AVISO Y RECOMENDACIÓN

Su navegador web (Internet Explorer 6) está obsoleto lo cual puede provocar que ciertos elementos se muestren descolocados o no se carguen correctamente. Además, tampoco podrá ver bien, populares webs como Youtube o Facebook, entre otras muchas.

Le recomendamos actualizar su navegador aquí o instalarse otros fantásticos nevagadores gratuitos como Firefox o Chrome.

Ah, y no olvide guardar nuestra web en favoritos! Muchas gracias :)

La Mafia

Desde hace unos años las autoridades italianas batallan en la Unión Europea contra el uso del término “mafia” en una cadena de comida rápida en España. Usted la conoce, la habrá visto por alguna calle de su ciudad. La franquicia surgió en Zaragoza en el año 2000. La última resolución es de 2016 y ha sido de la Oficina de Armonización del Mercado Interior (OAMI) europea, la que ha decidido que se declare nulo el uso de dicha denominación en estos restaurantes. La presidenta de la Comisión Antimafia en Italia, Rosy Bindi, celebraba la decisión asegurando que es importante que no se permita «hacer folclore con este término». Esta resolución, en cualquier caso, ha sido recurrida por los titulares de la franquicia, que además puede ser objeto de recurso ante otros tribunales europeos con posterioridad. Los dueños de la franquicia aseguran que el origen del nombre de la franquicia se trataba de un guiño al cine, en especial a El Padrino.

Olvidos.es abre un espacio de debate. Comenzamos este proceso presentando una selección de artículos de prensa que reflejan la polémica y un primer artículo de opinión del profesor de Filosofía José Antonio de la Rubia, Hechos y relatos, acerca del asunto. Ahora es su oportunidad de opinar, lector.

Fases de este proceso

4321

4Hechos y relatos (disquisiciones sobre piratas y mafiosos)

José Antonio de la Rubia Guijarro

No estamos determinados por la realidad, sino por los imaginarios. La realidad es pura y “cruda”, está compuesta de hechos. Los imaginarios son narrativos, perfectos, se nutren de nuestros valores e ideales. Los hechos generan la realidad, los imaginarios generan la cultura. Veamos esto con un ejemplo. En el sistema de códigos culturales de Occidente existe un conglomerado de imágenes y textos acerca del concepto “piratas”. Si pensamos en el imaginario de la piratería inmediatamente aparecerán en nuestra mente referencias a individuos con patas de palo y garfios en vez de manos, parches en el ojo, tesoros enterrados, botellas de ron, islas del Caribe, banderas con tibias cruzadas bajo una calavera, loros en los hombros, barcos con velas desplegadas, abordajes valerosos, cañonazos, etc. etc. La isla del tesoro. Los piratas del Caribe. La canción del pirata. Los piratas fantasma. Peter Pan. Mi videojuego favorito se llama The Secret of Monkey Island, de LucasArts, un divertida aventura gráfica protagonizada por un niño, Guybrush Threepwood, cuya carta de presentación es “me llamo Guybrush Threepwood ¡y quiero ser un pirata!”. No hay ningún problema en que un niño sea un pirata, la piratería es deliciosamente infantil. Yo veía con mis hijos unos dibujos animados llamados Los tiernopiratas, protagonizados por unos simpáticos caracoles que surcaban los mares. Esos niños también jugaban con el barco pirata de Playmovil, con su Jolly Roger, sus tesoros, sables, pistolas y arcabuces. Naturalmente, hemos visitado la atracción Piratas del Caribe, en Eurodisney. Y hemos leído a Robert Louis Stevenson. ¿Quién no se ha disfrazado alguna vez de pirata? El imaginario filibustero representa la aventura, la rebeldía, el valor, la libertad…. Hubo un tiempo en que me entusiasmó el documental de Michel Viotte Los ángeles negros de la utopía, en la cadena Arte, donde los piratas son presentados como una suerte de protoanarquistas que poco menos que inventaron la seguridad social. Un vecino de Huétor Vega, el pueblo donde vivo, tiene una bandera pirata colgada en su balcón. Debe de pensar que su chalet adosado es un velero bergantín surcando la avenida de Doña Juana. Asia a un lado, al otro Europa… Y él, cantando en la popa.

