritores, locos y borrachos. Sus novelas han tenido gran éxito internacional, han sido traducidas a varios idiomas y han obtenido prestigiosos premios.

Padura escribe también novelas en las que no figura Conde, como El hombre que amaba a los perros (2009), así como guiones cinematográficos, tanto para documentales como para películas.

En el año 2015 fue el primer cubano en recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Vive en el barrio de Mantilla, el mismo en el que nació.

Bibliografía

Novelas que protagoniza Mario Conde

Tetralogía de las Cuatro estaciones; estas novelas se ambientan en las distintas estaciones del año

Pasado perfecto, EDUG, Dirección de Publicaciones, Universidad de Guadalajara, 1991

Vientos de cuaresma, Ediciones Unión, La Habana, 1994

Máscaras, Unión de Escritores y Artistas de Cuba; Tusquets, ambas ediciones en 1997

Paisaje de otoño, Tusquets, 1998

Adiós Hemingway, Ediciones Unión, La Habana, 2001; junto con la noveleta La cola de la serpiente, escrita en 19984 (Norma sacó Adiós Hemingway en 2003 y Tusquets la sacó en 2006)

La neblina del ayer, Ediciones Unión, La Habana, 2005 (Tusquets, 2009)

La cola de la serpiente, versión corregida; Tusquets, 2011

Herejes, Tusquets, 2013


Otras novelas

Fiebre de caballos, Letras Cubanas, La Habana, 1988; Ed. Verbum, Madrid, 2013.

La novela de mi vida, Ediciones Unión, La Habana, 2002, novela histórico-detectivesca sobre el poeta cubano José María Heredia.

El hombre que amaba a los perros, Tusquets, Barcelona, 2009, novela basada en la historia de Ramón Mercader, el asesino de León Trotsky que vivió sus últimos años en La Habana


Libros de cuentos

Según pasan los años, Letras Cubanas, La Habana, 1989 (82pp)

El cazador, Ediciones Unión, colección El Cuentero, La Habana, 1991.

La puerta de Alcalá y otras cacerías, cuentos, Olalla Ediciones, Madrid, 1998

El submarino amarillo, antología del cuento cubano entre 1966 y 1991, Ediciones Coyoacán: Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura/UNAM, México, 1993.

Nueve noches con Amada Luna, H Kliczkowski, Colección Mini Letras, Madrid 2006, contiene 3 relatos: Nueve noches con Amada Luna, escrito a principios de los años 90; Nada (principios de los 80) y La pared (1987)

Mirando al sol, Sarita Cartonera, Lima, 2009.

Aquello estaba deseando ocurrir, antología de cuentos reunida por Tusquets Editores, Barcelona, 2015.


Otras obras

Con la espada y con la pluma: comentarios al Inca Garcilaso de la Vega, Letras Cubanas, La Habana, 1984 (266 pp)

Colón, Carpentier, la mano, el arpa y la sombra, Departamento de Actividades Culturales, Universidad de La Habana, 1987

Lo real maravilloso, creación y realidad, ensayo, Letras Cubanas, La Habana, 1989

Estrellas del béisbol. El alma en el terreno, entrevistas con algunas de las más grandes figuras del béisbol; en colaboración con Raúl Arce, Editora Abril, La Habana, 1989.

El viaje más largo, Ediciones Unión, La Habana, 1994 (Editorial Plaza Mayor, San Juan, 2002, con prólogo de Wilfredo Cancio Isla), reportajes aparecidos en Juventud Rebelde entre 1984 y 1990.

Un camino de medio siglo: Alejo Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso, Letras Cubanas, La Habana, 1994 (Fondo de Cultura Económica, México, 2002)

Los rostros de la salsa, entrevistas, Ediciones Unión, La Habana, 1997

Modernidad, posmodernidad y novela policial, Ediciones Unión, La Habana, 2000. Contiene cinco ensayos: La cenicienta de la novelaLos hijos de Marlowe y MaigretEl difícil arte de narrar: los cuentos de Raymond ChandlerNegro que te quiero negro: pasado y presente de la novela policial española; y Modernidad y posmodernidad: la novela policial en Iberoamérica.

La cultura y la Revolución cubana, libro de entrevistas hecho por John M. Kirk y Padura, Editorial Plaza Mayor, San Juan, 2002

José María Heredia: la patria y la vida, Ediciones Unión, La Habana, 2003*Entre dos siglos, ensayo, IPS, La Habana, 2006

Yo quisiera ser Paul Auster. Ensayos Selectos, Editorial Verbum, Madrid, 2015.


