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Extracto de una conversación entre Fernández Santos y Prado

Jesús Fernández Santos conversaba con Benjamín Prado en Olvidos de Granada número 13, pag. 34-35, Granada, 1986.

–La Guerra Civil está presente en narraciones como El primo Rafael, y en muchas de tus novelas: Los bravos, Los jinetes del alba, Jaque a la dama.

Aparece de distinta forma. En Los bravos, de una manera inmediata; en Los jinetes del alba, no sé si se nota, yo intentaba una especie de distanciamiento, de elaboración que cambiase la estructura literaria.

–Pero, aquella guerra, está siempre vista como desde lejos; las situaciones dan la sensación de atravesar por encima de la Historia, no sé, como una mancha de aceite sobre el agua; ocurren en un contexto con el que nunca llegan a mezclarse del todo, ¿no?

Bueno, como telón de fondo, sí. A mí no me interesa concretar demasiado, porque, entonces, se pierde fascinación. Y, claro, además es lo que decía Hemingway: «Una guerra es algo que nadie se quiere perder». Plásticamente, la guerra está muy bien, sí, hombre, no me mires con esa cara, quiero decir cosas como Rojo y negro o Guerra y paz, entiéndeme.

–Los ambientes rurales dibujados en Los bravos, Los jinetes del alba, Cabeza rapada, son hostiles, cerrados, opresivos.

Están basados, casi todos ellos, en el que conocí en el pueblo de mis padres. Cerulleda, en la frontera astur-leonesa. Allí, un cambio en el tiempo, una mala cosecha, son hecatombes difíciles de comprender para las personas ajenas a todo ello.

–Tu novela Cabrera, que trata el tema del ejército napoleónico derrotado en España y deportado a esa isla mallorquina, a mí me encanta, porque...

A mí también. Oye, es de las novelas que he escrito con más gusto, por dos cosas: primera por lo bonito que fue buscar en los archivos, rastrear la huella de los españoles por Europa, todos aquellos hombres enrolados en el ejército francés. Un soldado de Guadalajara, en su diario, da puntual detalle de toda la campaña ¡de Rusia! Hasta allí llegó él, imagínate.

–Pero esta novela es una película de aventuras y, además con cierto eco de la picaresca.

Por supuesto. Sobre todo, en la parte inventada por mí. Lo demás está sacado de diarios de gente que estuvo en Cabrera realmente. Yo intenté ser lo más imparcial posible.

–Pero si Jesús Fernández Santos hubiese estado allí, hubiese sido afrancesado, supongo.

Supones bien.

–Es curioso cómo los curas de tus novelas siempre acaban cometiendo los mismos pecados carnales que condenan para los demás: le ocurre al de Cabrera y al de El Griego, tu último trabajo.

El deán de Cabrera fue un personaje real, ¿eh? Yo conozco a un bisnieto suyo, mallorquín, que vive en Ginebra.

Extramuros es la historia de amor de dos monjas que falsifican un milagro para atraer dignidad a su convento, y, al final... bueno, el final no lo cuento. Tú no crees mucho en milagros, ¿verdad?

No. No, qué va. Yo había hecho muchos documentales de Arte e Historia y conocía muy bien el tema. Yo lo que hice, además, fue un guion de cine, y, como nadie lo quería, como los productores, que son muy brutos, decían, coño, es que aquí no pasa nada, me dije: bueno, ya que lo tengo ahí, me hago una novela. Entonces me llamó Mario Lacruz, de Argos-Vergara, a ver si yo tenía escrito algo para iniciar una colección en su editorial. Se la di y, la verdad, se entusiasmó, más que yo, desde luego, y me firmó un contrato por un dinero que yo, hasta entonces, no había percibido jamás, y eso que no he parado de escribir desde 5º de Bachillerato. Total, que cuando me firmó el contrato ahí en el Restaurante Mayte, me dije: Huy, madre, este tío, verás. Y, un día, me levanté de la cama ¡y era famoso! Tiene gracia, sí señor, sí que la tiene.


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