El imaginario no está basado en la realidad sino en las historias. Los mitos, los cuentos, el cine y la literatura, hoy en día las series televisivas, todo ello proporciona alimento espiritual para el dominio narrativo de la cultura, es decir, lo que da sentido a nuestras estúpidas vidas. Los hechos están demasiado lejos, puede que los conozcamos poco o que sólo estén al alcance de una minoría estudiosa. Los hechos, digámoslo ya, no cumplen ningún papel. Los imaginarios no son la ciencia, no se han inventado para conocer la realidad sino para ser una proyección de los valores que nos proporcionan identidad. Pensemos, por ejemplo, en uno de los valores más estables de la civilización, el happy ending de las películas. La gran mayoría de las películas tienen un final feliz. Los criminales pagan sus fechorías, los casos se resuelven, los conflictos se solucionan. Las narraciones donde mueren los protagonistas, el asesino se va de rositas o no se aclaran los misterios no pertenecen a la cultura de masas sino al universo de las cult movies o las series de HBO, una cadena de pago. En el mundo real, a veces ganan los malos. No pagamos una entrada de cine para ver triunfar la injusticia porque vamos al cine justamente a disfrutar de nuestro ocio. Para sufrir ya tenemos nuestra propia vida.

Los hechos, no obstante, también intrigan. ¿En qué consistía realmente la piratería? Aunque los piratas están actuando en los mares desde que existen el comercio y la navegación, el mito pirata está construido sobre el fenómeno en los siglos XVII y XVIII. Existe una amplia bibliografía especializada sobre el tema pero destaca sobre todo el libro Historia general de los robos y asesinatos de los más famosos piratas (Ed. Valdemar 1999), de Daniel Defoe, un texto que suma al genio literario una base histórica que nadie cuestiona. También tenemos, por ejemplo, el espléndido tratado Piratas, de Wolfram ZuMondfeld (Círculo de Lectores 1978). El primer hecho que llama la atención de la piratería es precisamente la necesidad imperiosa de ser protagonistas de un mito. Un mito de terror. Los piratas no eran corsarios, no gozaban de la protección de un estado ni navegaban bajo pabellón. Actuaban por libre, eran débiles y para ellos la utilización de la violencia estaba al servicio de su lucha por sobrevivir. Es absolutamente cierto que asesinaban, torturaban y masacraban gratuitamente. Eran terroristas en el sentido más literal de la expresión ya que estaban realizando una instrumentalización del terror. Además de asesinar debían dar miedo. Barbanegra se ponía brasas en la barba para parecer aún más demoníaco. Marketing destilado.

Las primeras generaciones de piratas del Caribe fueron hugonotes, fanáticos religiosos escupidos de la vieja Europa por las guerras de religión y que, según ZuMondfel, practicaban con las tripulaciones capturadas las técnicas de tortura y asesinato que en su tiempo habían aplicado a los católicos. Uno de sus grandes negocios, aparte del asalto a las flotas coloniales españolas, fue el tráfico de esclavos. Existe un cierto misterio sobre el origen de la célebre bandera, la Jolly Roger (realmente no era una bandera estándar sino que estaba, como se diría hoy, “customizada”, cada pirata tenía la suya, como se puede ver en los libros de Defoe y ZuMondfel). Parece ser que el emblema de la calavera con dos tibias fue una creación de los caballeros de la orden de Malta para señalar sus tumbas. También fue uno de los símbolos de la Santa Inquisición (como puede comprobar cualquiera que visite la fachada de la cárcel del Santo Oficio en Villanueva de los Infantes, Ciudad Real). Según se cuenta, fue utilizada como emblema por las unidades de “húsares de la muerte” franceses y alemanes durante el siglo XIX, de donde pasó directamente a ser el logo de las temibles divisiones Totenkopf de las SS nazis, las encargadas de los campos de exterminio. Pero no creo que nuestro vecino de Huétor Vega piense en Treblinka cuando enarbola su bandera negra.

