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De sal y de inteligencia

Andrés Soria Olmedo

Ángel González era un escritor extraordinario. Durante muchos años fue además un extraordinario profesor, según sus muchos alumnos entusiastas de la Universidad Complutense de Madrid. La gran mayoría eran de Historia del Arte; otros, de historia a secas, otros de filosofía o filología. Su pérdida es muy importante para la Universidad. En ella, a él y a otros –cuatro o cinco promociones arriba, otras tantas posteriores- les cupo ser rebeldes, y la rebeldía, entre 1970 y 1975, les supuso represalias, plasmadas en castigos concretos e inmediatos, como cárcel o expulsión de la Universidad o dificultades para proseguir la carrera académica: no sé cuáles fueron sus circunstancias: Ángel González no fue catedrático. Sin embargo fue Profesor Adjunto desde muy joven, y esa condición específica, antes de desleírse en la de Profesor Titular, suponía haber superado unas oposiciones que implicaban el dominio de un programa completo de la disciplina y la capacidad de comentar imágenes de cualquier época y género. Hace muchos años que no se requiere ese tipo de competencia en ningún nivel. Pero entonces brillar en esas pruebas exigía estudiar mucho, saber mucho. El brillo de Ángel González se ha apagado hace unas horas, cuarenta años después. Respecto de su formación me ronda la idea agustiniana de la “translatio”: tal como los judíos se llevaron el oro de los opresores egipcios, los cristianos debían llevarse el saber de los paganos griegos y romanos. Ángel se llevó lo mejor de un saber aprendido en las contradicciones de la iniquidad franquista y lo puso al servicio del futuro. Lo integró con la sed de aquellos años, que llaman de la transición, y desde luego con la suya propia. De saber y de vivir: afrancesado e italianizante, supo de Poussin y Francisco de Holanda, de Alphonse Allais, de Giacommetti y Solana, de Velázquez y de la extensa barriada europea del arte moderno desde Baudelaire al fin de la vanguardia histórica; por no hablar de la crítica del arte vivo, haciéndose, el de sus coetáneos y amigos (una de las dicotomías que deshizo desde el principio de su carrera, de un papirotazo, es la que opone crítica histórica y crítica militante). Por no hablar de la cocina: flaco siempre, ascético él mismo, lo supo todo del gusto, también en ese sentido, desde el guirlache al rosbif, que hacía maravillosamente, a las posibilidades del cotechino o el baccalà mantecato . A una clave teórica o filosófica omnicomprensiva opuso siempre el saber concreto y a la vez crítico y múltiple sobre obras y sobre poéticas; por ahí tendió siempre puentes hacia la literatura. Y ahí ya piso yo con paso algo más firme: la literatura en Ángel González empezaba con la conversación, y en eso se parecía a su homónimo poeta (cuando vivían los dos ejemplares de “ángel fieramente humano” los confundían de vez en cuando a pesar de la diferencia de edad, quizá por el pelo y la barba blanca, a ninguno de los dos le importaba), seguía con la charla de las conferencias (las de la Fundación March pueden oírse por internet) algo más formalizada, aunque no mucho, ya que el torrente e conocimientos y agudeza estaba siempre ya en su conversación corriente y culminaba en los ensayos, que en muchos casos nacieron como conferencias.

El resto se alzó con el Premio Nacional de Ensayo de 2001. El subtítulo, “una historia invisible del arte contemporáneo” nos prepara a lidiar con la tensión de la paradoja: “El resto no es lo que sobra, sino lo que falta; y lo que falta es, precisamente, la facultad misma de distinguir lo que sobre de lo que falta; la facultad de ver en la noche, o a plena luz del día, el ir y venir de los verdugos. […]Ver, ciertamente, pero en lo oscuro; ver en la sombra. La sombra es, probablemente, lo que ha sido excluído de la visión; la parte maldita; el resto intolerable. “Dice la verdad quien dice sombra”, asegura uno de los versos más luminosos de Paul Celan…¿Cómo podríamos ver, sino entre sombras? ¿Y que, si no la sombra, podría guardarnos de los verdugos?”. Siguen treinta y cinco historias( Dalí, Miró, Malevich, Alcolea, Kounellis, McKenna, Juan Navarro Baldeweg y los demás) . Una de ellas se interna en “La noche española”: “Con lo español las vanguardias entran en la noche; en la sombra. Sombra de las vanguardias; una sombra que va a su aire, como en los cuentos románticos.” Por ese camino se detiene en Picabia y su “metáfora del exceso”, y en Georges Bataille y el Collège de Sociologie, echando a un lado a los surrealistas, administradores del exceso, y dando en resolución una perspectiva original y fértil sobre la pervivencia y el cambio del topos romántico de lo español. Los de Pintar sin tener ni idea y otros ensayos sobre arte (Madrid, Lampreave&Millán 2007) son catorce: como todos los de Ángel empiezan in medias res , con distintos grados de sorpresa: podía añorar los tiempos en que los “maderos” juzgaban el valor de una obra de arte ( a propósito de Rousseau el Aduanero) o soltar al desgaire algunas de las rarezas de fin de siglo, como la alusión a “los higos de los que estoicamente se mantenía Alfonso Segundo Uriarte de Pujana”, antes de recordarnos que Solana en La España Negra se figuraba el mundo “en forma de mecanismo monstruoso y automático, cuyas piezas consistieran en viejos de cabezas inevitablemente gordas, caballos destripados, tontos de baba o mozas fatalmente bigotudas y culonas” y que en cambio “La tertulia del Café Pombo”, el cuadro, es “la verdadera vitrina de lo nuevo”, mientras Solana, el pintor, va siendo aproximado al realismo mágico de Franz Roh y al trato con la fotografía y va siendo alejado de la interpretación castiza para que logremos ver los “atisbos terribles y conmovedores” que encierra su pintura.

Es un estilo coloquial, pero difícilmente clasificable; el de un coloquio entre personas cultas, que por no ser pomposas hacen un chiste, pero no se recrean en la suerte del chiste, ni en ninguna suerte. Está, siempre, el universo de las citas, de las infinitas lecturas al servicio del punto que se quiere iluminar u oscurecer para que más brille. El lector nota que siempre son pertinentes, atractivas, interesantes. Que son regalos a manos llenas. Fue Roland Barthes quien argumentó en clave taurina que citar a un autor es traerlo a tu terreno. Ángel González supo eso con los ojos cerrados, y quizá lo empleó con el doble propósito de que los lectores abrieran los ojos, y una vez abiertos, volvieran a cerrarlos.

Pero no es hora de explicaciones. Hoy toca proclamar que la pérdida de Ángel González García es irreparable. Hoy toca llorarla y releer, por lo que valga: “aunque la vida perdió/ dejónos harto consuelo/ su memoria”, y acordarse- Ángel nació en Burgos-: “aire de Roma andaluza/ le doraba la cabeza/ donde su risa era un nardo/ de sol y de inteligencia”.

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