Guiones

Yo soy del son a la salsa, documental, premio Coral en el 18 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana

Siete días en La Habana, 2011; 7 historias, dirigidas por siete directores —Benicio del Toro, Julio Medem, Juan Carlos Tabío, Pablo Trapero, Gaspar Noé, Laurent Cantet y el palestino Elia Suleiman—, que transcurren en 7 días. Los guiones de tres episodios fueron escritos por Padura y su esposa Lucía, y un cuarto está basado en una idea del escritor

Regreso a Ítaca, 2014, dirigida por Laurent Cantet.


Premios y reconocimientos

Primera Mención Concurso Latinoamericano de Periodismo José Martí (1988), convocado por la Agencia Prensa Latina.

Premios de Crítica Literaria en las ediciones de 1985 y 1988 del Concurso “26 de Julio”, de la Unión de Periodistas de Cuba.

Premio Mirta Aguirre 1985, categoría en Artículo (Ministerio de Cultura de Cuba)

Premio UNEAC 1993 por Vientos de cuaresma

Premio Café Gijón, 1995

Premio de la Crítica 1997 (Cuba) por el cuento La pared

Premio Hammett 1998 por Paisaje de otoño

Premio de la Unión de Escritores para Vientos de Cuaresma

Premio de la Islas 2000, Francia

Prix des Amériques insulaires et de la Guyane (Fundación del mismo nombre, Point-à-Pître, isla de Guadalupe) por la edición francesa de Pasado perfecto

Mejor policiaca traducida en Alemania por Máscaras

Mejor policiaca en Austria 2004 por Vientos de Cuaresma

Premio Hammett 2006 por La neblina del ayer

Premio Raymond Chandler 2009 (Courmayeur Noir Infestival)

Premio Francesco Gelmi di Caporiaco 2010 (Italia) por El hombre que amaba a los perros

Finalista del premio Libro del Año 2010 (Gremio de Libreros de Madrid) con por El hombre que amaba a los perros

Premio Roger Caillois 2011 de literatura latinoamericana (La Maison de l’Amérique Latine en colaboración con la Société des Amis et Lecteurs de Roger Caillois y el Pen Club francés)

Prix Initiales 2011 (Francia) por El hombre que amaba a los perros

Premio de la Crítica 2011 (Instituto Cubano del Libro) por El hombre que amaba a los perros

Premio Carbet del Caribe 2011 (revista Carbet & Institut du Tout Monde) por El hombre que amaba a los perros

Premio Nacional de Literatura 2012

Orden de las Artes y las Letras (Francia), 2013

Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, 2014

Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015 (España)

Mario, el Conde de La Habana

Mario Conde no es nombre privativo para banqueros caídos en desgracia. Mario, llamado el Conde, es un policía viboreño, que tras más de diez años en la Central sigue preguntándose por qué se hizo policía. Sólo descubrió por qué dejó de ser policía.

Cuatro novelas forman el cuerpo central donde el cubano Leonardo Padura narra las andanzas de Mario, el Conde, en el año de 1989, cuando todos los muros se caían abajo en la Europa del Este pero perduraban los muros y bloqueos sobre Cuba, muros por dentro y por fuera. En las cuatro estaciones de aquel año se desarrolla esa tetralogía. Mario Conde es un hombre que busca una historia escuálida y conmovedora que contar. No tiene aún los treinta y seis, es policía pero quiso ser escritor. Casi ninguno de sus amigos es aquello que quiso ser: casi todos venidos de aquel Preuniversitario del barrio de La Víbora. Carlos el Flaco –que ya no es flaco, escribe Padura, como un epíteto continuo, desde que una bala en Angola lo dejó postrado en una silla de ruedas-; Candito el Rojo al filo de la ley y, posteriormente, biblia en mano; Andrés, el médico, el hombre triunfador que guarda la amargura de su existencia para el final; el Conejo, que considera que todo lo explica la Historia pero nada explica su vida; Jose, Josefina, la cocinera –no podía faltarle la cocina a un detective, aunque en este caso más que cocina es magia creativa, o cómo cocinar con casi nada–; Tamara, la dulce Tamara, que pensó que su marido era impoluto y resultó no ser el chaval perfecto del “Pre”, el compañero de Partido.

Secundado por una pandilla tan bien trazada, a la que se unen su jefe el Mayor Antonio Rangel y su escudero, el sargento Manolo Palacios, Mario “el Conde” resuelve casos que, casi siempre, tienen que ver mucho con los escenarios de su pasado. Busca como una lagartija busca el sol, un amor que caliente la existencia sombría y desierta, como el páramo de su refrigerador. Intenta historias, rompe cuartillas, bebe ron hasta la ingesta dolorosa, desayuna duralginas para la resaca, se acompaña de un pececillo en casa que morirá de inanición, y pasea La Habana, la viaje y la nueva, con paso de tristeza infinita, como un bolero continuo.