Si quisiéramos hacer alguna analogía con el mundo contemporáneo podríamos suponer que caer en manos de los piratas debía ser algo parecido a ser capturado por Los Zetas, el abyecto cártel de narcotraficantes mexicano, seres también obsesionados por ser estrellas de un mito narrativo construido sobre leyendas y “narcocorridos”. Y también con las calaveras de la Santa Muerte como emblema. Si Henry Morgan y William Kid hubieran dispuesto de teléfonos móviles e Internet probablemente tendríamos grabaciones de sus torturas y asesinatos igual que tenemos los de los Zetas o el Estado Islámico. Es casi seguro que a las mujeres las violaban sistemáticamente antes de asesinarlas, ofrecerlas en rescate, abandonarlas en un islote para una muerte lenta o ser convertidas en esclavas sexuales en los burdeles de Isla Tortuga o Kingston. Y no nos hemos leído las Memorias de Giacomo Casanova enteritas como para ignorar que en el siglo XVIII se era mujer con once años. Ya que estamos con las cuestiones de género, posmodernos como somos, “visibilicemos” a la mujer pirata en las figuras legendarias de Mary Read y Anne Bonny, capitanas, quienes a pesar de que su naturaleza femenina les impelía al uso del diálogo como método de resolver racionalmente los conflictos, tuvieron que interiorizar los roles de género del heteropatriarcado caribeño. O sea, que eran tan crueles como sus colegas masculinos (Anne Bonny cometió su primer asesinato con sólo trece años).

Los piratas apenas enterraban los tesoros en las islas, un tesoro enterrado no sirve para nada. La mayoría de los capitanes disfrutaron de una jubilación dorada en su Europa natal con las riquezas que habían robado a los españoles (quienes, no sé si lo he dicho aún, somos los principales tontos en toda esta historia). Según la estadística de ZuMondfel, sólo una exigua minoría acabó en la merecida horca. Efectivamente, eran solidarios e igualitaristas entre ellos, tenían un gran sentido de la hermandad e instauraron un sistema de indemnizaciones y pensiones. Simpatizaban con el socialismo, eran La cofradía de los hermanos de la costa. Un pirata del siglo XIX, Jean Lafitte, que se había enriquecido con el tráfico de esclavos, era amigo personal de Karl Marx y Friedrich Engels y ha pasado a la historia por financiar la publicación del Manifiesto comunista. ¿A que no lo sabían?

Así pues, los auténticos “piratas del Caribe” eran una impresentable patulea de individuos profundamente desesperados y llenos de resentimiento, completamente idos de la olla por culpa del alcoholismo, asesinos en serie, torturadores sádicos, ladrones codiciosos, proxenetas violadores, meapilas protestantes y negreros racistas. Y, encima, de izquierdas. Tal vez sus víctimas, si pudieran hablar desde sus tumbas de agua en el fondo del Caribe, nos podrían preguntar dónde le vemos exactamente la gracia a la piratería. Por mi parte, yo no me imagino a Guybrush Threepwood diciendo “me llamo Guybrush Threepwood ¡y quiero ser un terrorista!”. ¿Ven? “Terrorista” ocupa en el imaginario una serie de códigos que no se aplican a “pirata” aunque se trataba de actividades similares. Cuando oímos el famoso discurso de 1937 del ministro anarquista Juan García Oliver en Youtube, diciendo que los anarquistas eran “los mejores terroristas de la clase trabajadora” algo chirría en nuestros oídos. Nadie desea ser llamado “terrorista” y mucho menos con ese orgullo. Ni siquiera los propios terroristas (E.T.A. amenazó en sus buenos tiempos a la televisión vasca por llamarla “organización terrorista”).

Pero la verdadera cuestión es que no estamos determinados por la realidad sino por la mentalidad. El hecho de que el auténtico mundo de la piratería fuera espantoso no nos impide disfrutar de su imaginario. Porque los hechos nos importan un bledo. Nadie piensa en los hechos cuando presencia una procesión de semana santa sino que se deja llevar por el relato y la iconografía (la pasión de Jesucristo es, qué duda cabe, el mito narrativo por excelencia). Nadie piensa tampoco en los hechos cuando ve un western ya que el Far West norteamericano es sencillamente inimaginable fuera del cine. Cuando alguien monta un restaurante llamado “La Mafia” lo está insertando en un universo mental, el de sus potenciales clientes y no en ningún rincón de la terrible verdad. Lo más probable es que esos clientes no tengan ni idea de lo que es la mafia real pero están plenamente insertos en la mafia como mecanismo literario. Viven en el mundo virtual del arte, el que han creado para nuestro goce escritores y cineastas. No he estado nunca en ese sitio, pero es evidente que la mafia de la que habla es la cinematográfica y no la de carne y hueso, por así decir. Dudo mucho que esté decorado con fotos de criminales auténticos y víctimas auténticas. Y es que igual que existe un imaginario pirata también existe un imaginario mafioso. Lo curioso es que el sistema de símbolos e historias que asociamos a la mafia fueron creados por una sola obra de arte, magistral, publicada en 1969: la novela El Padrino, de Mario Puzo. O, para ser exactos, dos obras, porque habría que añadir la trilogía El Padrino, de Francis Ford Coppola (con guión también de Mario Puzo y el propio Coppola). El Padrino estaba inspirado vagamente en la realidad, pero era una narración tan poderosa y bien hecha que a la postre configuró a la propia realidad en su dimensión más superficial. Para empezar, la novela enseñó a mucha gente que la mafia italiana todavía existía (para más información recomiendo el libro de Peter Biskind La trilogía de El Padrino, Ixía Llibres 1993). Es leyenda que a los mafiosos reales les encantaba la película de Coppola y terminaron imitándola en su estética. Por poner un ejemplo, digamos que el término “cosa nostra” para referirse a la mafia fue una invención de Puzo que el escritor pone en boca de Vito Corleone en el famoso discurso en la reunión de las familias; nadie había llamado “cosa nostra” a la mafia hasta que llegó El Padrino (para una lectura filosófica de El Padrino nos permitimos recomendar nuestro trabajo “El Don de la responsabilidad, la racionalidad en Mario Puzo”, Alfa IV, 2000, disponible en Internet. El discurso de Don Vito, muy mutilado en la película, se encuentra en las páginas 272-273 de la edición de RBA, Barcelona 1993).

Sin mover un dedo, simplemente limitándose a no matar a nadie, los mafiosos se convirtieron de repente en protagonistas de una leyenda que los idolatraba… narrativamente. El Padrino no oculta hechos que, en el mundo real, calificaríamos como “crímenes” y censuraríamos moralmente (especialmente la novela, donde se nos cuentan algunos asesinatos más espeluznantes en la hoja de servicios de Luca Brasi). Pero la narración no es el mundo real: aunque hagan maldades, los Corleone no son “los malos”. Michael Corleone hace cosas terribles (y provoca una crisis de conciencia y autoengaño en su novia “paya”, no siciliana, Kay) pero no está señalado literariamente como “malo” (a diferencia, por ejemplo, del “Turco” Sollozzo). Si ustedes no distinguen entre “hacer el mal” y “ser el malo” es que no les gusta el cine ni la literatura. Una convención narrativa fundamental en nuestra cultura de masas es que los protagonistas son “los buenos”. Hasta que llegó Walter White, Occidente no había conocido historias en las que los protagonistas eran “los malos”. Conozco gente que no soporta Breaking Bad justamente por ese motivo. Pero, como dije antes, las series para adultos de HBO y AMC no son cultura de masas, a diferencia de las obras de Mario Puzo. Para complicar aún más las cosas, una de las razones que hacían de Vito Corleone un personaje icónico irresistible era precisamente su código ético (aparte de que, señoras y señores, estamos hablando de Marlon Brando). La férrea moral de don Vito (que Puzo desarrolló aún más en el personaje de Domenico Clericuzio en la novela posterior, y también obra maestra para variar, El último Don, de 1996) es racionalista y estoica. Maquiavelo en estado puro. La razón está al servicio de los fines, la principal virtud es la inteligencia, la palabra es sagrada, la familia está por encima de todo, no hay que dejarse llevar por las pasiones (y los personajes que lo hacen lo pagan con la muerte, incluyendo el mismísimo hijo mayor de Don Vito, Sonny), los asesinatos son meramente instrumentales (“nada personal, sólo negocios”), los actos tienen consecuencias y todo el mundo es responsable de lo que hace (la psicología y las ciencias sociales son una gilipollez), nadie ha de saber lo que piensas, no confíes. Quien más te quiere… ese es el traidor. No les pido que superen esto, simplemente iguálenlo.