Esas cuatro novelas del 89 tienen dos codas hasta la fecha. Una primera, Adiós, Hemingway, devuelve a Mario Conde a la resolución de un antiguo hecho: el hallazgo de un cuerpo enterrado en la casa de Ernst Hemingway, muerto que data de la época del suicidio del norteamericano. Padura se sirve de Conde, fuera ya de la policía y dedicándose a la compraventa de libros de segunda mano, para expiar sus culpas y solventar sus pasmos con el autor, con el maestro desvencijado, forjando un homenaje en la prerevolución. La segunda coda, y la más reciente en la línea temporal, La neblina del ayer –título escogido entre el tremendo bolerazo de Expósito-, sucede casi quince años después. Pareciese que tras la vida de El Conde y sus amigos se dibuja un perfil de Cuba, una pequeña historia en sus cincuenta años de Revolución. Desfilan homosexuales apartados como lepra de la sociedad, bujíos ilegales donde regarse con una cerveza, contrabando, cigarrillos de marihuana a los que seguir como pista –qué tiempos aquellos en que un cigarrillo, y no un alijo, eran una buena pista-, hombres del Gobierno que se sirven de su poder para enriquecerse con un lector de CD, cualquier otra baratija, una buena caja de puros, o preparan su pequeño éxodo a Miami... Retornados sospechosos, ricos y pobres, y de fondo, el gran ciclorama del Trópico, los huracanes como metáfora, los grandes coches invencibles del 56 que transitan los bulevares, donde los edificios coloniales dan sus últimas boqueadas.

Con un lenguaje que ensalza la cercanía, Padura nos mete de lleno en el ritmo musical de la conversación cubana, en las artes de Josefina para preparar un plato de Camagüey, en las colas de la escasez, en los partidos de béisbol que paran la ciudad y llena la televisión, en los bares donde el ron se termina –es decir, que ya no queda más- antes de las seis de la tarde, en el aroma dulzón de un buen cigarro y en esa podredumbre que rodea a todas las ciudades, con sus muertecitos por medio.

El diseño que ofrece el autor nos introduce también en un proceso estacional que nos hace acompañar a los protagonistas por el invierno, la primavera, el verano y el otoño. Ese esquema se observa en las primeras cuatro novelas, el ascenso y descenso de Mario Conde por su escaso convencimiento de ser un policía y esa caída del caballo, proporcionada por la máquina burocrática. Se desbroza así todo el paisaje de La Habana, desde las terrazas cercanas a la Rampa donde el mar sacuda el calorín hasta la llegada del huracán que promete lavarlo todo. Cuatro estaciones habaneras con codas y sobre todo la final, asentada, donde contemplar qué caminos tomó el régimen, de dónde vinieron y adónde llegaron aquella generación nacida en la Revolución, a quienes tanto les prometieron –y tanto les ordenaron- y llegados su medio siglo se perdieron, o tuvieron la necesidad de seguir creyendo: aunque sea en otra cosa.

Porque de creer y de fe tratan las novelas Padura Fuentes: la fe inquebrantable en el ser humano: ya sea la masa amorfa de Carlos el Flaco, amoratado de ron oyendo Credence, o de la entereza de Andrés pidiendo salir del país, por la vía de la legalidad, a pesar de la purgas o la sustitución que hace Candito de la vida fácil del palo por los cantos adventistas. Y creer, sobre todo, en el propio Mario “el Conde”, descendiente de canarios, de un abuelo que se le murió cuando prohibieron pelear a los gallos y ya no podía afilar los espolones, más que los espolones de la memoria.

Con un importante conocimiento de la música de la época –la que se podía oír en Cuba, al fin y al cabo la generación del autor y la de los personajes es la misma-, de la literatura norteamericana y sus preferencias, de la vida de sus mayores y con un plano sentimental de La Habana en la cabeza, Padura destila páginas contundentes, historias que seguir con fruición, consiguiendo al fin aquella historia escuálida y conmovedora que Mario el Conde siempre quiso escribir. Ciertos guiños nos indican que pudiese ser así. Que esta historia de cuatro estaciones habaneras y dos codas, con neblina y autor borracho, sea la novela que Mario Conde escribió.

Alfonso Salazar, marzo 2007


Alfonso Salazar y Joaquín Puga

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