Hay muchos patanes que han cambiado el curso de la historia pero sólo los genios cambian el curso de la literatura. El Padrino generó subtextos como, por ejemplo, Los Soprano, serie que, a su manera, también creó un imaginario a base de un añadir un toque de realismo (fue en esa serie donde descubrimos que la auténtica indumentaria de los “soldados” de la mafia no es el sombrero fedora ni el traje negro con rayas blancas sino el chándal de mercadillo, arreglados pero informales… y con problemas de autoestima). Los mafiosos de Los Soprano están ironizando continuamente e imitando las actitudes, gestos y expresiones de El Padrino. Y, a su vez, han generado subtextos de nivel 2 en, por ejemplo, Los Simpson (cuando Lou, el policía negro, se infiltra en el grupo de “Fat” Tony, lo hace vestido de chándal y el propio “Fat” Tony es doblado por el inconmensurable Joe Mantegna… ¿la mafia real? ¿De qué rayos me están hablando ustedes?). ¿Importa más ser persona que ser un personaje? ¿Es preferible nuestra vida anodina a ser protagonistas de una historia chula, con acción, sexo, tesoros, intriga, violencia…? Por favor, piénsenlo un poco antes de contestar. A los mafiosos “de verdad” les gustaba El Padrino porque los convirtió en el sueño de todo lector de cuentos: ser el protagonista de un relato de éxito, el rito de iniciación al lado oscuro de un ingenuo héroe de guerra, un drama a la altura de Esquilo y Shakespeare. Es como si a uno de esos piratas somalíes que asesinan y violan en el Cuerno de África, kalashnikov en bandolera y puestísimos de kat, les ofrecen ser Long John Silver. Se dice que la perdición del Chapo Guzmán, exjefe del horripilante cártel de Sinaloa, fue su deseo de que Hollywood hiciera una película sobre él, por lo que contactó con gente de la farándula y, probablemente, también con alguien que lo quería…

No existe todavía una atracción en Eurodisney que se llame “Mafiosos de Sicilia”. Espérense unos tres siglos, el mismo tiempo que nos separa de la piratería del Caribe. De momento hay restaurantes que se llaman “La Mafia”. Es pura inocencia. La comida es inseparable del imaginario que modeló El Padrino. Nos comeríamos las albóndigas de Clemenza incluso cocinadas por ese gordo sudoroso. Si a ustedes les suscita algún tipo de reparo moral ese restaurante es porque no comprenden la diferencia entre el mundo real y el mundo literario. Ese establecimiento no tiene nada que ver con la mafia, a diferencia, por cierto, de muchas pizzerías de la Costa del Sol, ninguna de las cuales se llama “La Mafia” pero están regentadas por tipos vestidos con chándales de mercadillo y cadenas de oro macizo. Créanme, yo lo he visto en Puerto Banús. Si no sabemos distinguir la realidad de la ficción es que la corrección política ha acabado definitivamente de pudrirnos el cerebro. Sin embargo, sí debemos ser vigilantes y censores ante la posibilidad de que el imaginario legitime la realidad. Ese es el único criterio ético que habría que aplicar en este asunto. Los cuentos sólo justifican el espanto real en individuos con serias alteraciones cognitivas, que no es nuestro caso. Nosotros sabemos que el mundo real y el mundo literario deben ser escrupulosamente separados. Hasta un niño disfrazado en Halloween comprende que toda esa sangre, mutilaciones, crímenes… son de mentira. Y si un niño sabe distinguir un zombie de mentiras de un zombie real nosotros también podemos no confundir a Al Capone con Al Pacino.

Añadir comentario

Enviar este artículo

Comentarios a "Hechos y relatos (disquisiciones sobre piratas y mafiosos)"

Fases de este proceso

4321